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Sat, Jul

Esther, la curandera

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Es un hacer. Un oficio, así como tal, no es. Es algo que sé hacer, es un don. Lo empecé muy chamaca, tenía yo catorce años. Primero lo sentí, de ahí lo retuve y después lo desarrollé. Llegué aquí por una tía que nunca se casó, mi mamá y ella eran hermanas muy uniditas, mi tía les habló a mis padres para que me trajeran. Tenía ocho años, aquí estudié, aquí me casé, aquí ha sido toda la gran parte de mi vida.

 

El don vino después, por revelaciones. A mí se me imaginaban cosas que no sabía descifrar, a veces estaba en un lugar con gente y yo sentía que ya las conocía, ya las había visto, ya había estado con ellas, que ya había estado aquí, pero de pronto llegó un momento en que ya no pude tolerar todo eso, algo me exigía y me enfermaba. Me dio una parálisis, se me cayó la mitad del cuerpo y mis papás me llevaron a Guatemala con un doctor que sólo me puso un cabestrillo, nunca me pudieron sanar.

A mi papá nunca le gustaron los curanderos, pero mi hermana mayor terminó por convencerlo. Ya era mucho. Mi hermana le dijo que aunque no le gustara me iba a llevar a un lugar de esos, como él les llamaba. Me llevó donde un curandero que se dejaba poseer por un espíritu, él fue el que me dijo que mi tiempo ya estaba determinado por ellos, que tenía el don, que ya debía estar trabajándolo, que por eso mi cuerpo estaba caído, que si yo no lo aceptaba, me iba a morir, por rebelde. Era viva o muerta que tenía que trabajarlo. Mi hermana me decía “negra, no seas tonta, trabaja, acéptalo”. No tuve otra opción, así empecé. Yo no quise morir, nadie se quiere morir a los catorce años. A mí ya me traían corta y yo quería vivir, tenía novio y amigos, quería vivir.

Al principio no quise que nadie supiera, lo mantenía a puertas cerradas, sin comentarios, pero este era un pueblo muy chico en ese entonces. “Dicen que Esther es curandera”, apenas se dijo y todo el pueblo comenzó a llegar. ¿Cómo sentir, cómo sanar, cómo ver? Me pregunta. Has de cuenta que vienes tú por una santiguada, una rameada o como le quieras llamar. Traes los huevos, la albahaca y yo te los empiezo a pasar por todo el cuerpo. De pronto me empiezan a decir lo que tienes, cómo te debo curar, en qué momento, dónde. Los espíritus me lo dicen. Yo trabajo por medio de cartas y leo la mano, pero son ellos los que me van diciendo todo, yo nunca he aprendido nada, lo único que he aprendido es a escuchar los mensajes que traen.

No hago gran cosa durante el día. Atiendo todos los días, menos sábados y domingos. Esos días los dejo para mis hijas que llegan a visitarme. Mi trabajo más fuerte, el que más me desgasta es el que hago de noche. De día sólo hago limpias, leo manos y cartas, pero lo que es mi trabajo de curación lo hago en las noches. Empiezo a las diez y termino hasta a las dos o tres de la madrugada, dependiendo de la enfermedad de la persona. Me concentro tanto que no me da sueño, tampoco tengo miedos ni temores, hasta que reacciono y digo “es suficiente, he terminado”. Mi hija más pequeña es la que me acompaña, la que cuida que no me desvele. Ella vive conmigo, con ella siempre me pongo a fumar en mi cuarto, nos acompañan los espíritus que fuman con nosotras. Cuando estaba embarazada de ella, no pude trabajar como con las otras. El último mes de embarazo tuve que parar, mi panza creció demasiado y no volví a trabajar hasta los tres meses después de que naciera.

De ahí en fuera, no he parado. A veces me siento muy cansada, pero es cuando más vienen las personas y las tengo que atender. Trabajo hasta por mensajes de celular, como si fuera doctora y mis pacientes me consultaran todo el tiempo por mensajes. Yo no conozco España, pero trato gente de allá.
Mi pavor más grande son los aviones. Yo he viajado mucho, pero todos los viajes han sido por tierra o por mar. Una vez viajé dos meses y medio en barco, hicimos tres paradas. Aún era soltera y durante esos meses estuve atendiendo a toda la tripulación del barco. He conocido muchos lugares gracias a mi trabajo, tantos, que me la paso diciéndole a mis hijas que el día en que yo llegue a una vejez que me impida todo no se preocupen por mí si se van de viaje con sus familias, que no me tomen en cuenta porque yo ya estoy cansada de viajar.

Una vez me llamaron de Puebla, para hacer una sesión de trabajo en un santuario. Llegamos muy temprano mi hija y yo. No me ofrecieron ni agua. Sólo me djieron “ya está la gente esperando” y me puse a trabajar. Llegamos a las nueve de la mañana, y a las dos de la tarde aún no había desayunado. Mi hija dice que me vio en cierto momento y tenía una mirada muy hambrienta, por eso se fue en busca de una tienda y me trajo galletas y leche, hizo que la gente esperara para que yo pudiera comer. Quienes nos llamaron, nos dieron la primera comida a las seis de la tarde. Así ha sido la mayoría de las veces. Lo único que pido es agua para alimentar a mis espíritus, ellos son los que están trabajando, a ellos debo cuidar.

¿Ya viste mi altar? Ahí tengo mis santos, ahí hacen presencia mis espíritus. Monchito es el que más me visita, a él le encomiendo a mi hija, ella es mi deseo más profundo. Yo salgo a caminar todas las mañanas, ese es el momento para despejar mi mente, para hablar con Dios, para darle gracias, para pedirle por ella que es mi vida. Creo que le dejo a ella un buen recuerdo, con ella he vivido mis viajes, mi trabajo. Dios quiera que nunca tenga ningún don, que no trabaje hasta cansarse, que no le falten desayunos. Dios quiera. Esto de querer la renuencia y no poder, no lo quiero para ella. Yo trabajaré hasta que mi cuerpo no me sirva, hasta que mis manos no puedan sostener la albahaca y mis ojos se cansen de ver, hasta que la última persona llegue y entregue por última vez mi cuerpo a mis espíritus, como usted lo hará. ¿Ya le dijeron que usted tiene don? Se lo digo, usted también tiene don y no la dejarán en paz hasta que trabaje.