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Mon, Jan

Retrato para Doña Elva

Como cada vez que paso por el cuarto principal de poca luz, no por eso el más sombrío de la casa; me paro frente a la imagen: aquella antigua efigie en sepia de un joven trajeado, con gestos de anciano sabio pero de postura recia. Ahí estaba mi padre, de la única forma en que lo he visto desde siempre, siempre serio, inmóvil y mudo; las únicas muecas gestuales que le vi, fueron las que imaginariamente le inventaba al sobreponer unas copiadas de padres amorosos a la imagen, cuando de niño necesité de alguna sonrisa de aprobación o cariño por parte suya. Pero nada más; pues nunca llegué a conocerlo personalmente; sino más bien por historias que pude escuchar en boca de las vecinas poco discretas de la espléndida casa colonial de enfrente. Sólo por ellas tengo referencias vanas de él; ni mis hermanos mayores que no vi más de un par de veces, ni mi hermana Sofía que cuidó de mí desde pequeño me han platicado nada del que alguna vez llegó a odiarme sin conocerme.

El pez cuatrojos del río Ostuta

Sobre los remansos del río Ostuta habitaba un pez al cual llaman cuatrojos. Antes, los pescadores decían que tenía más ojos, que por eso era capaz de ver lo que la gente estaba haciendo a mucha distancia, nada de eso es cierto, sólo tiene cuatro. El cuatrojos es un pez un poco largo y de carnes transparentes que nadie come; su costumbre es andar en cardúmenes, no es un pez solitario como el dormilón o el bagre.

Cada vez que los amigos tienen la fortuna de ver alumbrada su familia con un nuevo hijo, acuden conmigo para preguntarme nombres de personas en zapoteco, para escoger el más conveniente para llamarlo. Cansado de enlistar nombres a cada rato, mis amigos no son muy buenos para la fajina pero vieran cómo se afanan con la va…, rie xhie’ ca’, me propuse hacer un registro (de nombres que he creado y escuchado) y publicarlo. Comenzaré con los nombres para las mujeres y en la próxima entrega publicaré los nombres masculinos. Aquí tienen la primera entrega, y espero que sea de utilidad para los afortunados que desean llamar a sus hijos en la lengua dulce y sagrada de los binnizá.

El año que llovio cenizas. Esto fue en 1902, en ese tiempo la paz que Porfirio Diaz había implantado parecía eterna. Entonces la vida en Juchitan transcurria en sosiego. Los catrines porfirianos acicalaban sus bigotes puntiagudos y se recortaban sus barbas, mientras que la gente del pueblo bailaba al son de la “Sanjuanera”y la “Migueleña”.

En el mes de mayo, después de cada noche de velas durante la semana de fiestas en Juchitán; es imprescindible el paseo alegórico por la tarde del nuevo día; aunque desvelados los mayordomos, Xhuanas y socios, están siempre atentos en proseguir con el desarrollo de las actividades que conciernen a sus responsabilidades.

A las populares corridas de toros, de las cuales goza el pueblo en sus fiestas; en España se le denomina Fiesta Nacional, por haber tenido cuna en este país y, ser el lugar donde con más entusiasmo se cultiva. Esta diversión induce a pensar en la lucha del hombre primitivo con los toros salvajes.

A todo el mundo: indígena o no indígena, le queda claro hoy que al morir el hombre (hombre o mujer), su físico (carne y huesos), queda en la tumba, donde es depositado al término de su vida. Cuantas veces se ha tenido que abrir tumbas, se ha descubierto que la carne, los cabellos, desaparecen, pero los huesos, como materia más sólida y perecedera, se conservan, aunque no eternamente, pero sí cientos, si no es que algunos miles de años. Con ello se demuestra entonces que el cuerpo, ahí queda. ¿Qué es entonces lo que hay detrás de la muerte?