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Thu, Aug

La Piñata

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A Emma Chivera

“Laní xpido' xcuidi” así se dice en zapoteco “Cumpleaños Infantil” traducido; Laní – Festejo, Xpido' – Santo, Xcuidi – Infante. Pero en nuestro castellano juchiteco era “Piñata” así de simple y de esa forma era como nos referíamos a este acontecimiento al que todos llaman ahora “Fiesta Infantil” y es por demás curioso, porque antes de toda esta invasión materialista en Las Piñatas con el sobrecito en las invitaciones, las temáticas en la forma de vestir de todos, el protocolo, las rebanadas diminutas de pastel y decenas de cosas más, lo más importante para aquellos años era precisamente la piñata. La tradición consistía en tener el número de éstas proporcional a los años que se cumplía, por eso los papás de los susodichos tenían como límite festejar a sus hijos hasta los cinco o seis años, no más. Las piñatas eran de barro, decoradas en forma de estrellas con picos de colores, personajes como el Chavo del 8 o la Chilindrina, de payasos y frutas, a excepción de una, la última, que estaba hecha de carrizo y papel celofán, formando un cubo que en su interior tenía globos. Colgaban en tendederos, zarandeadas con un puntal complicando el encuentro, se rompían con los ojos vendados, un par de vueltas sobre tu propio eje, entonar la conocida canción y esperar entusiasmado aquel momento lleno de adrenalina en el que eran tratadas a palos; como participe, siempre un ojo puesto al vendado (evitando ser golpeado por él) y otro al montón de manos al asecho del motín, buscando detenerlos de algún modo, el sonido de la olla quebrándose era señal de lanzarse al piso y poder recolectar lo más posible del contenido derramado. El éxito consistía en volver a tu lugar con alguno de los picos de la estrella, cabeza o brazo de la piñata lleno de dulces. La Piñata era un acontecimiento importante, la invitación para asistir era verbal, bastaba sólo con informar casa por casa a los papás de los niños vecinos, no había discusión, ni confusión de horarios de inicio, se iba después de la comida y punto. La mañana del día previsto, los parlantes anunciaban el festejo, las felicitaciones por parte de los abuelos, papás y hermanos, acompañado con las tradicionales mañanitas en voz de Pedro Infante, además, esto servía como un recordatorio a quienes ya habían sido invitados. Escoger los regalos para La Piñata no era tan complicado en aquella época; un Shampu Vanart, un jabón Zote o Vel Rosita, un talco de tocador, un broche para el cabello, un peine, todo al alcance de la economía familiar y fácil de conseguir en la tienda de la esquina. Aquellos regalos se clasificaban el color azul para niño y rosa para niña, no determinaban el número de asistentes tampoco, con uno sólo entraban tres o cuatro al festejo, los regalos más importantes los daban los padrinos con anticipación, así el festejado o festejada podía lucirse en su Piñata, ellos acostumbraban regalar oro, oro en cadenas, oro en anillos, oro en pulseras, oro en aretes. Tan importante era aquello de La Piñata que toda la familia se involucraba en el trabajo, sin importar cual pequeña fuera la casa, el festejo se realizaba en el patio o callejón siempre, las mujeres elaboraban botanas para las mamás de los niños invitados, gelatinas en bolsitas, chicharrones de aritos, palomitas, agua de horchata o jamaica y ese pastel de ingredientes exactos a temperatura precisa en el horno de la estufa, que por única ocasión se usaba, el nombre escrito con carmín o chocolatitos de lunetas y en algunos casos especiales para los niños se trazaba un campo de fútbol en el pastel con coco rallado de color verde. Los hombres se encargaban de la limpieza, colocar sillas, mesas, colgar globos y mantener fresco el espacio, instalar el minicomponente (que a propósito siempre era prestado) elegir los casets' adecuados con rondas infantiles y canciones de Cri-Cri, Cepillin, Parchis, Topogigio, Katy y la risa de sus vocales, Chabelo, Las Ardillitas; Anacleto, Demetrio y Pánfilo con su Ranchito Bonito y su molesto teléfono carpintero ‘...ese teléfono parece carpintero, porque hace ring, porque hace ring... ‘

Durante el festejo había tiempo de sobra para echarse un par de retas de canicas, los niños prevenidos llevaban consigo los bolsillos llenos de ellas ante la advertencia y amenaza de la madre Xiiñi’ gabiá gudxeca’lii, ¡Cadigueedanelu’ nga na dxe! ¡Biiya’ qué chi gunibiidilu ca lari xtilu’ na ba’du’ pacaa guuyu’ ra yoo chindasinu! (Hijo del demonio, te dije que no trajeras esas cosas, cuidado de ensuciarte la ropa he niño, sino te las verás en casa) Las niñas en la mayoría de los casos preferían mantenerse sentadas, evitando ensuciarse la ropa limpia y reluciente. La voz a todo pulmón de la mamá anfitriona anunciaba la repartición del pastel y dulces, en aquel instante se guardaba compostura, orden, era el último momento de la Piñata que iba bajo el siguiente y estricto orden;

Recepción de invitados, entrega de pequeña merienda a cambio de su regalo y abrazo, medio sándwich de pollo o quesillo, vaso con agua fresca que al final tenías que devolver por ser parte en la cocina de la casa, botana para el adulto que acompañaba.

Un par de juegos organizados por alguna tía para empezar a socializar, porque, por increíble que parezca al inicio de La Piñata pareciera que todos fueran desconocidos, el juego principal consistía en bailar al ritmo de la música alrededor de una fila de sillas, y al parar ésta, tomar un lugar para sentarse, quedando fuera aquel que no lograra alcanzar una.

Romper las piñatas, no sin antes posar para la foto con todos los presentes, las fotografías eran tomadas por una cámara Kodac o Fujifilm con pilas nuevas doble A y rollo de 36 disparos, suficientes para guardar el registro de la celebración.

Las mañanitas frente al pastel de dos, tres pisos o más pisos y hasta en forma de pavo-real, rodeando todos al festejado o festejada amenazando con ser quien aplastara su rostro al pastel, una pequeña pausa para poder ordenar rebanadas grandes en servilletas y después a la par la distribución de dulces en bolsas transparentes y a veces en papel china.

La despedida era igual de importarte, se agradecía personalmente la asistencia, replicando lo bien organizado de La Piñata y aprovechar para pedir para un trozo extra de pastel a nombre de quien no pudo asistir.

Así de mágicas eran las Piñatas en aquellos años, sin odios, sin envidias, con niños curiosos que no fueron invitados, provenientes de otras calles, atraídos por el ruido del festejo, permanecían hasta el final mirando a lo lejos, temerosos, tímidos, su recompensa eran algunos dulces sobrantes y una rebanada de pastel que compartían entre todos. Los lugares no eran reservados, no había lista de regalos, ni aportaciones monetarias, música extraña, ni bebidas comerciales, juegos inflables, ni mesa de bocadillo, se respetaba la presencia de los abuelos en lugares especiales, se levantaba todo al final para poder seguir La Piñata hasta más noche ya en familia, se agradecían los regalos al abrirlos guardando las envolturas, se soñaba con volver a festejar el próximo año sabiendo que quizá era último, se guardaba la magia del recuerdo toda la vida.

En la fotografía estamos en la Piñata de “La Nena” cumplía cinco, los años han pasado en todos los que estamos ahí, algunos ahora acompañamos a nuestros hijos en Fiestas Infantiles modernas. ¿Podrás reconocerme? Nunca fui bueno para posar frente una cámara, ahí estoy con mi gesto de malvado arruinándola.