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Sun, Feb

Rosa tren

Istmo
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En un lejano lugar del Istmo de Tehuantepec, la llanura salvaje está pintada de verde, las chozas montan sobre lomas ocultas entre platanares y naranjales, cuyos ramajes escurren gotas del último aguacero. Veredas lodosas serpentean esquivando cimas, hasta perderse entre magníficos bosques de ceibas y palomulato. Torrentes incontenibles desciende de la sierra que la corta al sur, que luego de largo andar se convierten en anchurosos ríos que se abren camino entre viejos manglares. Comarca probada de gente trabajadora, sin más patrimonio que su choza, su perro y sus gallinas, y sin más luz que la del sol y de la luna.

Hacia cerca de dos años que los nativos de la región venían padeciendo la construcción de una vía de ferrocarril que la atravesaría de norte a sur. Durante ese tiempo vieron derribar los árboles de sus bosques, convertidos sus troncos en durmientes, y las piedras de sus colinas, trituradas hechas balastro. Vieron día tras día, como su vida rutinaria se alteraba entre barullos de voces extrañas y golpes de martillo, quitándoles el silencio nocturno y la palidez del sueño. Nada ni nadie pudo detener la codicia de aquella gente extraña que ese empeñaba en tender la vía en el menor tiempo posible, muy a pesar del calor y del terrible paludismo. A ambos lados del tendido empezaron a levantarse rusticas construcciones de madera, habilitadas como posadas que llegaron a cotizarse a muy alto precio, a veces, hasta en monedas de oro. Diariamente veían llegar forasteros en busca de empleo, y la gente interesada en invertir en el nuevo paraíso. Nacieron nuevos parajes a los que se les ponía nombre de acuerdo con su ubicación, ya fuera cerca de un río, de una colina o de un árbol que facilitara su identificación. Parajes y pueblos pequeños se convirtieron, unos en estación terminal, y otros en estación de bandera.

La llegada del primer tren sé anunció con un silbido ensordecedor que violo el casto silencio provinciano. Hizo temblar la tierra, ante los ojos azorados de los lugareños que treparon las colinas, cuando vieron alzarse columnas de humo y vapor, creyendo que la locomotora venía quemándose. Todo esto no era sino el anunció de una nueva forma de vida, a la que tenían que acostumbrarse con el paso del tiempo. Por el nuevo camino de hierro llegaron otras novedosas cosas, como el cigarro en cajetilla, el fosforo y la cerveza, que muy pronto se convirtieron en artículos necesarios. Por su ubicación geográfica, un paraje llamado Santa Lucrecia, se convirtió en estación terminal, transformándose de la noche a la mañana, en pueblo importante, donde los trabajadores del riel gastaban su quincena. A ese nuevo paraíso llegaron flores y frutas de las montañas Mixe y Chimalapa, y también mujeres en busca de aventura.

En el pueblo de Juchitán, un poco distante del paso de la vía, vivía una joven llamada Rosa, de sangre y costumbres indígenas, no cumplía aún los treinta años, tenía un bonito cuerpo, grandes ojos negros debajo de espesas cejas, andaba descalza y usaba aretes de oro. No hacía tres años que enviudo de un hombre mayor que ella, que le dio una vida sin tropiezos económicos, pero no la dicha de tener un hijo, que fue lo que el marido más deseaba. Al paso del tiempo se sintió sola, teniéndose que irse a vivir a lado de sus hermanos; un hombre sin mujer y una hermana mayor sin hombre. Al lado de ellos pasó días buenos y días malos, gastando el poco dinero que le dejó su difunto esposo y que por su mala cabeza, fue gastando en negocitos que no redituaban, lo que le obligó a buscar nuevos giros, y lo primero que se le ocurrió, fue meterse a tabernera, con la consiguiente inconformidad de sus hermanos que no vieron con buenos ojos el oficio, pero su decisión estaba tomada. Pensó que siendo joven, viuda y de bonita figura, tendría la oportunidad de enderezar su economía en poco tiempo. Además, la ocasión de lucir su galanura, y de rodearse de clientes galanes y gastadores. Y así sucedió.

