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Fri, Jan

Por el año de 1960, en el mes de agosto, cuando las lluvias son parte importante del paisaje de la Ciudad de Ixtepec, Oax., nacía Alejandro Cruz, hijo de Miguel Cruz y Gabriela Martínez; quien fue ayudada a parir por la comadrona del pueblo.

Cuando Francisco Toledo volvió de Paris a México, llegó precedido por un artículo ditirámbico de Octavio Paz sobre su arte. Toledo era el creador de un nuevo estilo que recuperaba con un ojo contemporáneo las formas y los temas de los antiguos códices indígenas, escribió Paz. Era no solo un maestro de la plástica, era un camino estético para México.

En el pueblo no había luz eléctrica, estufas de gas, ni alguna clase de aparatos domésticos; la gente utilizaba leña y carbón para el fogón para cocer toda clase de alimentos.

El día que mi mamá falleció, mi papá me dijo que yo estaba limpio, que nada había en mi memoria que ensuciara mi alma, que ese había sido su mejor servicio. Quedé limpio de culpa porque le di todo lo que me pedía mientras ella vivía. Mi papá me decía “dáselo, lo necesitas” y yo se lo daba: lavadora, ropa, comida. Mi papá es recolector de basura y anda todos los días con su remolque atendiendo a sus clientes. Yo, que estudié administración de empresas, digo que él es un empresario de la limpieza. Todo lo limpia él con tal minucia que pareciera sacarle brillo hasta las cajas de leche. Lo primero que limpia es nuestra casa, lo segundo es su conciencia, después se va al centro a sacar la basura de las casas de sus clientes, a limpiar sus patios.

Esa misma noche comenzaron a aparecer por toda la casa, como si Mauricio Babilonia hubiera llegado por él, pero no era así. ¿De dónde salieron esas mariposas? Nadie pudo saberlo, ni siquiera mi hermana. Fueron apareciendo al mismo tiempo que mi papá murió. El negocio familiar iba a pasar por nosotros en algún momento, eso lo sabíamos, mi papá siempre nos dijo que lo único seguro que tenemos es la muerte y que lo mejor era adorar el intervalo entre ella y el nacimiento, esa cosa llamada vida. Nosotros nos dedicamos a los servicios funerarios y nunca vimos nada semejante.

Dicen que cuando uno se hace viejo las arrugas empiezan a surcar la piel, a hacer serranías por los brazos y las manos, por el ancho cuello y los ojos, que sólo es cuestión de esperar la muerte, en esta lotería llamada vida. Dicen, pero yo tengo en vez de arrugas cicatrices y así la espero. No me vaya a creer ahora, usted lo ha dicho, tengo un trastorno metido en la cabeza que no me hace pensar bien las cosas. Los demás le llaman locura, usted dice que soy neurodivergente. No sé a qué se refiera, quizás estoy viendo de frente la muerte y usted la confunde con trastorno límite de la personalidad. Vaya nombrecito. Usted me dice que es hora de escribir mi propio cuento y yo le digo que cómo cree, que el cuento no tendría pies ni cabeza y todo cuento los tiene aunque sea como un Guernica acomodado en la hoja blanca.