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Mon, Aug

De peces

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OAXACA, Oax.- Los peces han estado presentes siempre en mi trabajo, los primeros peces los vi en el río Los Perros en el Istmo de Tehuantepec, los llamados “cuatro ojos”, para los niños era muy extraño porque esos peces nadan a ras de agua, sus ojos sobresalen en la superficie y parece como si alguien lanzara una piedra y ésta va levantándose bajo el agua.

Siempre creíamos que alguien tiraba una piedra al río y no, era el pez que iba nadando.

Estos peces son los que yo pinté en una obra que Olga y Rufino Tamayo compraron para la colección del Museo Tamayo, en la pieza los “cuatro ojos” están espiando a una muchacha que se está bañando.

El título original del cuadro era Mujer atacada por peces verga, pero a Olga y Rufino Tamayo les parecía muy agresivo y se lo cambiaron a Mujer atacada por peces (1972). Esta pieza en una exposición en el Centro Pompidou fue atacada, le dieron un navajazo, no sé si por el tema o por descuido del museo, para restaurarlo tuvo que viajar Manuel Serrano a París y ahí estuvo una temporada.

cuando estaba orinando decía:
–Yo orino plátanos de distintas clases.

Con todo lo que ahí creció, bejucos y plátanos, los hermanos no podían bajarse del cerro. Esa imagen me ha acompañado desde hace mucho tiempo y me recuerda un poco la historia del monje tibetano que comparto en esta columna.

“Anécdota de Soriano”

Juan Soriano contó en París una anécdota sobre un cuadro de Rufino Tamayo, se trata del retrato de María Izquierdo, en el cual aparece detrás de ella un pescado, muy inesperado pero ahí está.

Soriano platicó que Xavier Villaurrutia vio ese cuadro, le impresionó y después le comentó: ¿ya viste el último cuadro de Tamayo?, es el retrato de María Izquierdo y la pintó con todo y su olor.

El mercado de Tehuantepec constituye un espectáculo interesante. Si uno mira hacia esa esquina le parecerá que está en la India.

Si vuelve la mirada, las grandes ollas de barro que circundan a su joven vendedora le harán sentirse en Bagdad.

Y aun hay otros lugares parecidos a los mares del Sur. No obstante, hay aquí algunos sitios que no se parecen a ninguna parte del mundo, ya que los peces de cuatro ojos se venden solamente en Tehuantepec.
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Del libro ¡Qué viva México!, de S. M. Eisenstein.

Anableps dowei, un ciprinodonte, el pez de cuatro ojos (tapa lu). En español este pez se conoce como cuatro ojos; en zapoteco lo llaman tapa-iyaloo, que significa lo mismo, y de allí ha ido a Tehuantepec la curiosa palabra híbrida tapa-ojo, que también hace sentido. Los chontales en Tequisistlán lo conocían como palgan-divi (divi =‘ojo’); no pude averiguar el significado de palgan, excepto que no es ‘cuatro’.

Que yo sepa ninguno de los que han descrito este maravilloso aparato ha observado nunca un Anableps vivo. El globo ocular, que sobresale mucho en la parte superior de la cabeza, es tan libremente movible como la articulación de la rótula. Puede girar en casi todas las direcciones; el pez, igual que el camaleón, lo sube y baja, lo adelanta y repliega. Cuando el ojo está vuelto hacia arriba, todo el blanco de la mitad superior de la córnea desaparece; puede volverse hacia abajo de nuevo, tanto que la parte superior de la pupila está casi horizontal, y entonces el aparato inferior se oculta en la cavidad.

TAPA LU

poso aparente sobre sus robustas aletas delanteras, con sus ojos como botones asomados a la superficie. Son tímidos, en seguida se escabullen o se adentran en aguas más profundas, donde forman grupos, nadando río arriba impulsados por la cola, con la mitad anterior del cuerpo erguido, y algunos hasta saltando; pero siempre están deseosos de abandonar la corriente del agua, y después de unos minutos vuelven a su rincón favorito, en el que también deben de pasar la noche. Como muchos de los peces mexicanos de agua dulce, son vivíparos, y aunque una hembra grande raramente alcanza los 25 centímetros, las crías desde unas pocas hasta una docena miden dos. En el macho el canal excretor y sexual se prolonga en un largo cono perforado cubierto de escamas y dirigiendo hacia atrás; la aleta anal, más reducida, va sobre el dorso.

