12
Wed, Aug

Gabina Be’te’ tabernera de un lustro (I parte)

Articulos
Typography

“Caminé con los brazos abiertos
por hallar un cariño, una sola amistad…”
Miseria.

Juchitán, Oax.- A sus ochenta y dos años Gabina Be’te’ canta con el mismo entusiasmo y finura su bolero favorito “Miseria” como lo cantara María Luisa Landín. Con sorpresa los convidados al cumpleaños de Roselia Chaca, la vieron dar pasos pausados al escenario y entonar el bolero sin temblor y con limpieza en la voz. Los aplausos brotaron sinceros y ella cerró la canción con una risa alegre y pícara que acostumbra a dar a sus amigos y clientes, los que le han comprado cartones en la entrada de las velas y sentado con ella a tomar las cervezas de cuartito “frías más allá del frío” como escribiera Alfredo Cardona Peña o “frías como las nalgas del muerto”, como recuerda que decía Manuela León, en las ermitas en la cuaresma.

Gabina Be’te’ ha sido inconforme y rebelde desde pequeña, hija mayor de un padre campesino y una mamá que hacía tortillas, los cuestionó el por qué los varones iban a la escuela y ella no, y no se conformó con la respuesta de que era mujer de que no lo necesitaría y que ya estaba mayor, fue tanta su insistencia que la dejaron ir ya cuando era una niña con más edad que todos los demás alumnos de la escuela Juchitán. Recuerda que tuvo a maestros comprensivos que vieron su interés sincero de aprender, entre ellos el maestro Ezequiel López que le enseñó las primeras letras y los primeros números, y luego cuando ya era una jovencita el veterano maestro Martiniano Chacón le enseñó otro tanto.

Sobre el destino de la mujer zapoteca en la educación en las casas zapotecas, cuenta una anécdota cuando el profesor José Santos, amigo de uno de sus hijos, la descubrió sorprendido sirviendo cervezas, atendiendo a sus clientes, “¿a esto se dedica entonces?” le dijo, “sí, -le contestó ella sin inmutarse-, ya vez una que no tuvo estudios, si hubiera estudiado ahí enfrente hubiera sido la directora” le dijo señalando una escuela que había enfrente.

Confiesa que ya no quiso seguir estudiando porque le daba pena ser una niña grande acudiendo al aula con niños más pequeños, por lo que su madre la mandó con una rezadora para que aprendiera las letanías, ésta además de cobrar por enseñarle la mandaba a regar su jardín junto con otras niñas que formaban parte de su alumnado, cansada de acarrear agua para el jardín ajeno abandonó el oficio de encabezar los novenarios, cuarenta días, misas y procesiones, en cambio le quedó algo en la memoria de aquellos lejanos días de la niñez: aún sabe replicar en los rezos.

Pidió a sus padres una máquina de coser que por la pobreza de sus padres le fue negada, volteó entonces hacia el bordado que aprendió y trabajó a lo largo de su vida: a sus más de ochenta años todavía se da el lujo de estrenar un traje en cada cumpleaños, bordado por sus manos.

De una memoria amplísima recuerda sus vínculos familiares con los escritores zapotecos Jeremías y Gabriel López Chiñas, este último compartió con su madre Na Julia la leche de su abuela.

A su tío Gabriel lo conoció en México al entregarle una carta de su madre, la joven Gabina de apenas 17 años habría emprendido el viaje a la ciudad para conocer otros lugares empleándose como sirvienta en la casa de Martiniano Chacón. En esta historia sobresale otra vez su carácter inquebrantable al amenazar a sus padres con el suicidio si no la dejaban ir.

Recuerda que su madre tenía un carácter severo, pero su padre, con un carácter más apacible, siempre medió para dejarle ser y hacer. De la severidad de su madre recuerda que no dudaba en restregarle la ropa en la cara cuando veía la mínima mancha. De esa preparación en las labores del hogar le fue fácil ser aceptada como doméstica cuando le hicieron la primera prueba para contratarla. En la ciudad estaría un año escapándose los fines de semana a los cines y a Chapultepec con los jóvenes juchitecos que estudiaban en la ciudad.

En otras condiciones más tristes volvería a la misma ciudad años después acompañado de su hijo más pequeño, de los cuatro que tuvo, al cual puso el nombre de un príncipe de un ejército perdido: Eneas. Otra vez se empleó como doméstica en un departamento de estudiantes cercano a Ciudad Universitaria, en donde conoció a un futuro presidente de la república el joven desconfiado y distante Felipe Calderón Hinojosa.

