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La Niña del Lago

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Cuentan los caminantes, que, en las noches de luna llena, al pasar cerca del gran lago, ubicado en la planicie del cerro, que se distingue entre los demás, por tener la forma de un cono truncado, se escuchan lastimeros lamentos, quejido que llegan a lo más profundo del corazón, al sentir que provienen del alma de una niña. Los gemidos lastimeros, a decir de algunos habitantes del pequeño poblado llamado Coapilla, aldea que tiene asentamiento en el mencionado lugar para ellos son susurros ocasionados por el fuerte viento que azota entre sí, las ramas de los incontables árboles situados a las orillas de la inmensa laguna.

Cuentan los viejos más viejos que los viejos, que la aparición de la gran cantidad de agua en la depresión, se debe a dos versiones:
La primera dice; que la abismal oquedad, fue llenada repentinamente por una tromba, manga marina o culebra de agua, como se le conoce comúnmente, de este fenómeno pluvial, se deriva el nombre de la aldea, llamada desde entonces Coapilla, vocablo que en lengua Náhuatl, quiere decir casa de culebras.
La particularidad de este acontecimiento, llena de admiración a propios y extraños, al contárselos, o han tenido la oportunidad de observar el movimiento que ejercen las corrientes internas del agua, al mover a dos considerables porciones de zacates que se encuentran en las orillas opuestas al lago, estas se movilizan al mismo tiempo para irse a colocar en el lugar que cada porción de vacante este acontecimiento se repite cuando hay cambios de tiempo. Los originarios del lugar, fanáticos de sus creencias, piensan que este fenómeno narrado se debe a que la culebra cambia de posición por estar cansada.

La segunda versión testifica; que una hermosa niña, cuya madrasta tenía metido en el cuerpo el espíritu de Shantil, o genio de mal, que se enojaba con ella para romper constantemente los cantaros que se le daba para ir por agua, preciado líquido que brotaba en forma incipiente en un profundo barranco.

El rompedero de cantaros, se debía a la corta edad de la niña, el pesado cántaro y agua, así como la empinada subida; todo esto hacia que la pequeña al perder el equilibrio, soltaba para no caerse, el objeto de cuidado.

Como castigo, la mala señora, le entregó una pichancha para acarrear el agua, la niña consideró que su tarea sería de nunca acabar, por lo que se resignó a quedarse en la profundidad de la oquedad a llorar la desdicha.

Sus lágrimas fueron tan abundantes, que no pasó mucho tiempo en que se llenase la depresión, creciendo en sus orillas abundante vegetación y una gran cantidad de florecitas, en cuyo centro se notaba el rostro de la niña, flor que, al ser cortada, deja de caer el roció de sus blancos pétalos en las aguas de la grandiosa laguna.

*Tomado del libro “Bazendu IX, Antología de Cuentos, Leyendas y Narraciones” /Autor: Rufino Martínez López/Juchitán, Oaxaca, Año 2000.