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Wed, Nov

Las batallas de los hijos del viento

Istmo
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Batallas prístinas.

“Si tan solo nos hubieran dicho de los ventarrones que pegaban en aquél lugar a donde nos recomendaron, quizá lo hubiésemos pensado un poco mejor, se les olvido decirnos eso. Pero ya estábamos ahí, había que tomar el toro por los cuernos.

En ese tiempo, Santiago, Ixtaltepec, tan solo era un pueblito de casas de paredes de lodo y techos de palma. Vivimos de lo que nos daba la tierra, pero ese año no llovió, y la cosa se había puesto muy fea. A las milpas le alcanzamos arrimar la tierra, solo para que se secaran. Cada vez que atravesábamos las cubetas en las profundidades de los pozos para sacar el agua, la distancia se hacía más larga, y en ciertas horas del día solo sacábamos lodo de aquellas profanidades.

Fue el hambre lo que nos hizo decidir aquella aventura. Un caminante que pasó por el pueblo nos contó de la hacienda “La Venta”, nos dijo que en medio del lugar había una casa grande donde vivían los patrones, y, que se dedicaban a la crianza del ganado, “vayan de seguro que allá van a encontrá trabajo, solo tienen que cruzá los cerros”, nos dijo.

Esa noche la pasamos en vela, los muchos pensamientos no nos dejaron dormir. Lo poco de comer que quedaba en el pueblo, en tanto se esperaba que volviera a llover, apenas alcanzaría para las criaturas.

Todo aquello nos hizo mover del petate en plena oscurana, el lucero de la mañana estaba tan brilloso allá arriba, que yo pensaba que era una señal de la divina providencia: “vayan a La Venta” parece que nos decía. En ese momento me puse mi ropa y mis guarachos, agarre mi machete y mi pistola y le dije a mi mujer:
-Sí me voy, voy a ese lugar, a lo mejor ahí vamo a encontrá acomodo, el paisano que paso por aquí nos dijo que allá en esa ranchería hay trabajo y no falta comida.
-Pero lejos, hay que cruzá la montaña, Marci. Tu sabes que eso ta muy peligroso, quien quita te mueras…-me dijo ella.
-De todas formas vamos a morí donde sea…no quiero morí sin peleá, tú sabes que yo no soy de quedarse sin peleá. Y a esta batallale tengo que entrá…
-Te va a traga la montaña, Marci…, piensa en tus hijos.
-Por ellos mero lo hago… y si llego a morí, que mañana ellos recuerden que su padre murió luchando en la batalla. No hay vuelta pa’tras.
-Ni modo, ya estaría de Dios. Déjame despertarlos pa que se despidan…
-No. Así déjalos, mañana que despierten diles que me fui a la montaña a buscá comida…y a buscá un lugar pa que vivan.

Así fue como en medio de la oscuridad me enfilé hacía el camino de la montaña. Yo conocí de la montaña. Yo conocía la montaña solo a medias, era un ir y volver, jamás cruzarla de punta a punta. Me movía la esperanza, el lucero me guió por las noches y de día me guiaba el instinto, el anhelo de la tierra prometida.

Fueron días, fueron noches…de un andar entre piedras filosas, precipicios escabrosos, matorrales espinosos y animales peligrosos. Ya no supe que era el tiempo hasta que al fin pude ver la luz del otro lado. Desde lo alto de los cerros tuve a mi vista aquel valle que se extendía hasta quien sabe dónde. Ese era el lugar indicado, esa era la tierra prometida, ahí estaba la ranchería de La Venta, abriéndome los brazos como una madre cariñosa que recibe a su hijo ausente.

Bajé los cerros como cuando baja el ganado buscando agua, y se fueron dibujando ante mis ojos casitas de lodo y palma…, al ir adentrándome por las veredas de aquella ranchería me fui encontrando con paisanos que trabajaban de peones en la hacienda, y habían llegado de distintos lados buscando la vida: “aquí hay trabajo solo los flojos se mueren de hambre, tráete a tu familia” me dijeron. Y así llegué por estos rumbos…

A los pocos días brotó de entre los cerros un nortazo que me espantó…y cambió mi vida para siempre.

Y esto fue lo que pensé y quise decirles al volver de aquel primer encuentro con La Venta:

Allá verás la tierra prieta donde ha brotado la vida desde siempre
Donde el sol se levanta temprano bañándose en el río
Y duerme al atardecer cayéndose a horcajadas entre los verdes montes
Dejando el paso a la noche salpicada de estrellas que tiritan
rimbombantes.
Allá sentirás el viento irreverente que se avienta desde el cerro hasta el mar
El fresco olor de la montaña se meterá por todos los rincones de tu piel
Sentirás la tibieza de la tierra al paso del arado haciendo surcos
Y mil recuerdos poblaran tus noches atiborradas de sueños inconclusos
En esa prodiga tierra en que habitaron mucho ha, nuestros ancestros
Donde palpita galopante el cadencioso vaivén de nuestra sangre
Donde se arraigan nuestros pies afirmados sobre anclas.
Tierra enclavada en un rincón de la geografía oaxaqueña
Es La Venta, la tierra que abriga mis querencias
El origen y final de viaje emprendido desde la fundación de mi existencia.
Allá verás la tierra, verás al pueblo, a nuestra gente…verás a La Venta”

Todo esto me habría contado mi tata Marci si no lo hubieran matado aquellas noches lluviosas en Santiago.

Y por eso, al morir tu tata Marci, mi padre, La Venta fue nuestra única esperanza, con todo lo que nos contó en palabras y nos dijo en su mirada, aquí hallaríamos la vida que buscamos. Cruzamos también cerros.

Después de que los hacendados se fueron de La Venta, dejaron en el abandono este lugar, la peonada se quedó a vivir de lo poco que salía de la tierra. Hubo años en que aquí sobrevivimos de milagro, sequias largas, pozos secos y trojas vacías.

Desde que tengo uso de razón hemos batallado con el viento, hay veces que se calma y hasta parece que vas a oír el clamor de los difuntos del panteón, pero luego vuelve y se pone a jugar con todo lo que topa.

Yo era un huérfano de diez años cuando nos asentamos aquí en este pueblo. Era apenas un chamaquito que todavía quería andar jugando, pero me faltaba tiempo, pues había que estar yendo a la montaña en busca de la leña para vender.

Cuando se dividieron los ejidos, se dividieron las parcelas y apartamos un pedazo de tierra para la siembra de maíz, sorgo y ajonjolí.

Pero el viento se presentaba a veces inclemente, quebrándonos todas las milpitas y de ahí venían las hambrunas. Era una lucha con un gigante invisible, se nos iba la esperanza al ver aquellos nortazos que sin ni ninguna compasión nos dejaba en el desamparo al quitarnos la comida.

Hubo tiempo en que llegué a dudar de habernos venido para acá, porque así como iban las cosas no veía un futuro, y suponía que tu tata había exagerado al hablarnos de este lugar. Pero aquí seguíamos manteniendo una flamita de esperanza… pero además ¿A dónde iríamos? Ya no teníamos a donde ir.

Tomado del libro “Historias Dispersas en la Tierra del Viento III”/Autor: E.O.C. (El Mayor)/