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Centenario del natalicio de la Profra. Blanca Teresa Sanmartín Carrasco

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15 DE OCTUBRE DE 2017

Todos nacimos de una madre, ese ser que asume la representación terrenal de la divinidad, por quien Erich Fromm dijo: No tengo que hacer nada para que me quiera (el amor de la madre es incondicional). Todo lo que necesito es ser su hijo. El amor de la madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo.
Mi madre fue Blanca Teresa Sanmartín Carrasco, y yo fui el cuarto hijo de los seis que procreó. Ella y nosotros, nacimos en Santo Domingo Ingenio, Oaxaca, y cumpliría cien años este 15 de octubre, ya que nació en 1917. Durante 56 años y 6 meses ejerció la profesión educativa, pues era profesora egresada de la Escuela Normal Rural de San Antonio de la Cal y Cuilápam de Guerrero, Oaxaca, así como del Instituto Federal de Capacitación del Magisterio.
Durante su labor pedagógica, en varias localidades de la región del Istmo de Tehuantepec, desplegó sus funciones como docente y como directora, cargo con el que se jubiló en el Centro Escolar Juchitán en el año de 1989.
En 1994, escribió sus memorias, que tituló Remembranzas, 1930-1994, cuyas primeras líneas se transcriben a continuación:

Remembranzas

“A 54 años de distancia, acaricio el dulce recuerdo de aquella fresca madrugada impregnada de rocío y con olor a caña de azúcar. Eran las cuatro de la mañana del día miércoles 7 de mayo de 1930, el ambiente estaba saturado de neblina y un viento fresco que corría con olor a guarapo. Se oía el crujir interminable de las ruedas dentadas de las catarinas que movían las enormes bandas y que impulsaban el arrastre de la caña desmenuzada por los machetes automáticos de la fábrica de azúcar; de vez en vez, interrumpía el silbato de la centrífuga; cuando caía el azúcar en su punto.
Frente a mi casa, por el lado oriente, hay una zanja en la cual pasaba agua dulce, cristalina y silenciosa; habían dos cuidadores de la zanja: Tío Che Bina y Patricio, y así el agua siempre estaba limpia para el uso de los habitantes, dicha zanja se alimentaba de las aguas del río Espíritu Santo que nace en las montañas de San Miguel Chimalapa —sólo que ahora ya no cuidan la zanja, el agua es sucia porque las gentes se bañan dentro, a pesar de que está en medio de la población, lavan trastos y ropa— la zanja sigue su curso hacia la turbina, para después ramificarse en canales y así poder regar los cañaverales.
Aquella madrugada del siete de mayo de 1930, me sumergí en el agua fría de la zanja, para darme el último baño de infancia, en mi adorado terruño; mientras que mi madre soplaba los tizones de sangre y granadillo para hacer fuego; sentaba la calderilla de barro sobre los tenamastes, a manera de trébedes para hervir el agua y preparar el sabroso y aromático café oro, molido en el metate, que después ingerí con pan de vida y totoposte. De cuando en cuando la potente grúa levantaba las lingadas de caña, atadas férreamente con cadena y aseguradas con iguanas de fierro, para después vaciarlas sobre el batey y de allí a los machetes mecánicos para ser triturados pasando luego a los moledores de donde sale el guarapo. Y así Sigue su curso por distintas partes de la fábrica hasta convertirse en azúcar.
Al crecer la mañana, toda la naturaleza reía en una decoración renovada de idílicos paisajes.
En la casa grande —como se le llamaba— del dueño de la factoría, e1 español Gonzalo de Murga y Suinaga, industrial, sociólogo y poeta reconocido que nació en Marquina, Vizcaya, España, que estudió el bachillerato en España y pasó a colegios de Bélgica Y de Inglaterra. Llegó a México en 1894, a la edad de 25 años. Asociado con don Antonio Barrios, estableció una empresa e introdujo en el país los taxímetros y organizó en la capital la primera Colonia del Valle. En 1914 se instaló en el Ingenio Santo Domingo, Oax., en propiedad de dicha empresa donde desarrolló una labor económica, social y filantrópica, provechosa a la región. Fue asesinado en una emboscada en los alrededores de dicho Ingenio. Escribió Impublicables poemas (1907); La Industria de la Caña de Azúcar (1921); Atisbos Sociológicos; A Cartas Vistas. Dejó textos inéditos; quien fuera mi señor padre y de mi hermana Juana, como también de mis hermanas, Paz Margarita y Martha Josefina. En aquella casa todo era actividad. Allí junto, se levantaba majestuoso como un faraón, el renegrido Chincuacón, Chacuaco grande, o sea la chimenea que espiraba grandísimas volutas de humo negro de las calderas alimentadas con leña verde.

