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Sun, Sep

Mi campaña por el Istmo*

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El pueblo del Istmo es valiente. En la época del general Díaz su contingente al ejercito era decisivo. Nadie se dejó asustar en Tehuantepec por los rumores adversos. Me recibió la multitud en la estación; me llevó a la plaza para el mitin de costumbre. Por la noche, y en la mañana siguiente, hablé con todas las personas de influencia en el lugar.

Ni los del gobierno negaron que el Istmo que en el Istmo obtuve una mayoría completa en las elecciones. Para no dejar huecos ni omisiones, visité Salina Cruz. Celebramos allí un mitin en un local al aire libre. Las organizaciones obreras del puerto asistieron al mitin, aplaudieron nuestros discursos; después, en conversación privada, los líderes me dijeron:

-Se nos ha dado orden por la CROM de México de oponernos a su candidatura, pero no lo haremos como organización; dejaremos en libertad a los asociados para que voten como gusten, de suerte que puede usted contar con la mayoría de nosotros.

Y nunca olvidaré la recepción que nos tributaron en Juchitán, ese pueblo hermoso y fuerte, no obstante, el abandono en que ha vivido. Las mujeres que son por allá las que mandan, tomaron a su cargo lo mismo la creación de los clubes que las fiestas de recepción del candidato. Una multitud, pintoresca por los bellos trajes femeninos en rojo y amarillo y tocas blancas, me escoltó desde la estación a la casa de un médico distinguido, donde se nos sirvió el desayuno con lujo de frutas y buen chocolate. La ciudad estaba dividida en dos bandos enconados, pero no por causas de la candidatura gubernamental sino por viejas querellas locales. Siempre hay allí los azules (rojos) y los verdes, según los intereses de familias dominantes de caciques. Y como los dos bandos apoyaban nuestro movimiento pretendí consumar un ensayo de conciliación. Pedí que al mitin de la plaza fuesen todos sin distinción. Pero al llegar al tablado hallé publico partido en dos secciones, calle de por medio, mirándose unos y otros rencorosamente. Entonces, y quizás por primera vez en toda la gira, me salió un buen discurso, sentido y vigoroso.

Pues les dije la pena que me causaba ver a dos grupos de hombres igualmente valientes, igualmente patriotas, gastando en internos rencores una pasión que debía de emplearse en mejorar las deplorables condiciones locales. No hacía muchos días se habían cometido asesinatos de unos y de otro lado, y los ánimos estaban, al principio, como para que volvieran a balacearse allí mismo, sin atender a que yo quedase en medio.

Todos estos hombres vigorosos y bravos que mueren oscuramente los necesita la patria para su defensa contra el extranjero –les dije:

Y les pedí que depusieran sus odios, les prometí un gobierno para todos y una era de justicia y de trabajo. No obstante, la reserva propia de nuestra raza, creí advertir que aquellos hombres se conmovían. Lo que me consta es que me dispensaron atención y afecto. Y no faltó el borrachín que, pagado por alguna autoridad, pretendió introducir el desorden lanzando una viva a mi contrario, pero nadie le hizo caso; se caía de beodo.

Esa noche hubo en la casa del doctor un baile lucido del que sólo se puede formar idea quien conozca la gracia, la elasticidad y belleza, el atractivo singular de las mujeres del Istmo, que acaso por la mezcla de sangre, constituye ejemplares notables de femenina plasticidad.

Existe en el Istmo, como en tantos otros lugares de México, material humano para hacer un gran pueblo. Y lo que ha hecho falta es jefes dignos de la empresa. Cada vez que uno aparece, cuyos antecedentes prometen algo, todo se conjura contra él. Así me ocurrió a mí desde aquellos días.

*Josè Vasconcelos, Memorias, México, Ed. FCE, 1982, t.II, pp, 286-287/Tomado de la revista “Guchachi Reza”, Iguana rajada/Número 37/enero-febrero 1993