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Thu, Sep

Isidro

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El día que mi mamá falleció, mi papá me dijo que yo estaba limpio, que nada había en mi memoria que ensuciara mi alma, que ese había sido su mejor servicio. Quedé limpio de culpa porque le di todo lo que me pedía mientras ella vivía. Mi papá me decía “dáselo, lo necesitas” y yo se lo daba: lavadora, ropa, comida. Mi papá es recolector de basura y anda todos los días con su remolque atendiendo a sus clientes. Yo, que estudié administración de empresas, digo que él es un empresario de la limpieza. Todo lo limpia él con tal minucia que pareciera sacarle brillo hasta las cajas de leche. Lo primero que limpia es nuestra casa, lo segundo es su conciencia, después se va al centro a sacar la basura de las casas de sus clientes, a limpiar sus patios.


Yo lo conocí limpiando. Limpiaba tres veces mi mochila antes de mandarme a la escuela, limpiaba mis cochecitos de juguete después de terminar de jugar conmigo el poco rato que le quedaba, limpiaba la mesa con las botellas vacías de mi mamá. Una vez decidió limpiar mi corazón y nos fuimos de la casa donde vivíamos. Le dijo a mi mamá que ese no era lugar para que un niño se criara y que él me iba a llevar a su casa aunque fuera de cartón para darme estudios y una vida que sí me mereciera, lejos de su alcoholismo.


Desde ese momento comprendí que su trabajo era el trabajo más puro. Una ironía. Claro que él no empezó siendo recolector de basura, tuvo que dejarme con mis abuelos para irse al gabacho porque él quería que yo tuviera una casa digna. Le daba vergüenza que su hijo no tuviera una mesita dónde sentarse con sus amigos a hacer la tarea, que yo no tuviera más que tres mudas de ropa. Estuvo dos años ahí hasta que su mamá se murió. Regresó para el entierro y se quedó para siempre a recoger basura de la gente. Fue lo que encontró, gana más del salario mínimo y le queda para sus gustos.


Su sueño siempre fue tener una familia y una casa donde cuidarla, nada más. Lo primero lo consiguió con su trabajo en el gabacho, lo segundo con la basura. Nunca nos hemos enfermado más que de gripa y de tos. Él de verdad lo limpia todo. Llega de su ruta diaria y se pone a lavar sus botas, sus guantes y su ropa como si algo en su cabeza le dijera que el mundo se va a caer si no lo hace. Su mundo soy yo, me lo repite todo el tiempo. Por eso cuando ve a mis primos, los drogadictos, mientras anda por las calles, se enorgullece de mí y llegando a la casa, me ve como si viera un milagro, me da tres palmadas en la cabeza y dice “hice bien”.
Lo que no sabe es que mi mundo es él, lo supe el mismo día en que mi mamá murió. Ese día él llegó a la casa a darme la noticia y yo salí disparado de la casa buscando el aire que me habían quitado. Mi papá salió detrás de mí, recogió mis lágrimas y nos encaminamos a la casa de mi madre. En el velorio no dijimos palabra. Nos vieron entrar como dos extraños y fuimos directo al cuerpo.


Mi papá me tomó de la mano y me dijo “estás limpio”, lloré de nuevo, me limpió las lágrimas otra vez. Dijo “ya es hora”. Me apartó del ataúd y como si fuera a cargar un costal de basura, alzó con otros cinco hombres la caja de mi madre. Lo comprendí todo. Mi papá es un atlas. Sobre sus hombros carga todo el dolor hediondo del mundo, todos los días, de sol a sol. Él es mi milagro. Él es mi milagro.