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Sat, Aug

Los Bailes Populares en Juchitán

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Una señorita es la que desempeña en los arrabales, la comisión de obsequio y con gran distinción regala flores naturales o artificiales a los jóvenes que bailan. Ellos las ostentan orgullosamente en el sombrero. Más tarde, la misma señorita les reparte confeti. Unos lo reciben en las manos y otros en el sombrero, pero todos los riegan en su cabeza para ponerse después el sombrero y no se descubre al bailar.


No es raro que a solicitud de un nuevo bailador se cambie por él al hombre de la pareja que estaba bailando una pieza o un son. A esto le llamaban “pedir la paloma” y se debe a que el que ya está bailando, entrega su compañera al bailador que se presenta a pedirla. Es de buena educación acceder a esta solicitud y retirarse con gusto; más, si por desgracia la solicitud se niega, el solicitante se ofende porque se cree despreciado y eso motiva un pleito que se arreglaba con grandes cuentas, desde luego, pero fuera del baile. De aquí resulta que si algunos forasteros que desconocen estas costumbres niegan la paloma les pegan irremisiblemente; pero sí por casualidad, ceden con gusto, entonces los consideran como simpáticos y buenos amigos.

Raro es el baile de domingo de una fiesta matrimonial que termine en ambiente de franca armonía, por el abuso del licor. Cuando suele terminar bien, entonces algunos lo retocan entre cinco y seis de la tarde con un son ameno y aborigen, que se llama el “Son del aguador”. En él, se admira la habilidad de la pareja, mientras la mujer se da vuelo, luciendo los rítmicos movimientos de su falda de holán, sin que deba tocarse para nada el refajo. El bailador, durante los tres zapateados, debe de llevar en el hombro un cántaro de agua sin agárralo, manteniéndolo en equilibrio durante todo el baile, igual que los buenos danzantes de rumba suelen hacer con el vaso de lleno de agua que ellos colocan sobre su cabeza.
El ejercicio de equilibrio es cosa normal en el Istmo de Tehuantepec. Todas las mujeres cargan sus jicapextles, lleno de frutas o de flores en la cabeza, con gracia y donaire.
Esto es lo mismo en la vida diaria, cuando transitan por las calles, que, en fiestas, cuando salen a los convites florales.
Al decorativo jicapextle que las mujeres istmeñas llevan casi siempre en la cabeza por costumbre, se debe la atractiva erección del cuerpo que ellas han sabido conservar con orgullo.

Tomado del libro “Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec/Autor: Gilberto Orozco/Revista Musical Mexicana/Año 1946