En el desempeño de este oficio se enteraba de muchas cosas. Por boca de clientes y compañeras, supo de la bonanza repentina que el ferrocarril había traído a lugares antes ignorados. Se hablaba fuerte de Santa Lucrecia, que de aldea se convirtió en importante estación terminal, hecho que le entusiasmo para que dejara el oficio y se arriesgara a probar una nueva aventura, lo pensó bastante, y mucho tuvo que discutir con sus hermanos para tomar la decisión de convertirse en comerciante. Apresuró ese muy pensado viaje a Santa Lucrecia, con el propósito de comprobar lo que la gente contaba de aquella milagrosa bonanza. Una carreta jala por una yunta l llevó a la estación terminal de San Jerónimo, donde llego acalorada y fastidiada, después de dos horas de camino, y todavía sudó una larga espera dentro de un vagón de segunda clase, hasta que el conductor anunció la salida. Rosa se apoltronó en un asiento de madera junto a la ventanilla, y a dos pasos del agente de publicaciones que vendía tortas, refrescos y cigarros en cajetilla. El convoy avanzaba despacio para evitar un percance., puesto que los durmientes aún no estaban bien amacizados sobre todo, en los puentes sobre ríos y arroyos que eran muchos. Viajaba pensativa mirando extraños paisajes, y sólo a ratos, cruzaba con enfado unas palabras con el pasajero de junto. Paró el tren en Santa Lucrecia. Desde la ventanilla miró sorprendida escenarios tumultuosos de gente que bajaba y de gente que subía, y adolescentes que ofrecían sus servicios a los viajeros, de entre muchos apareció uno que sin permiso le arrebató su equipaje, que consistía de un veliz y dos cajas de cartón, estos fuertemente amarrados con cáñamo. El muchacho se abría paso a empujones señalando con la cabeza el camino a seguir hacia la posada, donde él mismo la registró. El cansancio hizo que Rosa se acostará a pierna suelta en el catre de lona de la posada, para recuperarse del cansancio que le produjo el largo viaje. Pero esa misma tarde, dispuso caminar por la única calle donde estaban las tiendas y las fondas, para enterarse del precio de los artículos de mayor consumo, y de esa manera hacer sus planes. Caminó seguida por muchos ojos, atraídos por su garbo y su exótica vestimenta. Andaba un poco agitada por entre los puestos de mercancía. En su cabeza bullían proyectos. Miraba cosas y preguntaba precios. A medida que caminaba se daba cuenta de la importancia del comercio de comestibles. En el extremo de la calle, miró con asombro, una tienda de abarrotes bien surtida, llamándole la atención un letrero que decía “ultramarinos” cuyo significado no entendió. Detrás del mostrador, un joven con tipo de español le invitó a pasar a ver la mercancía. No despreció la invitación; entró, vio y preguntó.

Más adelante, un barrillero le ofreció telas brillantes de charmez que llamaron su atención. Estaba consiente que para cualquier proyecto económico. Dos días fueron suficientes para estimar costos y ganancias en su nueva aventura.

Regreso entusiasmada a su pueblo, contándole a sus hermanos lo que vio y oyó, y de lo que pensaba obtener haciendo viajes frecuentes llevando y trayendo mercancía para vender.

- Nomás vieras, contó a su hermana, allá se vende y se compra de todo, aunque no he pensado todavía venderme, y en caso de que así fuera, sería una buena cantidad. En Santa Lucrecia tiran su dinero los ferrocarrileros.
- Ofendes a mamá con tus palabras; por favor no la inquietes, déjala descansar en paz, dijo molesta su hermana, dándole la espalda, mientras caminaba hacia el pozo de agua fresca para llenar un cántaro que llevaba.
- Pues ya veras, respondió Rosa, alzando la voz y en actitud desafiante, esta casa tendrá un segundo piso, venga el dinero de donde venga.

