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Mon, Nov

Todos Santos Xandu

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Los habitantes de Xochistlán, como descendientes de los zapotecas son dignos representantes herederos de las costumbres de su raza, por mantener vivo el ritual dedicado a los difuntos; su sensibilidad e imaginación, hacen que las festividades religiosas de todos santos, sean las más extraordinarias en comparación con las celebradas en otras partes del universo.

Los días 1 y 2 de Noviembre de cada año, son para recordar la memoria de los muertos, los deudos se esmeran en complacer a los espíritus, que llegan de visita a sus antiguos hogares.

La creencia ancestral, que data desde antes de la conquista, nos dice que tanto los angelitos como los fieles difuntos, llegan a saborear ofrendas puestas en el altar, tomando únicamente las esencias de ellas, dejando las sustancias para ser consumidas posteriormente por los vivos.

Entre las ofrendas puestas en el altar o biyé, donde se encuentran también las imágenes religiosas, se colocan las flores de cempasúchil, velas, veladoras, panes, dulces, frutas, agua, cervezas, refrescos y otros antojitos que le gustaron en vida al difunto.

Suele suceder, como en toda circunstancia, siempre existe incrédulos, tal es el caso acontecido de Patrocinio. Que siempre fue negativo a las costumbres, para él, las ofrendas, son gastos inútiles que lastiman la economía.

Patrocinio sin pizca de sentimientos, siempre se le oía decir en estos casos.- “si en vida no le di nada a mi madre, menos ahora de muerta”.

En cierta ocasión, celebrándose un aniversario más, dedicado a los difuntos, Patrocinio se fue de parranda, en la madrugada cuando regresaba a su casa, quedo tan sorprendido, que hasta la borrachera se le quito, al ver, un río de luces dirigirse hacia donde caminaba; se quedó paralizado por el susto, viendo pasar frente a él infinidad de almas que regresaban a su morada portando entre sus manos además de los cirios, las ofrendas que les fueron puestas en el altar.

Las lágrimas del incrédulo, le escurrían abundantes en el rostro, su empañada pupila vio la figura de su madre entre la multitud quien caminaba triste, llevando únicamente pedazos de calabaza entre sus brazos.

En la mañana del nuevo día, mando a su señora al mercado, a comprar lo necesario para poner en el santo, pensando que con ello repararía su error, pero todo fue inútil. El miserable incrédulo, quedó por siempre con remordimiento de conciencia.

Tomado de: Bazendu IX, Antología de cuentos-leyendas y narraciones. Juchitán, Oaxaca, año 2001.