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Sun, Oct

Santiago el seco y el rayo flojo

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En el pueblo no había luz eléctrica, estufas de gas, ni alguna clase de aparatos domésticos; la gente utilizaba leña y carbón para el fogón para cocer toda clase de alimentos.

Todos estos factores, junto con otros que más adelante se relatarán, conformaban un ambiente natural en el cual surgieron, como respuesta de una necesidad ineludible, individuos, que se dedicaban a producir y vender carbón por costales, que entregaban a domicilio y en el mercado. Para la elaboración del carbón se necesita leña verde como materia prima, por lo que hubo gente que surtía directamente los trozos, lo mismo por carretas que por piezas. La leña se cortaba y se recogía en lugares lejanos del pueblo, en el monte, por lo que quienes se dedicaban a esta actividad pesada y agotadora se levantaban muy temprano y emprendían su camino como a las cuatro de la madrugada, guiándose por la luz esplendente de una estrella brillante que se veía en toda su magnitud y a la cual la gente del pueblo le llama, hasta la fecha, lucero de la mañana (existe un son regional con este nombre que se toca y baila al finalizar las vela; bailes suntuosos); en ese momento partían hacia el monte los campesinos con sus carretas tiradas por la yunta de bueyes, hacía el lugar donde tenían que cortar y recoger los troncos, trabajo permanente que ejecutaban tanto con el fin de proveerse de combustible para el consumo familiar como para venderlos a los ricos, que a su vez la realizaban al menudeo. Originalmente hubo gran cantidad de tronco de árboles secos tirados por el suelo, debido al proceso natural de renovación de los bosques, pero, cuando aquello se acabó, iniciaron la tala de árboles grandes para la construcción de casas y para hacer leña de uso doméstico. A partir de esa época se inició la destrucción que se ha acelerado en nuestros días, por el crecimiento excesivo de la población. Por ello, cada día se requiere ir más lejos para juntar la leña y llegar al sitio en el amanecer, por lo cual los trabajadores se levantan cada vez más temprano.

Un día uno de los leñadores, don Santiago, se equivocó de estrella y divisó a otra que se asomó en el firmamento cerca de las dos de la madrugada en el momento que salía de su casa con su carreta; cuando llegó al paraje donde acostumbraba cortar leña todavía estaba oscuro, aún no amanecía, vio en un árbol grande una bola gigantesca de fuego atorada entre las ramas, fenómeno que le impresionó mucho y lo obnubiló momentáneamente; cuando se recobró, pero sin salir todavía de su asombro y del miedo que le produjo aquel suceso, con precaución cogió una vara larga, resistente como puntal, y removió aquella masa ígnea, produciéndose entonces un estruendo que cimbró de tal modo la tierra a su alrededor que la fuerza lo tumbó al suelo, desfallecido; después de una hora recuperó el conocimiento y se dio cuenta que aquella bola de fuego era un rayo flojo que se había quedado dormido en el árbol hasta que llegó a despertarlo. Después de este incidente don Santiago se puso nervioso, comenzó a temblar de susto y perdió el habla porque su lengua estaba torcida; sus dientes estaban sueltos y empezó a escupirlos a diestra y siniestra, mientras sus ojos quedaron estrábicos. Pero aunque tuvo una gran sorpresa cuando vio que, a una distancia razonable de donde estaba, se había acumulado los trozos de leña que el rayo había partido, se recobró, los recogió y llenó la carreta.

Cuando regreso a su casa por la tarde estaba aturdido, golpeado, fatigado, sin dientes, bizco y con dificultades para hablar por la lengua torcida, pese a lo que platicó – con dificultad – a su familia lo sucedido, al tiempo que le comunicaban que uno de sus hijos, al mayor, había enfermado y que estaba por llegar el médico para examinarlo, mientras tanto don Santiago se acostó en la hamaca colgada en el corredor. Era un hombre delgado de ahí el apodo de Santiago el seco (en zapoteco bidxii), bajo de estatura, correoso, con las venas de los brazos y las manos sobre saliendo de la piel, como si fueran raíces de árbol. Cuando llegó el médico vio desde lejos a don Santiago y, antes de asustarlo con su aparato, dijo:
- Este viejito ya se va a morir, no tiene remedio, preparen su ropa para enterrarlo mañana. Entonces la esposa del anciano, le contestó furiosa al médico:
- Disculpe usted Doctor, mi marido no es el enfermo, él acaba de llegar del campo con una carreta de leña y ahora está descansando. El enfermo está en la recamará y esperándolo.

El médico, todo apenado, se disculpó por su apreciación incorrecta y, al despedirse no le quedó otra alternativa que felicitar a don Santiago por haber fallado en su total diagnóstico.

Por su parte don Santiago, agotado por el viaje y por el trabajo, ni siquiera pudo contestar pues sueño y cansancio lo habían vencido. Bástele al lector saber que, pese al mal augurio, don Santiago vivió veinte años más, burlando el científico pronostico y muriendo, al inicio de los años ochenta, a los noventa años de edad.

*Tomado del libro “Reminiscencias de la Tierra Nativa” /Autor: Aurelio Gallegos Bartolo/Edición Fundación Todos por el Istmo A.C./México, septiembre de 2003/Paginas 185, 186 y 187.