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Wed, Aug

A velear de nuevo

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A la memoria de Toño Chunta, que murió 
a los ochenta y tres años y cantaba los más añejos tangos
de que se tenga memoria, pero nunca supo hablar el español.

Juchitán, Oaxaca.- Nuevamente los juchitecos se disponen a navegar por las procelosas aguas de mayo. Se avitualla la embarcación, se remiendan las lonas, se revisan las junturas, el coloquio entre las y los oficiales se aviva, se abrillantan los dorados metales, se hinchan los pulmones para resoplar durante treinta días. ¡Hay fiesta en Juchitán! ¡A toda vela, señoras y señores!


Como desde hace luengos años, los mayordomos, socias y socios, las mantenedoras de la tradición, las guzana, revitalizan su entusiasmo, el fervor por los preparativos para sumarse a esa añeja celebración que son las velas. Pasó ya la Vela de los alfareros, llamada San Pedro cantarito, o vela mecha, como se le suele decir, por ser la que enciende el jolgorio. Pasó también la Vela Santa Cruz de los pescadores, con todo y su epílogo de balazos entre judiciales y vecinos de la bizarra séptima sección, ahí donde dicen que perdió el diablo.
Asimismo tuvo ya su cima la Vela Guelabe’ñe’, la del Lagarto, que según reza la jocunda habla popular es la festividad de quienes trabajan en el palacio municipal, aunque en realidad se trata del ofrecimiento a ese animal totémico que antaño –hace apenas treinta años- presidía la nocturna reunión y su correspondiente “lavada de ollas”, al final de lo cual era regresado al estero en donde había sido capturado. En la noche principal el saurio mostraba orgulloso sus fauces, mientras se mecía en su jaula, colgada al centro de la pista.
Vienen ya las velas Igú, Santa Cruz Quinto y Jazmín, que son el prolegómeno a esa semana en que revienta el furor de la juchitecada, la última semana de mayo, explosión de júbilo, reventazón de espíritu en alto, alegría de vivir, humedecimiento a esa antigua raíz del árbol zapoteca para darle más fuerza, para que su fronda reverdezca.
Volando, entre el calor espeso que este año alcanza los cuarenta grados en promedio, se aproxima ya el día veintiuno, domingo por más señas, día en que al filo de las tres de la mañana comenzarán a tronar los cohetes para llamar al pueblo y sumarse a la calenda por media ciudad, portando farolas y ramas de carrizo verde, a los gritos de ¡Viva San Vicente Ferrer! ¡Viva la Vela Calvario! ¡Viva San Isidro Labrador! ¡Vivan los mayordomos de la Vela San Vicente Gola! Y los aludidos sonreirán ufanos al frente de la multitud que avanza olvidándose hoy de los tropeles políticos, oyendo la dulce melodía de la flauta de carrizo, el eco de los rústicos tamborcillos y la particular armonía que surge del caparazón de la tortuga al ser percutido con astas de venado.
Luego vendrá el convite de frutas -la regada que le dicen-, la tarde posterior a cada Vela, con sus decenas de carretas enjaezadas y tiradas por bueyes que pasean su mansedumbre por las calles, con flores de papel en la limada cornamenta; con los carros alegóricos, pletóricos de niñas y muchachas enjoyadas con el oro y el bordado de sus trajes.
Ah, señor, qué tardes, qué de gente atrapando la juguetería que vuela por los aires, lanzada desde los carros o desde la mano de los jinetes que acompañan al capitán de cabalgata, o apretujándose para ser capturados por la red de los Guuzegola, los pescadores que atrapan a los espectadores para así sumarlos a la fiesta.
Y luego en la noche, en la Vela Angélica Pipi o San Isidro, ver a las espléndidas mujeres mostrando el traje que esa noche estrenan, comparando su bordado con el de las socias de la mesa vecina, o diciendo por lo bajo: “¿ya te fijaste? ¡Trae el mismo del año pasado!”. Mientras tanto, el maestro Carlos Robles y sus quince músicos llenan el ambiente con la majestuosidad nostálgica de los sones istmeños; el clarinete, el sax, los platillos, el redoblante, juntan todos su entusiasmo para dejarnos escuchar las notas de La Petrona o La Petenera, y ya alrededor de las dos de la madrugada el Lucero de la Mañana, que anuncia la entrega de la mayordomía a quienes encabezarán los esfuerzos para el próximo año.
Para cuando llegue el último domingo del mes que hablamos ya se habrá efectuado el Festival del Río, habrán corrido mares de fermentados líquidos, los niños se habrán subido a los juegos mecánicos, comido dulces o jugado a las canicas para que les toque en premio una alcancía de burdo yeso.
Por la noche de ese día veremos la quema de los fuegos artificiales, sin música de Haendel, y con esas explosiones multicolores se irá apagando también la llama de las Velas. Pero para eso nos falta todavía un mes. ¡Hay fiesta en Juchitán, señoras y señores!.
Texto publicado hacia 1999