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Príncipe de Taganeros

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Príncipe de la corona rota

del reino dividido, de la mano de palo.

Príncipe petrificado con disfraz de pantera.

Henri Michaux

Encendido de amor vivía Lauro Quí taganero y buen tentador de cuerpos, el más afamado y luego el más desgraciado. Con sus manos fabricaba las formas redondas de las ollas, como modelar una cintura a media noche. Hacer ollas fue su arte, cazuelas, tinajas, cantarrillas y apazles, que luego su madre se encargaba de vender en el mercado. Hacer eso mientras su mente agrupaba a quien visitar esa noche; la sangre le hervía y las manos le temblaban hasta tirar y romper un barro modelado.

Ungido en la desesperación, atado en su delirio, recorría la oscuridad de las noches, desnudo del todo. Hurgaba los bajos o el barrio de todos los Santos, la ladrillera y el propio panteón, donde todos malhablaban la aparición de un espectro que se montaba a sus víctimas para morderles las orejas.

Quí vivía solitario en un mar de amor, su madre lo seguía queriendo igual que el niño que nunca hizo grandes travesuras. Ahora su mejor travesura consistía en entregar demasiado lo que él era, ofrecerle a alguien todo lo suyo al punto de la explosión. La viejecita lo sabía todo, aunque los dos lo ocultaron y nunca se dijeron nada: ella lo veía salir desnudo en el sigilo de las noches, cruzar las alambradas, y le gustaba que pareciera volar como ave nocturna que todo lo esquiva.

Lauro Quí encontró fácil reincidir en lo que una noche antes había disfrutado: fue su error. Aquella noche encontró abierta una casa que tenía en la mira desde varios días antes, olfateó en la oscuridad lo que buscaba, las manos por delante.

El sexo femenino se le ofreció de pronto entre las manos y dio el goce imperioso. Pero ella tuvo miedo y lo denunció, eso es lo que no sabe: por qué la ingratitud. La mujer aquella también tenía su historia, pero eso después otras le reclamaron su proceder, porque Lauro Quí fue humillado.

La siguiente noche lo espero el marido despierto y Lauro Quí cayó en la trampa. Lo intuyó pero fue necio y persistió. No había ni una gota de luz en la oscuridad y Lauro Quí salió a la calle desenvainado de ropas. Pero como los perros siempre descubren todo, y a pesar de eso, Quí siguió la noche hasta allá. Como las manos las llevaba por delante, las manos calleron presas y no las soltaron. Al reconocerlo, mil injurias tuvieron por encima; no alcanzaron los mecates para colgarlo.

Lo amarraron como vil armadillo y no pudo safarse, le vino la desesperación y ya no pudo hacer nada. La mujer le orino en toda la vuelta.
-Con eso no podrás convertirte ni en sapo, Lauro Quí.
De esta manera, bañado de los pies con orín de la mujer, Quí quedó inmovilizado, inútil para transmutarse en su guenda y escapar hacia la libre oscuridad.

Cuando amaneció Lauro Quí, príncipe de los taganeros, estaba bañado de hormigas en todo el cuerpo. Se hizo la novedad y la gente llegó a verlo; algunos lo escupieron la cara y otros atizaron el hormiguero; le gritaron toda clase de improperios, eran los hombres y no las mujeres: << ¡Orale Lauro Quía, ollero de abajo! ¿No que tienen nahual de armadillo? ¡Ahí te chingas, ojalá que las hormigas te coman el culo! >> y él, atado en el tronco de un espinal de guamuchis nunca dijo una palabra. Los más estúpidos los hubieran quemado; dicen que juntaron leñas y brazas. Pero Lauro Quí tenía amigas que supieron la desgracia en intercedieron por él.

La madre llegó con las ropas a vestirlo, lo hizo con toda la paciencia que le cabía en las manos; limpió sus miembros y su lengua de tantas hormigas, y más limpió de su honor de tantos insultos, desató todas las ligaduras. Lauro Quí cerró los ojos y no los quiso abrir ante nadie hasta que volvió a oscurecer.

*Tomado de la Revista “Guchachi Reza”/Número 40 edición julio-agosto 1993.