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Wed, Oct

La Mujer de Luto

La Mujer de Luto
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Se le veía melancólica por las calles de Chihuitán. Reflejaba una gran pena que seguramente le llegaba hasta el alma. Era yo un niño y mi curiosidad me llevó a preguntar “¿por qué esta señora siempre viste de negro?” Una persona mayor de edad me respondió:

-Parece que se le murió su hijo único.

Dada la seca respuesta, ya no interrogué más. Me fui a otros, lugares a continuar mis estudios y con el tiempo me olvidé del asunto.

Al hacerme el propósito de narrar algunas anécdotas, se me vino a la memoria aquella mujer de mirada triste.

Por su puesto, para aclarar mi inquietud, investigue con gentes que sabían más al respecto. Por fortuna, hubo una que, incluso, había vivido con ella. Me refiero a Emma Sandoval Aquino. Enriquecí la información con Emilia Morales Díaz, señora de 98 años, pero muy lúcida en sus comentarios y conocedora de la historia.

Con base en lo que me platicaron, con el mayor de mis respetos, hago el siguiente relato.

Severa López Rueda era el nombre de este personaje. Triste tal vez por lo que había sucedido, pero noble y generosa con los que vivieron y la conocieron de cerca.

“Tía Cheve”, como era conocida en nuestro pueblo, tuvo un hijo de cualidades extraordinarias para el ballet clásico. A la edad de 14 años, emigró de Chihuitán a la ciudad de Oaxaca con el apoyo de su tío Cenobio. En aquel momento era gobernador del estado Anastasio García Toledo, con quien, se dice, tenían parentesco. Posteriormente, por su propia iniciativa, Nivardo se fue a la capital del país. es entonces cuando ella le sigue los pasos para vivir juntos.

Severa tuvo siete hermanos: Carlos, Gustavo, Rómulo, Eduardo, Gonzalo, Cenobio y Consuelo. Uno de ellos, quien estaba mejor económicamente, ayudo a ella y a su hijo. Vivieron en una de las colonias más populares dl Distrito Federal, la “Guerrero”, precisamente en la calle Galeana, a poca distancia del Paseo de la Reforma.

Nivardo Betanzos López era un joven muy apuesto: alto, delgado y de buen porte. De niño, ya mostraba inquietudes por la danza. Estudio en el Instituto Nacional de Bellas artes (INBA), donde también perfeccionó el estilo clásico de ese baile.

Nivardo retornó a Chihuitán sólo en una ocasión. Así reafirma su amistad con Ángel Aquino, quien lo acompañó a recorrer y recordar los lugares donde había vivido con su familia. Regresó a la ciudad de México, fascinado.

Por razones de su profesión era difícil hacerlo con más frecuencia. Siempre tuvo un gran concepto y amor hacia la tierra que lo vio nacer.

Decía que cuando se casara, él y su esposa, pasarían su luna d miel en ese lugar que tanto añoraba. Pero, el destino le tenía reservado otra suerte.

La compañía de ballet en la que él trabajaba, siempre hacía presentaciones en el interior del país y en el extranjero.

El día de la catástrofe aérea, en 1947, el grupo realizaba una gira internacional, cuando en un vuelo entre Nueva York y Brasil, ocurre el inevitable accidente.

Por esas cosas que se dan en la vida, “Tía Cheve” no pudo conciliar el sueño por la noche. Al día siguiente, le informaron la fatal noticia: todo el grupo de ballet y los otros pasajeros del vuelo había fallecido. El desenlace funesto enlutó al medio artístico y al país entero.

Por el estado en que se encontraron los cadáveres, a Nivardo sólo lo pudo identificar su madre: por una muela de platino que meses antes le había implantado.

Su novia también era integrante del “Ballet de la Ciudad de México A. C.”, pero en esa ocasión no viajó porque estaba actuando en otra obra, junto con Blanca Estela Pavón. (Ésta última, minatitleca, también compañera de Nivardo, fallece en otro accidente aéreo dos años después, en 1949, en un vuelo nacional).

Por el suceso fatal y por la pérdida irreparable de quien fuera su único hijo, a partir de ese día, “Tía Cheve” siempre conservó el luto en el alma y en su vestimenta. Nunca más volvió a vestir de otro color. Más de la mitad de su vida se vistió así. Decía que era la única forma de consolarse de su terrible tragedia.

Las cenizas de su hijo, fueron depositadas en el Panteón Francés. Un amigo de Nivardo pagó la perpetuidad. Por cierto, su cripta se ubicaba a un lado de quien fuera una de las mejores actrices del cine nacional y que por decepción amorosa se había suicidado: Miroslava.

A “Tía Cheve”, el gobierno federal, a través del INBA, le otorgó una indemnización económica. Con ella pudo subsistir, aunque en realidad, el dinero era poco o nada, en comparación con su gran sufrimiento.

De ahí en adelante, su vida la consagró al recuerdo de Nivardo. Desde antes del fatal accidente, ella siempre fue una mujer bondadosa, sobre todo, con su familia más cercana.

Se dedicó a apoyar a jóvenes chihuitecos y laollagueños que, por diversas razones, llegaban al Distrito Federal en busca de trabajo por continuar sus estudios. Ella los impulsaba, diciéndoles:

- Estudien muchachos, quiero que sean gente de bien ¡sean alguien en la vida!
- Talvez su infortunio fue la razón por la que cobijo, con tanto amor a quienes vivieron con ella.

- En total fuimos como dieciséis paisanos los que habitamos al mismo tiempo en aquel humilde departamento, dice Emma. Nos quiso como si fuéramos sus propios hijos. En aquel entonces –continuó explicando- yo sólo tenia diez años de edad.

Algunos de ellos fueron Felipe, Carlos, Gilberto, Rosario y Leonel, hijos de Gonzalo y Rómulo. Con ella también vivieron hijos de Carlos López Rueda y Emilia Morales Díaz: Victoria, Vicente, Cleotilde y Federico. Otros, a quienes apoyó de la misma forma, fueron Amparo Matus Gutiérrez y Óscar Betanzos Piñón, éste último, gran economista con grado de doctorado, quien fallece en un accidente carretero años más tarde. Y por supuesto, también vivieron con ella, por los mismos años, Olga Jaime y Emma Sandoval Aquino, hijos de su comadre Severa Aquino. Pero También Alicia, hija de Porfirio Valle y Eva Betanzos; Elsa y Antonio López Rodríguez, hijos de sus hermano Eduardo; Manuel Guzmán, hijo de Conrada Cabrera Díaz e Ignacio Guzmán. Además, Óscar Zurroza Ceballos, Otilia y Laurentina Guzmán Rueda, Marino Ordaz (ixtepecano) y Leoba Villalobos Cruz.

Al tomar cada quien su propio camino, tal vez sintiéndose sola, decide regresarse a Chihuitán, pero continúa portando vestidos de color negro. Trae consigo las cenizas de su hijo, su máxima y fulgurante estrella.

A su muerte, el 6 de enero de 1992, a la edad de 96 años, es sepultada junto con las cenizas de sus amado hijo, quien, seguramente, ahora velara el eterno sueño de su ejemplar madre.
Dios los conserve en la gloria.
“El socorro en la necesidad aunque sea poco, ayuda mucho”- Mateo Alemán

*Tomado del libro: Relatos y Retratos
Autor: René Rueda Ruiz