La partida

Mi hermana Juana y yo, abordamos un carro de redilas, que conducía azúcar a San Jerónimo (Ciudad Ixtepec), en donde se encontraba la bodega en que se almacenaba el azúcar que se elaboraba en el Ingenio Santo Domingo.
Nos acompañaba en aquel viaje mi madre, Celestina Carrasco Cruz y la madre de mi hermana Juana, señora Antonia Morales Pineda, El retumbar de aquel carro fletado, rasgaba la tranquilidad de aquélla inolvidable madrugada y al pasar por La Vega Rica, nombre que lleva uno de los cañaverales, ondulaban las altas varas de soca y resoca de caña piojota (POJ - Proefstation Oost Java.) en blanca flor, como banderas de paz; en otros machuelos se abrían las zanjas para la nueva sembradura de la caña de plantilla; cuando esta caña se corta, que ya está en su punto para la molienda, quedan los troncos en la tierra, los troncos retoñan, y a los nueve o diez meses, vuelven a cortar en su punto, a esa caña que retoña se le llama soca; vuelven a dejar los troncos en la tierra; vuelven a retoñar, crece, se vuelve caña otra vez. A esta última se le llama resoca; es muy dura, casi no se puede comer o masticar; pero es la que contiene-más sacarosa y por lo mismo, rinde más azúcar.

Llegamos a San Jerónimo

Fuimos recibidas por el señor Pedro Ulloa, originario de El Espinal, Oax., mismo que era el encargado del almacenamiento del azúcar y de mucha confianza de mi padre. El señor Pedro Ulloa nos llevó al hotel Ferrocarril para desayunarnos, mi hermana y yo nos sentíamos en un palacio de hadas, pues éramos niñas de pueblo, que nunca habíamos comido, menos pernoctado en un lugar como aquel, yo apenas frisaba en los 12 años y 6 meses; pues nací el 15 de octubre de 1917 y mi hermana Juana en los 12 años y 10 meses, ella nació el 24 de junio de 1917.