El Anableps de Dowe se da sólo en las tierras bajas, por toda América Central, desde Panamá al istmo de Tehuantepec, tanto en el lado del Atlántico como en el del Pacífico. Los mayores ejemplares los vimos en el río San Juan; muchos, más pequeños, había en el de Tehuantepec y sus afluentes.

En Suramérica están representados por otra especie, A. tetrophthalmus.
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Del libro Viajes de un naturalista por el sur de México, de Hans Friedrich Gadow.

PECES 2

A orillas de un río, un monje tibetano se encontró con un pescador que cocía en una marmita una sopa de pescados. El monje, sin decir palabra, se bebió la marmita de sopa hirviendo. El pescador le reprochó su glotonería. El monje entró en el agua y orinó. Salieron los peces que había comido y se fueron nadando.

Alexandra David-Neel

Parmi les Mystiques et les

Magiciens du Tibet (1929)

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Del libro Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

PECES

Mundurucú: la curación por las nutrias

Un cazador oyó un día en el bosque que una rana hembra, llamada Wawa, croaba cantando: -Wa, wa, wa, wa. Se acercó al animal, agazapado en la cavidad de un tronco, y le preguntó: –¿Por qué gruñes así? Sé mía y gruñirás de sufrimiento cuando mi pene te penetre. Pero la rana siguió cantando y el hombre se fue.

No bien volvió la espalda, Wawa se volvió una encantadora joven vestida de azul. Surgió delante del hombre, en medio del sendero, y le pidió que repitiera lo que acaba a de decir. Pese a sus negativas, reprodujo ella sus palabras exactas, y como estaba dispuesta y era bonita, el indio aceptó tomarla por esposa.

Continuaron así juntos el viaje, y el hombre pronto tuvo ganas de hacer el amor. –Sea –dijo Wawa–, pero adviérteme cuando estés a punto de gozar de mí. En el instante en que hablaba, Wawa recuperó el aspecto de una rana y se alejó dando saltitos y estirando el pene de su pareja, que tenía preso en la vagina. Incapaz de reaccionar, el hombre miraba cómo el pene se le estiraba desmesuradamente. Cuando tuvo quince o veinte metros, la rana aflojó y desapareció.

El desventurado hubiera querido volver a casa, pero el órgano se le había hecho tan pesado que no lograba arrastrarlo ni llevarlo enrollado a los hombros o a la cintura. Unas nutrias que pasaban lo encontraron en el colmo de la desesperación. Se enteraron de su condición y ofrecieron remediarla por aplicación de un pez /caratinga/ rápidamente expuesto a la lumbre para entibiarlo. En el acto empezó a acortarse el pene. –¿Basta así? –preguntaron las nutrias. –No, otro poco– contestó el hombre. La segunda aplicación redujo el miembro al tamaño del meñique. La locución mundurucú que designa dicha especie de pez evoca esta aventura. Y si el /caratinga/ sólo es negro en parte, es por haber sido asado a medias (Murphy 1, p.127).

MUJER ATACADA POR PECES

Tukuna: la piragua del sol

Solitario, un indio joven pescaba. Pasó el sol en piragua y le preguntó si había atrapado algo. El muchacho respondió que no, y el sol lo invitó a embarcarse. Pues –dijo– era tiempo de que la pesca fuera buena. El muchacho se puso a proa en tanto que el sol timoneaba a popa. Preguntó a su pasajero si sabía dónde estaba el “camino del sol” y éste comprendió entonces, pese a que el astro había cuidado de hacerlo insensible al calor, en qué compañía iba. Siguieron el viaje pagayando. El muchacho creía seguir en tierra, pero en realidad el viaje era ya por el cielo. Vieron un pez pirarucu (Arapaima gigas) de un metro de largo. El sol lo atrapó, lo echó en la piragua y lo coció con el calor que le irradiaba del cuerpo.

Poco después se detuvieron a desayunar. El indio se sació en seguida y el sol insistió en vano para que comiese más. Le mandó que inclinara la cabeza y le dio al joven en la nuca con la mano; cayeron abundantes cucarachas: –He aquí la causa de tu falta de apetito –explicó el sol. Otra vez se pusieron a comer y acabaron con lo que quedaba. El sol recogió cuidadosamente las escamas y raspas, reconstituyó el pez y lo tiró al agua, donde recobró vida al instante (Nim.13, p.142).

Con información de Proceso