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Mon, Jul

El día que mi mamá falleció, mi papá me dijo que yo estaba limpio, que nada había en mi memoria que ensuciara mi alma, que ese había sido su mejor servicio. Quedé limpio de culpa porque le di todo lo que me pedía mientras ella vivía. Mi papá me decía “dáselo, lo necesitas” y yo se lo daba: lavadora, ropa, comida. Mi papá es recolector de basura y anda todos los días con su remolque atendiendo a sus clientes. Yo, que estudié administración de empresas, digo que él es un empresario de la limpieza. Todo lo limpia él con tal minucia que pareciera sacarle brillo hasta las cajas de leche. Lo primero que limpia es nuestra casa, lo segundo es su conciencia, después se va al centro a sacar la basura de las casas de sus clientes, a limpiar sus patios.

Esa misma noche comenzaron a aparecer por toda la casa, como si Mauricio Babilonia hubiera llegado por él, pero no era así. ¿De dónde salieron esas mariposas? Nadie pudo saberlo, ni siquiera mi hermana. Fueron apareciendo al mismo tiempo que mi papá murió. El negocio familiar iba a pasar por nosotros en algún momento, eso lo sabíamos, mi papá siempre nos dijo que lo único seguro que tenemos es la muerte y que lo mejor era adorar el intervalo entre ella y el nacimiento, esa cosa llamada vida. Nosotros nos dedicamos a los servicios funerarios y nunca vimos nada semejante.

Dicen que cuando uno se hace viejo las arrugas empiezan a surcar la piel, a hacer serranías por los brazos y las manos, por el ancho cuello y los ojos, que sólo es cuestión de esperar la muerte, en esta lotería llamada vida. Dicen, pero yo tengo en vez de arrugas cicatrices y así la espero. No me vaya a creer ahora, usted lo ha dicho, tengo un trastorno metido en la cabeza que no me hace pensar bien las cosas. Los demás le llaman locura, usted dice que soy neurodivergente. No sé a qué se refiera, quizás estoy viendo de frente la muerte y usted la confunde con trastorno límite de la personalidad. Vaya nombrecito. Usted me dice que es hora de escribir mi propio cuento y yo le digo que cómo cree, que el cuento no tendría pies ni cabeza y todo cuento los tiene aunque sea como un Guernica acomodado en la hoja blanca.

“Si yo supiera quién inventó el zapoteco lo colgaría del árbol más alto de Juchitán. Escúchenme, es la última vez que se los digo: ¡No quiero que lo vuelvan a hablar! Es un dialecto. No sirve para nada. Apréndanse el español y podrán caminar por el mundo sin renquear’’.

Es un hacer. Un oficio, así como tal, no es. Es algo que sé hacer, es un don. Lo empecé muy chamaca, tenía yo catorce años. Primero lo sentí, de ahí lo retuve y después lo desarrollé. Llegué aquí por una tía que nunca se casó, mi mamá y ella eran hermanas muy uniditas, mi tía les habló a mis padres para que me trajeran. Tenía ocho años, aquí estudié, aquí me casé, aquí ha sido toda la gran parte de mi vida.

Nos llegó la noche en la fiesta de papá, comienzan a asomarse las estrellas. Acabo de cantar un bolero cubano acompañada por el teclado. Las luces del patio se han encendido, la oscuridad no se puede mezclar con la gozadera que traemos. Las banderas de papel china danzan con el sereno y el teclado entona una salsa muy conocida. Todos bailan, comen, beben, gozan. Veo a los meseros, he decidido que ellos también son nadie, me acerco a uno de ellos. Se llama Jesús y estudia una ingeniería que desconozco.

El terror a la muerte es la base del animismo primitivo de los zapotecas y los niños de antaño, mezcla resultante en alguna forma de este grupo étnico, traen consigo esta mentalidad que tiende a manifestarse en su vida cotidiana.

Albino Jiménez fue un notable conductor de hombres en los poblados de Juchitán, Oax.; y figura entre las eminencias de la región, sin haber sabido nunca leer ni escribir y sin haber hablado una palabra de español.