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Thu, Feb

Un milagro de San Vicente Ferrer

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Una tarde del melancólico invierno de 1880, soplaba frio viento del norte. Chispeaba y cuando el negro cendal empezaba a cubrir la tierra, un tigre devoraba el hermoso caballo del gigante Fortino Zárate. Este lo advirtió, con sorpresa que le paralizó el pensamiento, cuando después de levantarse de un agradable descanso salió a dar una vuelta por donde había amarrado el caballo con larga reata.


Se acercó tanto a ese paraje que el feroz tigre logro abalanzarse también sobre él con la rapidez de un relámpago. Más, gracias al instinto de conservación, no perdió su sangre fría y, con la misma ferocidad que el felino, se defendió bravamente, propinándole tremendos golpes, favorecido por su hercúlea fuerza y esquivando los ataques; pero, aún cuando tiraba los puñetazos con hábil destreza y aguda maña, sus sansónicas fuerzas se iban agotando y comprendió que al terminar la lucha, él sería vencido y también devorado.
Sin embargo, su fe lo salvó. La pelea duró menos de lo que tarda en contarse, pero en ella invocó, pletórico de acrisolada fe, el milagrosísimo nombre de San Vicente Ferrer para que lo iluminase. El santo le aclaró el pensamiento para que se acordara de la filosa y larga daga que llevaba en su chaparrera. Se apoderó de ella, atacó más duramente y logró herir mortalmente al furibundo tigre que, bramando, cayó vencido, entonces Zárate, sediento de venganza, lo acribilló a puñaladas. Esto sucedió en la ranchería “El Cerrito”, al sur de Ixhuatán, Oaxaca.

*Tomado del libro “Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec”/Gilberto Orozco/Revista Musical Mexicana 1946.