En tanto, su hermana, su segunda madre, parada frente al pozo, con su cántaro rebosante, pensaba “¿Sera cierto que Rosa será capaz de cometer las tonterías que llenan su cabeza? A ella no le ha faltado nada; mi hermano y yo le hemos cumplido sus deseos, hasta donde nos ha sido posible. Se casó con el hombre que eligió y que le dio buena vida”.

Rosa, arrepentida por la forma en que le habló a su hermana, caminó hacia el altar de los santos para disculparse como acostumbraba después de cometer una falta. De pie,, frente al altar, hizo la señal de la cruz, cerró los ojos, y dijo una breve oración.

Su obsesión por tener una casa de dos pisos la perseguía hasta en sus sueños, y tal vez, fue el motivo que la llevó a casarse con aquel hombre que creyó más rico de lo que en realidad era pero, que sin embargo, le proporcionó bienestar. Juntó monedas de oro para forjarle un envidiable ahogador, le cumplió el deseo de ser la madrina del Niño Dios y mayordoma de las fiestas y de otras celebraciones donde ella era el centro de las miradas. Pero no alcanzó el tempo de construirle una casa de dos pisos como ella le había pedido.

Era extraño que Rosa ambicionará vivir en casa de dos pisos, cuando la casa materna es de las más bonitas del pueblo, una reliquia colonial, ahora deteriorada, pero todavía admirada por propios y extraños. Casa grande de teja y paredes macizas. Un zaguán de cedro y dos ventanas de hierro en color negro decoran su fachada, pintada de azul añil y vivos blancos. Un corredor con pilares rollizos la separa de un de un amplio patio sembrado de árboles frutales y plantas con flores. Al fondo quedan el pozo de agua y el viejo horno de pan, símbolo de la bonanza familiar de pasados tiempos. A esta casa, antes muy frecuentada, ahora sólo la visitan viejos empleados cuando sus achaques les dan permiso.

Rosa, entusiasmada, apresuró su segundo viaje a Santa Lucrecia. Ese día empacó cajas grandes de cartón fuertemente liadas. Iba bien vestida y garbosa paseando su bonita estampa ante los ojos de los viajeros y tripulantes del tren, que luego de mirarla comentaban en voz baja. Fue en ese segundo viaje, cuando el conductor del tren al que la gente llamó Tren Tehuano, se le acercó para pedirle su boleto.

- Señorita, su boleto es de segunda clase y viene en vagón de primera; tenga la bondad de pasarse a su lugar, -le dijo el conductor en tono amable.

Rosa le lanzó una mirada suplicante, acompañada de una sonrisa maliciosa, que dejó atónito al conductor.

- No más no seas malo-

Perdido en la mirada encantadora de Rosa, el conductor no tuvo más que decir:
- En este tren puede viajar en el lugar que usted quiera-

Le devolvió el boleto acariciándole la mano.

El conductor se llamaba Ramón, pero era conocido como Don Ramón. Era un hombre como de sesenta años, regordete y bonachón, de buenos modales, diestro todavía para caminar en el tren en movimiento. Don Ramón Fernández, así se llamaba, llegó a la región procedente de Puebla, de donde era originario, fue cautivado por la belleza natural del Istmo y por su gente. Se instaló con su esposa y su única hija en el pueblo de Sayula, y por deberes del oficio, era natural que se pasara más tiempo en el tren que en su casa, conviviendo con gente procedente de varias partes, con la que formó otra familia que puso por nombre “familia ferrocarrilera”. De entre esta nueva familia que se muevo por el andén al vagón y del vagón al andén, el conductor puso los ojos en la joven morena que acostumbraba viajar en vagón de primera con boleto de segunda clase, a quien luego de conocer comenzó a enamorar, pasar largos minutos platicando con ella, a la vista de los pasajeros. De este acercamiento nació una íntima relación, comercial para ella, amorosa para él, que con esta conquista coronaba su vanidad de varón. Nada ocultaron; de ello estaban enterados, viajeros, tripulantes, y la misma escolta del tren, cuyo jefe, un joven oficial de no mal ver, se empeñaba discretamente en conquistarla, aprovechando las ausencias del conductor; y no era rechazado del todo, pues le daba muestras de esperanza.

