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Thu, Feb

DON PAULINO

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Don Paulino tiene fama de buen platicador, es un abuelo setentón de cuerpo menudo, carácter tranquilo y agradable, y de andar precipitado. Cuando camina, adelanta de tal manera el pecho y la cabeza, que parece que en cualquier momento caerá de bruces. En su tiempo justo y de obligaciones, tuvo ocho hijos, trabajó de pescador y labrador, hoy se dedica a leer todo lo que le llega a la mano, generalmente revistas y periódicos, y a visitar a sus hijos y nietos. En el trayecto a las visitas que realiza, no falta quien lo llame a platicar, desde las casas o banquetas de calle lo saludan y le dicen: “Don Paulino, dónde es que vas, ven a platicar conmigo un rato”. Y el buen hombre, se detiene, se quita el sombrero, saluda y contesta: “buena hermosa”, o, “buen amigo”, “voy camino a… pero con gusto platicamos, sucedió hace buen tiempo…” Y se arranca don Paulino a platicar sus lindas historias, que deja a sus oyentes con ganas de seguir escuchando.

Así fue que un grupo de mujeres, que esperaban, tina en mano, la llegada de sus esposos pescadores del mar, para ayudarlos a cargar los productos que consiguieran, lo llamó una mañana que iba pasando.

--Mis amores -les dijo-, ¿no han regresado? -refiriéndose a sus esposos, que salen noche tras noche a pescar en grupo al mar muerto de Juchitán, y que regresan durante la mañana a repartir el producto conseguido en un sitio convenido, donde sus mujeres los espera, prestas a recoger la pesca y llevarla al mercado.

--No -le contestaron-, ven a alegrarnos la mañana, mientras esperamos que regresen nuestros huevones maridos.

--Bueno -respondió sonriendo don Paulino-, nosotros seremos huevones, pero ustedes quién sabe que serán, a lo mejor esta historia les ayude a averiguarlo: Sucedió que un hombre, aburrido de encontrar su huerto arruinado, fue a indagar, escopeta en mano, qué animal le estropeaba su hortaliza. Descubrió que era un conejo, sobre quien, con toda la rabia del mundo, descargó su arma. Cuando quiso recogerlo, no encontró nada, más que un rastro de sangre, lo siguió pero nunca pudo dar con el animal. Aburrido, se fue a su casa. Al siguiente día del suceso, una señora que vivía en un rancho cercano, fue a traer agua al pozo, allí entre los matorrales escuchó a alguien quejarse:

--Ay, ay, ay -gemía lastimeramente aquel sujeto.

--Quién eres -llamó la señora, déjate ver y dime qué te pasa.

Del matorral salió el conejito clamando:

--Ay, mamá, estoy herido, traigo un tiro de hombre que me mata, ayúdame, que me muero.

--Déjame ver -respondió la señora-, a ver. Pero si esto es sólo un rozón –reconvino. Tiro de hombre es el que traigo y no me quejo.

--A ver, a ver -insistió el conejito.

Y la señora levantó su enagua y le mostró su sexo. El conejito se acercó para ver mejor y afirmó tapando con sus patitas la nariz:

--Ay, esta sí que es una herida de muerte, ¿verdad?, y mira que ya apesta.

Las señoras soltaron al unísono la carcajada y exclamaron un largo: ¡je jey!

--Don Paulino -dijo alguien del grupo-, ese cuento está muy lépero, somos mujeres de marido y no desvergonzadas, cuéntanos otro más liviano.

--Amigas hermosas -voceó don Paulino-, ustedes comenzaron hablando de nuestra parte pudenda y yo nada más les seguí el paso. Pero les cuento que anoche soñé con dios. Fíjense que ayer en la mañana fui con el sobador para que me diera un masaje de cuerpo entero, últimamente me he sentido entumecido y torpe; tan a gusto sentí después de la sobada, que me quedé dormido durante toda la tarde, ya en el crepúsculo, mi mujer me despertó para la cena, ésta fue tan abundante, que me aletargó más y me volví a dormir. En el sueño recuerdo que compré un litro de mezcal en el mercado, iba camino a mi casa y todo mundo me llamaba para pedirme que compartiera con ellos mi botella, yo me negaba y les decía: no es para hoy, no es para hoy, es para mi cumpleaños, que será muy pronto y quedan invitados. Así les fui mintiendo durante mi trayecto a casa, mi intención era llegar y llamar a alguien especial para tomar la botella con él. ¿Pero quién sería esa persona especial, si mis parientes más amados ya están muertos? No lo sabía, hasta que pasé frente a la iglesia del Calvario, allí me acordé del Altísimo, que dicen que es nuestro padre, pero que nadie conoce. ¡Dios!, dije, tomaré esta botella con Dios para conocerlo, tanto que hablan de él y no lo conozco, lo buscaré, dije, y me fui al cielo. Llegando al cielo, me salió al paso un hombre barbudo y gordo, que traía en la cintura un engarce de llaves plateadas, que me habló suavemente:

--A qué vienes aquí, hijo, si nadie te ha llamado, regresa de donde vienes, que ya llegará tu tiempo.

--¡No! -respondí con firmeza, mostrándole la botella-, vengo a ver a mi padre y no me iré sin verlo.

Mi respuesta fue tan convincente, que una voz melodiosa y bien afinada encantó el espacio:

--Déjalo, pasar, Pedro, yo lo atiendo.

Me recibió una persona de mi estatura, delicada y atenta como nadie, revestido de túnica de seda, color rosado, de rostro impreciso: ¿mujer u hombre?, pensé, y no me atreví a preguntar.

--Siéntate, Paulino -me rogó, señalándome un butaque bajo dos palmeras frente al mar donde nos encontrábamos-, tu mezcal se ve que es bueno.

--Sí -le respondí apresuradamente-, no es del que venden a 10 pesos el litro, por eso quise tomarlo contigo.

--Sírveme, pues, que ya quiero probarlo, hubieras traído camarones secos y huevos de tortuga, para bien acompañarlo.

--Ah -le respondí-, de haber sabido que te gusta la buena botana, hubiera venido a verte cuando era completo, cuando iba al mar a pescar, no hay como un sábalo al horno o un caldo de bagre con camarones y jaibas.

--Te regreso a esa edad, Paulino, si ese es tu deseo.

--No, padre, te agradezco la bondad de tu corazón, pero mi edad me ha costado sangre y no la cambio por nada.

Así comencé a relatar al mismísimo Dios mi historia, pero cuando íbamos apenas en la parte de mi casamiento y nacimiento de mis hijos, la botella se quedó vacía.

--Yo quiero seguir tomando contigo -le dije al Eterno, pero aquí en el cielo no sé dónde puedo conseguir otra botella.

--Mal hacen en no vender aquí esta excelsa bebida -me sinceró, con ganas de seguir tomando-, tendrás que bajar a la tierra para conseguirnos otra.

--Iré, gran Salvador, pero tendrás que ayudarme.

--Te convertiré en un águila para que vayas y regreses pronto -dispuso.

--Ni lo quiera Dios, Señor -opiné sin pensar-, no es conveniente para mí, allá en la tierra odiamos a muerte a las águilas porque se comen nuestras gallinas.

--Entonces te convertiré en una paloma.

--Menos -le respondí-, en Juchitán existe tanta necesidad que si alguien me avista me puede desnucar de una pedrada y mañana en la mañana estará desayunándome.

--Entonces bajarás como araña -consintió Dios con la boca seca y ansioso de seguir tomando.

Y me bajé sujeto de los hilos de seda que iba produciendo, pero como la distancia del cielo a la tierra es larga, antes de tocar el suelo, y como consecuencia del mezcal tomado, sentí que ya no tenía saliva para generar más fibras de araña, y me dejé caer sin remedio. Como para amortiguar un poco el impacto de mi cuerpo con el piso, extendí los brazos con tal fuerza que escuché un quejido y un borbotón de palabras groseras que me insultaban. Era mi mujer, acostada junto a mí, con la nariz rota:

--Qué te pasa, hijo del demonio, porqué me golpeaste.

--No maldigas, madrecita -le rogué-, no blasfemes, que vengo de estar con Dios.

Las mujeres, sentadas, se retorcían de la risa, levantando sus piernas, y se abanicaban con la falda de su enagua sin motivo alguno de clima. Don Paulino, se acomodó el sombrero, hizo una reverencia y salió rumbo a otra plática.

--Gracias, don Paulino, gracias.

--Adiós, don Paulino, adiós.

--Gracias, gracias