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Mon, Jul

Un día fueron apareciendo y no las pude detener, esferitas marrones pasaron por toda mi mano, cuando vine a darme cuenta, ya las cubrían por completo. Tu abuela me quiso advertir y ahora yo tengo que advertirte. Yo no soy celosa, tú lo sabes. He compartido la receta con todas mis hermanas a pesar de tu abuela, que en paz descanse. Ella sí era celosa. No sabes cuántas veces le pedí que me enseñara, pero siempre decía que esas cosas no se comparten. La comida y la bebida son un secreto que una se lleva a la tumba, me decía. Nunca cedió y yo aprendí como aprenden los maestros, de ver. Si tu abuela supiera que todas mis hermanas saben su receta, vuelve y me lleva con ella de vuelta a la muerte, a lo mejor eso pase conmigo.

Escucho tu voz, Sapandú, es el viento quien trae, el rumor de las rocas al golpe incesante del mar Gueela’ Gui’ Chi’; siento tu aroma deslizándose como la espuma sobre los poros de la piedra; tu recuerdo, ti–leme, en aroma nocturno…

Este singular personaje de nombre Juan de Dios es el sexto de ocho hijos de la dinastía Betanzos Espinosa. Nació el 8 de marzo de 1936, en Santo Domingo Chihuitán, Oaxaca.

Los medios de comunicación y transporte están estrechamente ligados al desarrollo económico, social y cultural de los pueblos. El Istmo de Tehuantepec, por su localización estratégica, tradicionalmente ha estado comunicado con el resto del país y el mundo. En el siglo pasado, antes de la apertura del canal de Panamá, los barcos mercantes que venían de varias partes del orbe llegaban al puerto de Salina Cruz; costas oriental y occidental de Estados Unidos, costas de Asia y Europa después de haber bordeado el litoral del Atlántico – pasando por Tierra del Fuego – y las costas occidentales de América del Sur.

En los pueblos del Istmo oaxaqueño cada día que pasa se debilita y deteriora la lengua de los binnizá, la lengua diidxazá, la que los nahuas llamaron, zapoteco. Si los miembros de esta cultura no nos preocupamos hoy por defenderla, fenecerá mucho muy antes que lo predicho por el poeta Gabriel López Chiñas: ¡ay!, didxazá, diidxazá,/ diidxa’ rusibani naa,/ naa nanna’ zanítilu’,/ dxi guiniti gubidxa cá. ¡Ay! zapoteco, zapoteco/ lengua que me da la vida,/ Yo sé que morirás/ el día que muera el sol. Y con la muerte de esta lengua “maravillosamente musical”, según el poeta Carlos Montemayor, desaparecerá una manera particular de entender la vida, la cosmovisión zapoteca, una manera -entre muchas- de ser hombre en el mundo.