Por su estampa inconfundible, Rosa se ganó el apodo de La Tehuanita, con el que fue conocida en todas las estaciones, cuyos jefes daban concesiones, como el viajar ilegalmente con sobrepeso de equipaje, que consistía ahora, de seis cajas de cartón que no documentaba, que colocaba en diferentes vagones, señaladas por un discreto listón azul, para que sus cómplices las recogieran sin ningún contratiempo en la estación convenida. Las envidias no se hicieron esperar, los delatores llevaron sus quejas a los jefes de estación; pero ante la diferencia de éstos, urdieron un mal sano plan, que consistió en hacer correr la voz de que la Tehuanita tenía maleficio, y que todo aquel que tuviera relaciones amorosas con ella, corría el peligro de ser embrujado, advertencia que a muchos atemorizó y no pocos renunciaron a sus intenciones. De lo que se decía, poco caso hizo, al contrario, procuró que más gente se enterara de sus relaciones con el viejo conductor, con quien ya había pasado un fin de semana en un escondite, Jaltepec, un sitio discreto, acinturado por un río que el tren cruza sobre un puente de hierro. De todo aquello estaba avisado el oficial de la escolta, que a lo largo de los días, iba mostrando actitudes extrañas, dando la impresión de estar embrujado. Encerrado en su vagón, se entretenía escribiéndole largas cartas de amor, que luego de terminarlas las rompía, tirando los pedazos por la ventanilla. Y para sosegar sus nervios, se asomaba por la ventanilla para contemplar el verdor de la campiña. Pero nada o tranquilizaba, a pesar de que Rosa le había prometido que se verían solas en la primera oportunidad. Largos y angustiosos días corrían en el calendario amoroso del oficial.

Por otro lado, Rosa llevaba escondido en su bolsa de mano, un retrato de Don Ramón prendido con alfileres, práctica ancestral, patraña de hechiceros, dizque para sujetarlo a su voluntad. De este embrujo estaban advertidos todos aquellos que llegaran a tener querencias con la Tehuanita.

Días tranquilos y días agitados pasaban; novedosos artículos llegaban por el tren a la región; el comercio crecía y los parajes, antes desolados, se poblaban de gente que venía de todas partes. Los escaparates mostraban varios artículos llamativos, como juguetes de celuloide, llegados de Japón, pajuelas, también japonesas, para liberarse de los piquetes de los mosquitos. Las tiendas de ropa exhibían finas telas de dril venidas de Inglaterra, que desembarcaban en Puerto México. Todos estos artículos llegaron a Juchitán por conducto de Rosa, y le dieron buenas ganancias.

Mientras tanto, el conductor del Tren Tehuano se entristecía de pensar que venía perdiendo el cariño y el respeto de su familia por la culpa de Rosa. Día a día veía quebrantada su salud y le mortificaba la pérdida de vigor que le caracterizaba.

Llegaron los días airosos de diciembre; en Juchitán se celebraba el día de la Virgen de Guadalupe; y se preparaban los Nacimientos. Era la ocasión que Rosa esperaba para presentar a sus hermanos y a la gente de su pueblo, a su íntimo amigo Don Ramón, el conductor del Tren Tehuano; para ello, armó un plan, hecho de verdades y mentiras para entusiasmarlo. Le empezó a contar las costumbres de su pueblo, diciéndolas a su conveniencia. Le contó de las tradicionales velas que se celebran debajo de un blanco telón, de los casamientos que duraban tres días, debajo de una enramada, y de la ceremonia erótica del rapto de la novia. Oyendo aquellos relatos, el conductor se entusiasmó, diciéndose a viajar a aquel lugar, al país que le había pintado Rosa.