La historia de Gabina está llena de vicisitudes, desengaños, lágrimas en la soledad. Joven aún y sin quererlo se casó con un joven taxista que al poco tiempo murió en un accidente. Su matrimonio aunque breve estuvo lleno de decepciones: un joven marido afecto al alcohol y las mujeres, que llegaba a propósito con sus camisas con otros perfumes y afeites. “Las lavaba sin decirle nunca nada, sin reprocharle, me juré jamás reclamarle, darle motivo para un pleito” recuerda Gabina que se casó sin amor, engañada por su primer pretendiente aprovechando su juventud e inocencia. De ese matrimonio nació su primera hija.

Compartió su vida con otras parejas pero nunca quiso casarse después de aquella primera experiencia. “No se necesita un papel para estar juntos” le dijo a su segundo joven pretendiente quien le propuso matrimonio, sin embargo hizo su vida junto a ella, pero ante una sociedad machista y la presión de sus familiares, aquella pareja con el cual procreó un hijo se casó con otra joven por la costumbre de llevársela a la casa de los padres. Ella se enteraría por otras personas y emprendería ese segundo viaje a la ciudad para evitar las miradas incómodas.

Impedida por la pobreza y la ignorancia de sus padres para estudiar, siendo mujer y la única columna de su casa y madre de cuatro hijos, Gabina sin rodeos señala con el índice derecho la cerveza de cuartito que sostiene con la mano izquierda, “con esto sostuve y eduqué a mis hijos”, y hay un orgullo en su rostro porque dice luego para comprobar lo dicho: “todos terminaron sus carreras, ninguno abandoné, a ninguno permití fuera a trabajar de niño en otra parte para pagar sus estudios, se dedicaron a estudiar, tengo una contadora, una enfermera, un ingeniero y un administrador de empresas”.

¿Qué hace una joven viuda, con hijos que mantener, en la pobreza, con un oficio tan sencillo como es la costura? Tomar la primera oportunidad que se le presenta. Un amigo de la infancia, un muxe’ lo invita a que le ayude a vender cervezas en la fiesta de Xadani, hasta alla acude. Eran los tiempos en que la empresa cervecera ofrecía su producto a bajos precios, Gabina no habla de cantidades pero su mano que lleva hasta atrás de su cabeza ilustra que vendieron una gran cantidad de cartones.

Después de aquella experiencia una amiga le comenta que el verdadero éxito de las ventas es ella. Cuenta Gabina sin falsa modestia: “yo no estaba así como estoy, tenía un buen cuerpo y un cinturita”. Con ochenta y dos años recuerda la fecha exacta el inicio por su cuenta de la venta de cerveza en las ferias de los pueblos, en las velas, en las bodas, en las fiestas populares. Personajes, sucesos, tragedias, rostros, pretendientes, peleas, madrugadas pernoctando en los espacios públicos o en la casa de amigos, compañeras pícaras que hicieron leyenda: Rosa Pina y Manuel León las más conocidas, enlista Gabina en sus historias como tabernera.

A insistencia de sus hijos ya no realiza los viajes a las fiestas de los pueblos, se agrega también que después de décadas de utilizarlas como las sirenas encantadoras para llamar a los hombres salidos bajo las velas sin barco de las fiestas de mayo a probar la cerveza, introducida gracias a su belleza, a sus encantos, a sus ocurrencias, al placer de sentarse con ellas aunque sea un rato, con la promesa efímera de obtener su favor, hoy han sido marginadas, por lo que el oficio de tabernera no reditúa como antes, ella y sus compañeras como las llama de forma solidaria y combativa, acuden a las velas a vender cartones apilados en la entrada, a las ermitas y las bailes populares en donde compiten con otros vendedores y obtienen magras ganancias.

Dice Savater que la felicidad se encuentra en los recuerdos, por eso tal vez Gabina vuelve al pasado, a los recuerdos cuando en las noches calurosas alumbrados apenas por quinqués, se apostaban en la entrada de las velas coronadas por los blancas y agitadas lonas, en los días gloriosos en que llegaban a juntarse sesenta de ellas en dos hileras con sus bancas, con sus cervezas descansando en el hielo, ellas arregladas, alegres, pícaras, siempre dispuestas a dar la mejor cara, a la ocurrencia de la frase genial, jóvenes diosas. Gabina mantiene aún esa sonrisa y amor a la vida, con esa hospitalidad nos recibe en su casa junto con Armando Vásquez, que le pide para la sesión de fotos se retire los anteojos que usa apenas, tal vez para captar algo de lo mucho que ha visto en sus 82 años.