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Tue, Feb

En los pueblos del Istmo oaxaqueño cada día que pasa se debilita y deteriora la lengua de los binnizá, la lengua diidxazá, la que los nahuas llamaron, zapoteco. Si los miembros de esta cultura no nos preocupamos hoy por defenderla, fenecerá mucho muy antes que lo predicho por el poeta Gabriel López Chiñas: ¡ay!, didxazá, diidxazá,/ diidxa’ rusibani naa,/ naa nanna’ zanítilu’,/ dxi guiniti gubidxa cá. ¡Ay! zapoteco, zapoteco/ lengua que me da la vida,/ Yo sé que morirás/ el día que muera el sol. Y con la muerte de esta lengua “maravillosamente musical”, según el poeta Carlos Montemayor, desaparecerá una manera particular de entender la vida, la cosmovisión zapoteca, una manera -entre muchas- de ser hombre en el mundo.

Entrecierra los ojos y responde a la pregunta: No, ya no voy a la pesca. Sí, la verdad es que tengo suerte cada vez que lo hago. Tiro la lanzada y atrapo una buena cantidad, ya sea de pescado o de camarón. Pero prefiero ir a la obra, soy carpintero de obra. Le hago al albañil, pero voy más de carpintero. Mira esta casita, yo la levanté.

Los mercados huelen... Por ejemplo, el de Juchitán huele a queso guiña y fresco; a frijol refrito, bendabuaa seco, pescado en chipotle; a mango; chorizo fresco, carne fresca y tasajo; huele a flores de rosa y dulce de ciruela; a chocolate del molino San Vicente. Huele a guetabiguii. Los mercados se huelen y se ven. Se ven en la ocupación de los espacios después del embate de un temblor. Se ve a los muxes vendiendo ropa; traje de gala de tehuana, faldas, huipiles. Se ve caminando en los mercados haciendo el mandado, y se ve a las mujeres comandar los puestos de comida. Sí, los mercados también se oyen, y éste se oye en zapoteco.

Fragmento de bitácora de viaje a Juchitán. Mayo de 2018. Cecilia Contreras.

Para mi tía Chana; que tiene la magia de convertir lo agrio en dulce.