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Fri, Dec

El Mejor Sobador

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Un día, después de ir a cortar leña, me empezó a doler una barbaridad la espalda. Sin embargo, no encontré sobador por ningún lado. Lo que yo había hecho en otras ocasiones era ir luego con un sobador o sobadora. Y ya tenía yo preparada mi bola de sebo que conseguí sacar cuando moría algún animal de riengue o mal de paleta. Y todavía mejor el sebo de los animales que mataba el rayo, porque dentro le quedaba el tufo del diablo.

Yo ponía un rato el sebo al sol, y le echaba tantita sal, lo amasaba bien, lo amarraba en una manta y lo alzaba en la tronera de la casa para cuando se ofreciera. Si me daba reuma también me sobaba con el mismo sebo, nada más que con un poco de petróleo.

Esa vez hice leña de puro palo de botoncillo hasta llenar bien mi carreta. Pero ya no aguantaba el dolor. Así que fui a la casa de Lencho Tope, a casa de Na Tina Luxo y donde Ton Bedxe, pero no encontré a nadie.

Fue tal el dolor de mi cuerpo que no pude dormir en toda la noche. Yo no sabía que había un mejor remedio: un sobador chingonazo, de esos que ya no hay por estos rumbos. Como el dolor no me dejaba, me paré madrugada y tomé rumbo a los gubiñas; sabía que ahí un señor de nombre Nico Nanda, tenía manos para cuanto dolor hubiera. Las mujeres iban mucho con este señor, sobre todo las viudas; pero también había muchachas que iban y quedaban muy bien.

Cuando me acordé de todo esto, agarré mi bola de sebo y me fui para allá. Pero a cada rato me recostaba un poco para descansar y aliviarme de dolor. Como mi carreta de leña se había quedado trabada en una barranca, me dolía el cuerpo más que nunca, sobre todo la espalda, el espinazo.

A pesar de que yo era un hombre incansable, ya iba cansadísimo cuando me encontré con la vía del tren. Pero malamente me dolió tanto, qu ya andaba tan jodido que hasta el fundillo me lastimaba. Así que me senté a descansar sobre un riel; al rato me tendí a lo largo y no me di cuenta que me agarró el maldito sueño. Me venció el cansancio. Quien sabe cuánto tiempo dormí.

Al rato desperté sobresaltado, oí un ruido: ¡puupuuu! ¡Era el tren! En cuanto me vio empezó a pitar, pero a mí realmente no me dio tiempo de levantarme. En un abrir y cerrar de ojos el tren se me vino encima y me empezó a machucar. ¡Dios padre que me vea! Creo que eso dije; la verdad es que ni me acuerdo.

Escuche el tracatraca del tren viejo que me iba pasando por encima. Y cuando terminó de pasar, ¡Yo estaba ahí tirado! Creí que estaría hecho polvo. Pero no. ¡Estaba vivo y enterito! Me levante y busque la bola de sebo, pero ésta había desaparecido. Nomás vi que a un lado estaba la manta. Ni modo, me dije. Lo importante era que yo estaba vivo.

Entonces empecé a caminar y de nuevo sentí bien mi cuerpo. Como si un gran alivio me hubiera atrapado, sentí que muchas palomas me cargaban. Me toqué algunas partes de mi cuerpo porque advertí algo raro. Mi cuerpo estaba cubierto de sebo de pies a cabeza y ya no sentía ningún dolor. Me di cuenta de todo y mejor regresé. Rapidísimo llegue hasta mi trabajo. Vi mis bueyes comiendo pasto y luego se me acercaron alegres.

Así comprendí que el tren era el mejor sobador del mundo. Nomás que hay que llevarle una bolita de sebo.

Esto es lo que yo hago cada vez que tengo algún dolorcito de espalda.

*Tomado de la Revista “Guchachi’ Reza, Iguana Rajada/No. 54/ Quinta Época/Septiembre-Octubre de 1996