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Sat, Jul

Guernica

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Dicen que cuando uno se hace viejo las arrugas empiezan a surcar la piel, a hacer serranías por los brazos y las manos, por el ancho cuello y los ojos, que sólo es cuestión de esperar la muerte, en esta lotería llamada vida. Dicen, pero yo tengo en vez de arrugas cicatrices y así la espero. No me vaya a creer ahora, usted lo ha dicho, tengo un trastorno metido en la cabeza que no me hace pensar bien las cosas. Los demás le llaman locura, usted dice que soy neurodivergente. No sé a qué se refiera, quizás estoy viendo de frente la muerte y usted la confunde con trastorno límite de la personalidad. Vaya nombrecito. Usted me dice que es hora de escribir mi propio cuento y yo le digo que cómo cree, que el cuento no tendría pies ni cabeza y todo cuento los tiene aunque sea como un Guernica acomodado en la hoja blanca.

Escúcheme bien, yo lo único que quiero es parar todo este alucín, por eso me pasó lo que me pasó ayer, por eso es que estamos aquí las dos, sin remedio. Déjeme le cuento. Yo estaba decidida a dejar de ser nadie con mis cuentos de todos, eso de hacerlos todo lo valioso de este mundo es como jugar a ser Dios y yo apenas tengo el poder de frenar mis impulsos suicidas. Ayer me tocaba entrevistar a Iván, el embalsamador. El cuento debía tratarse de él mientras le hablaba a un muerto, así me lo imaginaba, pero nomás no pude.

Iván me recibió en la funeraria como acordamos, nos sentamos en el escritorio de la recepcionista y procedimos con la entrevista: “¿por qué embalsamar? ¿qué es lo que te gusta del oficio? ¿quién quieres que te embalsame?”. Una sarta de preguntas escupidas por mi boca loca tratando de impresionar al mundo. Iván fue sincero conmigo: que nadie nunca le había hecho una entrevista así, que su papá le pasó la batuta desde pequeño, que hablar con los muertos lo acerca a su muerte y es como ensayarla; que su papá, porque como él ningún embalsamador.

Iván me miraba, pero yo no veía su rostro, veía en sus pupilas, multiplicándose, todos los muertos que él había embalsamado y entre ellos, mi madre. Ella me volteó a ver con sus ojos profundos y su olor de vacío, el último olor que me dio su cuerpo de muerta en su entierro. Yo vi clarito cómo extendió sus brazos y salió de la pupila de Iván, esquivó su nariz, se sostuvo de sus orejas y salió entera a habitar de nuevo los espacios vacíos que dejó. Ella me tomó de la mano y sin más, salimos de la funeraria a recorrer las calles que se abrían con nuestro encuentro feliz y dejaban vislumbrar el edificio del hospital donde nací. Nos encaminamos, saludamos a todos a nuestro paso y ellos nos saludaban de vuelta como si nos conociéramos de años atrás.

Fue ahí donde usted me encontró, en ese edificio, porque -coincidencia- resulta que es el hospital donde usted labora. Yo le dije que mi madre me estaba guiando, se la presenté y usted abrió los ojos de sorpresa y entendió que lo mejor era seguirme la corriente y saludar a mi madre resucitada de los ojos de Iván e invitarnos a pasar a su consultorio. Usted la saludó, le tomó la mano y luego me tomó la mano a mí y mandó llamar a unas enfermeras para saludarnos. De ahí ya no recuerdo nada, nos ofreció un refresco y fui cerrando de a poco los ojos.

Apenas despierto, me dice. Lo recuerdo todo y lamento mucho lo de mi madre. Usted tuvo que hacerlo, yo lo sé, pero mi delirio iba por buen camino, por fin iba a irme con ella de no habernos topado con usted. Yo sé que el plan de mi madre era llevarme a la azotea -ahí donde usted recibe las lluvias como un regalo de la vida- y acercarme al precipicio, ella me iba a acunar en sus brazos como una bebé recién nacida y la baraja por fin iba a anunciar la muerte y un estruendo final coronaría de rojo el pavimento. Esta es la historia que usted detuvo. Aquí tiene mi cuento.