22
Sun, Oct

Buenos días

Articulos
Typography

Buenos días, dicen las garnachas, desde la sartén que grita su hervoroso entusiasmo. Buenos días, enuncian las empanadas desde la dorada capa que las cubre de una mañana que no termina de desperezarse. El pollo (la blanca pechuga, el anhelado muslo, las alas emprendiendo el vuelo hacia el cantarino aceite), apresta sus afanes para el regusto de los comensales.

Buenos días, nos dice Rosita (alumna que fue del escribidor en tiempos de la escuela primaria). Rosita que mueve con destreza la pala mientras arrima las piezas que brincan al momento de freírse; Rosita que dice:
-Llegamos temprano, a las siete estamos ya listas (su hermana la mira en el puesto de al lado). Lo primero que comienza a venderse es el pollo garnachero, se acaba rápido, en un rato vuelan dos pollos, con el favor de Dios. Luego la gente pide empanadas, tostadas de quesillo o de carne. ¿Garnachas? Sí, sobre todo la gente de fuera es la que ordena sus garnachitas.

Lo bueno es que estás cubierta, no te mojas, se le plantea.

-No, que va. Aquí, mientras preparo los pedidos, sí estoy bien, porque me subo a una reja vacía, pero a la hora de poner las cosas en el sartén, pues ya bajo al piso de la calle, y ahí ya corre el agua, cuando vengo a darme cuenta, mis pies están entumecidos y despellejados. Pero qué le vamos a hacer, de aquí sale para el gasto de la casa.

Sin dejar de moverse, da órdenes, platica, extiende los brazos para alcanzarle el plato de antojitos a la clientela que se ordena en una banca de madera.
Bajo un enlonado se agita la jornada de una de las pocas expendedoras de alimento preparados que trabajan en la explanada del Parque central de Juchitán.
-Sólo venimos tres garnacheras de las que estábamos allá bajo el palacio, las más jóvenes (sonríe mientras esto dice), porque las otras mayorcitas no quisieron venir. No es fácil estar aquí, bajo el solazo, aguantando la lluvia, como ahorita que comienza a lloviznar. Y luego los temblores.

Al ver nuestro gesto inquiriente, prosigue:
-Sí, estábamos preparando nuestra mesa, yo había colocado mis cosas, mi pollito, ya estaba listo el anafre, cuando de pronto escuchamos el ruido de la tierra y todo comenzó a moverse. ¡Ay, Jesús! Todas agarramos, levantamos lo que trajimos y salimos corriendo, hasta la casa fuimos a parar. Por eso no muy quieren las paisanas venir a vender. Es el miedo. Luego cuando pasan los camiones grandes, su ruido y el piso que se mueve, pensamos que ya viene de nuevo otro temblor.

Calla Rosita por un momento, ordena sus ideas, y le pide al compañero:
-Clemente, por favor, dale cambio a la señora. Ay, no tiene usted un billete más chico, para ése de quinientos todavía no tenemos. Anda, Clemente, ve a buscar que te lo cambien… ¿o usted tiene, profesor? Ay, sí –le dice a la Reyna compañera- él fue mi maestro en la escuela Justo Sierra. ¿No se acuerda? –pregunta la muy pícara, y remata: uuyy, hace ya mucho tiempo de eso.
Por acá cerca suelta sus humores una cabeza de res humeante. Por allá anuncian las verduras, carne de puerco, frutas, chilito, champurrado, panes para el café matutino. ¿Ropa? No creo que vengan hoy, por la lluvia, se les puede mojar, explica Rosita a una comensal fuereña que se interesa por huipiles.
-¿Y qué creen, el otro día, justo cuando el temblor del veintitrés, salimos huyendo. Al otro día, qué creen ¡se habían robado el anafre de mi hermana! Desgraciados, que tendrán un mal fin.
No te apures, se conduele la Reyna compañera, de allá arriba hay Alguien que todo lo mira. Por aquí mismo han de estar cocinando con eso, pero El que está arriba lo mira, lo van a pagar.
Termina el condumio, se paga la cuenta. Salimos a la vida.
¡Buenos días, Juchitán!