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Fri, May

 Inquirir e informarse es la base del chiste, desde el punto de vista etimológico. Puede ser un dicho gracioso y festivo o una aproximación a la burla y a la chanza. El istmeño, estirando el significado, se acerca más a  lo anterior, a la graciosidad y la agudeza, si consideramos que es la base del convivio y la tertulia. 

El vulgo suele llamarle “tololóchi” o “torolóchi”. En realidad su nombre es Violín o Violonchello; este instrumento musical apareció en el siglo XV al XVI; con el nombre ya antes especificado. Este bajo que armoniza con su sonido en conjuntos musicales, cobra más popularidad por la siguiente anécdota:

Eran los tiempos de Macario Matus en la Casa de la Cultura de Juchitán De Zaragoza (lo de heroica no lo asimilo aún).  De sorpresa, Andrés apareció por la puerta principal de la Casa de la Cultura, radiante como el sol de mediodía.  Lo saludé con efusividad, recordando los tiempos de Motolinía junto al Metro Allende, allá por los años 70, y lo tomé del brazo para  acompañarlo al cubículo de Makarenco Matus, acrudado en su aposento. 

“El día en que cumpla un siglo de vida, el 30 de noviembre, abriré las puertas de mi casa de par en par y ofreceré a todo aquél que pase frente a mi hogar un plato de gucheguiiña’. Bailarán sones indígenas porque es una fecha para celebrar. Todos los días cumplimos años pero hay un día señalado para festejarlos, y este año, por si es el último, haremos un gran ruido”.

Ya pasaron 25 años desde aquella mañana de enero en que mamá me dijo que los años 90’s comenzarían a marcarse en el calendario de pared. Para mí fue emocionante entrar a una nueva década, porque los de la tele habían dicho que las cosas ya no iban a ser iguales, que el mundo estaba girando más rápido y que la vida cotidiana iba a ser modificada del interior al exterior: la gente comenzó a pasar más tiempo dentro de sus casas y de sus pensamientos, y las calles de la ciudad adoptaron un dejo de presente interminable, parecía que el tiempo se había congelado.

El artista mexicano se casó cuatro veces durante su vida, pero la cantidad de mujeres con las que estuvo ligado sexual y sentimentalmente es mayor...

XCV años de la presentación de su proyecto para la Fundación de la SEP. Por Juchitán llegué otra vez, aprovechando la ocasión, para instalar un club que cumplió entre los buenos. Aquello era meter discordia en los feudos mismos del Caudillo. Una mujer adinerada, comadre de Porfirio Díaz, era la cacique reconocida en aquella especie de matriarcado indígena. Anteriormente nadie se le enfrentaba. Me conquisté, sin embargo, a un tinterillo resuelto que asumió la representación maderista y más tarde fue diputado. Y, por supuesto, según acontece en la juventud, el propósito práctico, el negocio profesional y la acción política son otros tantos pretextos para gozar las oportunidades y las sorpresas del ambiente. Pocos se aventuraban por aquellas regiones mal afamadas por el vómito negro y el paludismo, incómodas hasta lo increíble, así se fuese bien provisto de dinero. Con todo, una vez acomodado a las circunstancias, descubría el viajero raros encantos, aparte de sensualidades violentas y exóticas. 

Bellísima, veloz y esbelta, espigada y con la elegancia de una tenista profesional, Mayeli cruzó la avenida. Corrí para alcanzarla y contemplar su mirada diáfana como en el primer encuentro, el fundacional. No me había olvidado. Amorosa, con un abrazo y un beso guardados por diez años. Besos y abrazos también se añejan y son mejores que el vino. Y esa cava que lo sabe todo y es el corazón, a punto estuvo de estallar. Temblamos, algo se resquebrajaba o se unía violentamente en nuestro interior. Mayeli no se reservó las ganas de decirlo: “No sé por qué estoy temblando”. El sismo interno no le permitía escribir su nuevo número telefónico ni su nombre, la palabra que puso a prueba nuestro conocimiento, la primera que con orgullo mostrábamos, cuando niños, que ya habíamos aprendido a leer y escribir: Nuestro nombre. Su nombre, como ella, palabra clara y altiva.