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Tue, Dec

Las dos Lagunas - Leyenda del Zanate de Oro

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Allá en remotos tiempos en un pueblo de Juchitán, Estado de Oaxaca, llamado Zanatepec, existió un encanto: consistía este encanto en un sitio prodigioso lleno de riquezas y hermosura. Era señor del encanto un misterioso pájaro de oro; peo un oro que volaba, que tenía vida. El ave habitaba el cerro que hoy se llama del Cuscumate.

Se cuenta que aquel pájaro era el protector del risueño pueblo de Zanatepec, cuyos habitantes lo adoraban y le rendían homenaje llevando ofrendas. En los días de Pascua el pueblo, en romería, iba a visitarlo entregándole una doncella, la más hermosa que la población hubiera creado, para que durante un año le endulzara la vida con su compañía. Y el pájaro, agradecido, colmaba con bienes a los humildes hijos del pueblo, dándoles cosechas abundantes, ganados hermosos y dinero a raudales.

En el cerro del Cascumate existían tres grandes campanas y tres hadas a quienes se atribuían milagros asombrosos, que se manifestaban en curaciones inverosímiles, Por esto los pueblos circunvecinos veían con respeto a los pacíficos zanatepecanos, o gulucheños, como se les llama hoy. Pero andando el tiempo aquel respeto, aquella estimación, aquella gratitud, de los pueblos cercanos se convirtió en rivalidad, inquina y ambición; y estudiaron sigilosamente la manera de apoderarse de las campanas y de las hadas.

Averiguaron que todos los domingos el Zanate de Oro abandonaba sus dominios para ir a Zanatepec, llevando en el pico una rama fresca de guchumi. Volaban sobre la población como estudiando sus necesidades y a la mañana siguiente volvía al encanto. De una de estas ausencias iban a valerse para poner en práctica sus designios.

Así fue como un domingo, de ante mano elegido, penetraron en la cueva misteriosa apoderándose de las campanas y de las hadas, huyendo después por rumbos opuestos para no ser descubiertos. Cuando a la mañana siguiente el Zanate de Oro volvió a su morada, advirtió con dolor que algo había ocurrido en sus dominios durante su ausencia; escrudiño los rincones y descubrió que las hadas y las campanas habías desaparecido.

Lleno de dolor remontó el vuelo: cruzó la selva en todas direcciones. Y desesperado, pidió auxilio al león, a la serpiente y a su protegido de Zanatepec para perseguir a los fugitivos. Ordenó al león que recorriera el Oriente, a la serpiente al Sur y a los gulucheños el Poniente, y él recorrió el Norte.

El león, lanzando agudos rugidos, atravesó valles y montañas hasta llegar el precipicio conocido con el nombre de Sol y Luna; desde ahí distinguió a los fugitivos; pero aquel obstáculo le impedía avanzar; enardecido hincó las poderosa garras en una peña, hiriéndola en testimonio de su desolación y arrojándose después del precipicio. Así murió antes que regresar sin capturar a los invasores, lo que habiéndole visto y oyendo sus rugidos, por el temor de ser capturados, abandonaron una de las campanas y apresuraron el paso con la otra rumbo a Chiapas de Corzo, lugar de su origen.

En el sitio donde cayó la campana se formaron dos grandes lagunas, cuyas aguas tranquilas no se agotan nunca y en sus cercanías se encuentran árboles frutales, maderas preciosas y fauna selecta.

La culebra recorrió el Sur hasta que el mar la detuvo y convencida de la imposibilidad de recobrar las campanas y las hadas, regresó hasta el lugar llamado Remudadero; allí ella misma se despedazó. De este modo los fugitivos, con una campana y una hada, llegaron a San Mateo del Mar.

El Zanate de Oro que había volado al Norte, ni siquiera descubrió vestigios de los prófugos; en vano atravesó a la inmensa sierra hasta los límites de Tabasco; convencido de lo inútil de la búsqueda, retornó a su cueva, donde no halló señal de la vuelta de sus colaboradores, permaneciendo algunos días con la esperanza de que aquellos corrieran mejor suerte que él.

Los hombres de Zanatepec en su trayectoria encontraron huellas de los plagiarios: sin desmayo las siguieron hasta los límites de Niltepec, pero respetuosos de la paz de los pueblos, no lo invadieron; y como los otros, volvieron en busca del Zanate de Oro; éste al darse cuenta de la magnitud del fracaso, remontó el vuelo dirigiéndose por última vez al pueblo; durante todo el día en señal de despedida voló sobre la población y por la noche se perdió por rumbo desconocido.

Ha pasado el tiempo; generaciones han muerto y generaciones han surgido, pero la leyenda del Zanate de Oro permanece como cosa nueva. Y el pueblo, como homenaje a su protector, conserva el nombre de Zanatepec: cerro del zanate, con el que recorre las vicisitudes de su doloroso destino.

*Tomado del Periódico “NEZA”/Órgano Mensual de la Sociedad Nueva de Estudiantes Juchitecos/marzo 1936/México D.F.