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Thu, Jul

Un acontecimiento entristeció las almas de los pueblos zapotecas del Istmo. El 15 de agosto de 2007, el último de los grandes cantautores juchitecos dejó este mundo para acompañar al Portalira zapoteca, al Trovador del recuerdo, y a tantos otros compositores de nuestra bella región.

Para Antonio Skármeta, con gratitud

Transitaba yo por la educación secundaria en aquel tiempo, la escuela se hallaba a las orillas de la ciudad, una orilla que fue tragada con el paso del tiempo y la aparición -tres décadas después- de numerosas colonias populares que ahora ocupan la nueva periferia.

La identidad del son istmeño.- Para definir al son istmeño lo tenemos que hacer por exclusión, siguiendo en sentido contrario el razonamiento que hace Thomas Stanford al referirse a los intérpretes del son mexicano en general, “que casi siempre es tocado por un pequeño conjunto integrado, al menos en parte, por instrumentos de la gran familia de variantes de la guitarra española”; mientras que el son istmeño es tocado generalmente por “banda de aliento, orquesta o marimba orquesta”; y excepcionalmente por instrumentos de la gran familia de variantes de la guitarra española.

A Macario Matus, in memoriam.

Las evidencias externas

En los primeros días, o en el primero, de vacaciones que pasaba en Juchitán, precisamente el 8 de diciembre del año de 1970, nos encontrábamos una tarde en una cantina del centro de la ciudad, mi maestro en materia de placeres de la vida Macario Matus y yo -cantina llamada “Africa”, de la señora Lucina Ngupi conocida también como “Negra”-, cuando nos llegó la noticia, saltando de boca en boca, que habían matado a “Rosa, la tabernera”; hecho que se aclarará en las constancias que obran en el expediente integrado con motivo del asesinato, pues sucedió en la casa de su hermano Joel Jiménez Vera.

Cuando las almas de nuestros difuntos todavía estaban a las puertas de su hogar definitivo, de vuelta, luego de habernos visitado y de saciar nuestro recuerdo con el aroma de los tiempos idos; cuando la ofrenda colocada en suntuoso altar o en modesta mesa ya fue retirada porque el espíritu viajero aspiró el más alto jugo de las viandas; cuando el novenario de ta Tinu Dxole –viejo carretonero de la infancia- concluyó con la dolorosa ceremonia del adiós, mientras los hijos varones levantaban la multicolor alfombra florestal, la juncia aromática, la arena fresca en que reposaron los últimos humores de Faustino Ruiz, ta Tinu; al final o en algún momento de ese trance, uno o varios extraviados del averno segaron inmisericordes la vida de Chión, vecina de la calle Hidalgo.

Luego de paladear una lisa al horno, en cuanto llegué a Juchitán, Yolanda López preguntó si me gustaba la iguana. Por poco se me atraganta el último bocado de lisa e improvise un argumento nada coherente. Yolanda dijo que el sabor de la iguana era similar al pollo. La había comido sin saber qué era en el DF en casa de Gustavo Conzali, colega y paisano y cuando preguntaron mi opinión dije que el adobo estaba exquisito.

No, ya no lo hablamos, sólo los más viejos, los mayores de ochenta años a veces lo platican. Ni a mi hermano el mayor, que ahora tiene cincuenta y cuatro años de edad, le hablaron en idioma mis padres, el es ingeniero químico, trabaja en Minatitlán.

Se da el nombre de Vela a una festividad religiosa de origen muy antiguo que se lleva a cabo por un grupo de personas con el objeto de festejar sus actividades, sus productos, sus santos, sus nombres. Entre las actividades se cuentan la pesca, la ladrillería, la herrería.