En el primer vuelo

Después de desayunarnos, unos minutos antes de las 8 de la mañana, nos llevó don Pedro Ulloa al campo de aviación que se localizaba en aquel entonces, en la parte Norte de San Jerónimo (Ciudad Ixtepec); a las nueve de la mañana en punto. Amenazaba una lluvia primaveral y una escarcha plateada y fría hería nuestros adolescentes rostros. Abordamos un avión de seis pasajeros y mientras nos ponían los cinturones de seguridad, yo me sentía feliz; pero cuando me asomé por la ventanilla y vi a mi madre que lloraba inconsolablemente, entonces yo sentí miedo; un miedo tremendo que me así fuertemente del asiento, apreté los pies en el piso y veía a mi hermana Juana. Mi cara, era cara de angustia, la de ella, no parecía tener miedo. Se reía y hablaba; pero yo no le oía nada por el espantoso ruido del aparato; pues aquellos aparatos eran todavía rústicos, pero ya se atrevían a cruzar el espacio. Yo sentía morirme cuando noté que el aparato parecía que se iba a caer; pero a pesar del miedo que me invadía sentía curiosidad por ver a través del cristal de la ventanilla y cuando me asomé, vi como humareda espesa y renegrida; después supe que eran las nubes, y cuando volví en mí, me llené de valor, sentí confianza y relajé mi cuerpo. Al darme cuenta que el aparato descendía, observé el panorama que era maravilloso. A las 11:00 hrs. A.M., estábamos en el aeropuerto de la ciudad de Oaxaca, el aterrizaje fue emocionante para nosotras, pues corrió el aparato en la pista un largo trecho. Nos bajamos, los pasajeros empezaron a irse en autos de alquiler por distintos rumbos de la ciudad. Nosotras, quedamos estáticas, solas, una mochila de cotín a manera de almohada, cada quien, era nuestro equipaje. Veíamos pasar a los transeúntes; mudas de terror por no conocer y no saber hacia dónde íbamos; pues mi padre había planeado todo, de tal manera, que le salió exactamente como lo pensó; pero nosotras ignorábamos el plan, a pesar de las recomendaciones que se nos había hecho.
Hervía el Sol de las 11 de la mañana en la Nueva Antequera, cuando llegó hasta nosotras un automóvil con nuestros tutores; el licenciado Mauro Ortega, oriundo de El Espinal, Oax., y su señora esposa doña Juanita Cerqueda, oriunda de Cheguigo o sea Sección Octava de Juchitán de Zaragoza, Oax. La señora Juanita era hermana de don Enrique Liekens. Nos preguntó la señora: ¿Ustedes son las hijas de don Gonzalo que vienen para ingresar al colegio?, se expresó con una sonrisa cariñosa de gente amable y culta; a lo que contestamos con sencillez y llenas de ánimos: S... sííí.. El señor don Mauro, a pesar de ser licenciado, era parco en el hablar, posiblemente por su avanzada edad, como de unos 60 años y por su media sordera que padecía; pero sí, era fuerte como un roble y con un corazón de oro. Asintiendo con la cabeza, nos tomó del brazo, abordamos un vehículo; mi hermana Juana y yo nos reíamos silenciosamente, pues no cabíamos de regocijo; cada tramo que avanzábamos, era para nosotras maravilloso, nos admirábamos de los pinos, pirúes y araucarias corpulentos y majestuosos que vimos al pasar, pues no los conocíamos; pero qué sorpresa tan agradable sentimos cuando penetramos en la ciudad: todo era majestuoso, las casas eran distintas a las de nuestro pueblo; con jardines, zaguanes, aceras, fuentes, etc.
Llegamos al domicilio de nuestros tutores, en la calle de Armenta y López No. 23, casona enorme, con cuatro ventanas con rejas de fierro del tamaño de una puerta por el lado de Armenta y López, y dos por la calle de Ignacio López Rayón. Fuimos presentadas con sus hijos: Pío Ortega Grapain, estudiante de medicina, quien posteriormente fue el Médico de cabecera del Presidente de la República don Adolfo López Mateos (Q.E.P.D.), y con su hija la señorita María Ortega Grapain, que estudiaba corte y confección en una de las mejores academias de la ciudad. Platicamos un rato, nos hicieron algunas preguntas como para que nos sintiéramos en confianza. En seguida nos invitaron a pasar al comedor, todo era lujo y armonía, de buen gusto y todos muy amables, nos dieron buen trato. Yo simpaticé con la señora Juanita, me quiso bastante pues ella nunca tuvo hijos; los jóvenes que ya de antemano mencioné, eran sus hijastros. Mi hermana Juana, simpatizó con la señorita María, se hicieron amigas. Luego que hubimos comido ricas viandas y descansado en la recamara de María, volvieron nuestros tutores a decirnos que abordáramos otro auto que ya nos estaba esperando.

La Trinidad de las Huertas

Salimos por las calles de Armenta y López hacia el sur y pasamos por el barrio de la Trinidad, en aquel entonces era un barrio humilde con casitas de adobes, otras de carrizos con techos de paja formando callejuelas; pero los huertos, jardines y hortalizas, lo convertían en un verdadero vergel; qué importaba la humildad y el ropaje de las gentes, lo que contaba era la grandeza del alma que llevaban dentro con aquel trabajo tan noble que realizaban, en beneficio de la sociedad. Hombres y mujeres trabajaban en las faenas del cultivo de la tierra, se imponían por encima de la resistencia de lo físico, y daban paso a la ley superior de la conciencia. Pasamos por la hacienda de Candìani, en donde había establos y un alfalfar enorme, como también había extensiones con carrizales; desde allí se divisaba la Escuela Normal de San Antonio de la Cal, Oax., cual si fuera un majestuoso palacio, para nosotras que nunca habíamos visto otro igual.
Al llegar a los terrenos de la escuela, pasamos por una calzada de palmeras e inmediatamente llegamos a nuestro destino.

Arribo a la Escuela Normal

Llegamos a las cinco de la tarde, un día miércoles siete de mayo de 1930; cuando nos apeamos del auto y nos dirigimos hacia el edificio, vimos caras risueñas como si ya nos hubiesen conocido; eran las hermanas Benítez Fuentes de El Espinal, Oax.; Constantino López de Laollaga y Oscar Salinas Dordelli de Tehuantepec, no nos conocían; pero por el motivo de ser istmeños, creo yo que nos identificamos y que por esa razón nos recibieron con cariño…”

Blanca Teresa Sanmartín Carrasco