21
Tue, Feb

Tehuantepec, Oaxaca.- Al hablar de los viejos oficios es desempolvar los recuerdos y caer en la nostalgia, es ver en el álbum de los espejos lo que fuimos y somos; pero también, es darnos cuenta de los oficios que van desapareciendo: los curtidores de piel, los talabarteros, los mensajeros, los sastres, los alfareros y los peluqueros igualmente llamados barberos. Desgloso: Decir peluquero es decir un hombre pulcro en el vestir y el hablar, que conoce el secreto de la vida y que al igual que un cura, sabe mucho del dolor del pueblo. Decir peluquero es decir de un confesor que sabe aligerar el alma, es también decir de un trabajo digno y bondadoso. Decir peluquero es parafrasear a Porfirio Díaz en el Ipiranga y decir: ¡Adiós, Tehuantepec de mis recuerdos!

A Nelson Guerra y mi hermano Sandino

Venían nuevos en un color azulado y terminaban amarillentos al pasar los años, Por qué los llamaban Duramil lo descubríamos al paso del tiempo, las mejores sandalias que podías tener en la infancia.

No recuerdo el número ni el nombre de todos. Tal vez éramos cuatro, pero la memoria quiere traer solamente a los hermanos Javier y Vicente Escudero para decirme que con ellos salíamos por las noches, de siete a nueve, aproximadamente, a partir del dieciséis de diciembre, con la primera posada, a recorrer las calles y casas de la primera, tercera y cuarta sección juchitecas.
Parados frente a las puertas declarábamos nuestra solicitud: ¿Hay posada? Y entonces, la dueña de la casa en cuestión respondía según fuera su talante, sus ganas de escuchar un breve cántico a honras del Niño Dios. Si era afirmativa la voz, nos dejaba entrar y nos prosternábamos, que es como se dice en palabra borgeana “nos hincábamos”, ante la mesa de los santos.
Pero si no había buena voluntad o no se tenían unas monedas para corresponder, nos daban las gracias y a otra parte.
En el primer caso, Javier, que tenía algún conocimiento en reparar radios, oprimía un pequeño apagador y ¡eureka! se hacía la luz al interior de una pequeña caja de madera, donde habíamos montado un pesebre con heno, animalitos de plástico, pastores, reyes magos, María, José y el niño que habría de nacer el veinticuatro por la noche. Enseguida comenzaba el cántico, en cuya letra se decía “alabando a Dios quítense el sombrero, porque en esta casa vivió un caballero; vivió un caballero, vivió un general, les pido licencia para comenzar…”.

Si hay una persona en Unión Hidalgo que quiera más al río Espíritu Santo es Víctor Fuentes, él ha encabezado festivales como Nudos de Arte por el Río con talleres, presentación de libros, exposiciones, para hacer conciencia sobre su contaminación y voltear los ojos hacia este espacio tan amado por los abuelos.

Mientras arremete contra la planicie costera un norte que ha sacado todas sus fuerzas de quién sabe dónde, banderas solferinas ondean agitadamente por las calles de Santa María Xadani, decenas de ellas mueven rítmicamente su color, y no se trata de la resurrección del partido fundado por Lombardo Toledano, el mismo que hundiera Jorge Cruicksank luego de negociar elecciones hace ya muchos veranos.
No, los pepinos no se han levantado del camposanto político (para los jóvenes: los pepinos son una raza extinguida que vibraba bajo los influjos del Partido Popular Socialista); se trata de robustas mujeres enfundadas en enaguas del color ya enunciado, caminando hacia el mercado, el mercadito que le llaman los lugareños.
Y es una delicia verlas enfrentar al no menos robusto aire de enero. Quienes vienen del norte inclinan el torso hacia atrás para compensar la fuerza del viento; las que llevan sus pasos desde el sur, dejan que el peso de su generoso pecho les gane para de esta forma evitar el empujón del nortazo. Poco a poco, en ringlera, se dejan ver por los cortos pasillos del mercado.

Eduardo Ángel Aguilar, de la FaM de la UNAM, es uno de los triunfadores del primer Concurso de Composición Arturo Márquez para Orquesta de Cámara, que convoca el Conaculta y la SACM

Fue el único de los galadornados que obtuvo decisión unánime por su obra “El Malcomido”, estrenada por la Orquesta del Festival Artístico de Otoño

Roy Luis es un zapoteca de Unión Hidalgo, Oaxaca. Tiene como oficio la música, y su fama corre más allá de la región del Istmo mexicano, por la extraordinaria calidad musical de su orquesta. Su padre, don Ignacio, no se queda atrás en cuanto a popularidad, nada más que es menos extensiva, se limita a su pueblo, y se debe no a la música, sino a su prominente nariz.

Fue un día de primavera en la montaña de Guié Ngola, parte de la sierra atravesada entre la planicie del Istmo de Tehuantepec, se escuchaba a lo lejos el canto de las chirimías, lo cenzontles y los pájaros carpinteros; un caudaloso río recorría las faldas de aquella imponente montaña y una variedad de animales componían la fauna silvestre exuberante y extraordinaria de aquel mágico lugar.