A los pocos días abordaron en Rincón Antonio con destino a la estación terminal de San Jerónimo, donde bajaron para trasladarse en carreta a Juchitán. El conductor, diestro en caminar de vagón en vagón, tuvo dificultades para treparse en esta rustico transporte, ante la risa burlona de Rosa, que lo ayudo a subir a jalones. Por fin, lograron acomodarse entre canastas, cajas de cartón, velices. El conductor iba escuchando a Rosa que le venía señalando lugares, hasta que cansados y empolvados llegaron a Juchitán. Los vecinos, al verlos llegar, cerraron sus puertas para criticar a plenitud.

Rosa y su amigo fueron bien recibidos por la familia. La casa estaba arreglada, limpia la sala, regado el pario; que exhalaba olor a tierra mojada; y en el altar, azucenas frescas en floreros de vidrio. Don Ramón, como lo empezaron a llamar, recorrió toda la casa, teniendo para cada sitio una palabra de elogio. Le asignaron el cuarto más cómodo, catre nuevo y sábanas blancas. Desde ese cuarto podía verse por las mañanas el viejo jazmín colmado de flores, y por las tardes, poco antes de oscurecer, escuchar el escándalo de los zanates entre sus ramas.

Al día siguiente, vestidos con sus mejores galas, Rosa y su distinguido huésped llegaron a la fiesta de la Virgen que se celebraba debajo de una enramada, adornada con papeles de china picado en colores blanco y rojo. Iba del brazo de Don Ramón, luciéndolo como un codiciado trofeo. Rosa adornada de oro y encajes, Don Ramón enfundado en camisa blanca, pantalón azul impecable y zapatos de charol; de su leontina pendía una pesado reloj redondo con tapa chapeada en oro.

Una banda de música encabezaba el vistoso cortejo, por el cielo se escuchaban estruendos de cohetes. Miradas de envidia y de curiosidad seguían los pasos de la novedosa pareja. Eran momento de felicidad para Don Ramón; aunque de repente aparecían ante sus ojos imágenes de su familia que dejo en Sayula, de donde partió inventando mil pretextos. Se inquietaba al pensar que algún viajero lo delatara. Pero la novedosa cerveza le daba fortaleza para enfrentar lo que viniera. Pero lo bailado nadie se lo quitaría.

A la puesta del sol regresaron a casa de ella, donde los hermanos los esperaban con una típica merienda; café caliente y garnachas. Sólo dos invitados, parientes cercanos a la familia, se sentaron a la mesa, mismos que darían testimonio ante los demás, que las relaciones entre Rosa y Don Ramón los llevaría al matrimonio, muy pronto. Departieron largo tiempo, hasta que los parientes se despidieron. Ya sin más miramientos, Rosa tomó de la mano a Don Ramón y lo llevo al patio para refrescarse. La noche lucia espléndida.

-Qué bonita casa tienes Rosa; pero sobre todo, que agradable familia.
-La casa es la herencia que nos dejaron mis padres, dijo con dejo de tristeza.
-Y porque lo dices en ese tono.-
Rosa quedó unos segundos pensando en la respuesta; se acercó más a él para decirle casi al oído.
-Es que yo he soñado en tener una casa de dos pisos, pero…-
Don Ramón enmudeció un momento, para luego decirle con suave voz:
-Yo te cumpliré ese deseo-
Ella le agradeció ese gesto, dándole un prolongado beso, y por sus pupilas resbalaron lágrimas.

Don Ramón quedo embelesado, inmóvil, bajo la fronda del viejo jazmín. La luna nueva que ilumino el escenario, cambo de lugar, guardándose el secreto; y el patio se tapizó de flores blancas que tiraba el viento.

A los tres días, Rosa, un tanto apenada por aquel cerca encuentro que tuvo con Don Ramón dentro de su propia casa, se acercó al altar de los santos para disculparse; cerró los ojos y hablo quedito; mientras Don Ramón esperaba impaciente la carreta que lo llevaría a la estación de San Jerónimo.

Desde muy temprano empezaron los preparativos para el regreso de Don Ramón. Un carretero, conocedor de la brecha y hombre de confianzas de Rosa de cuando era tabernera, llego puntual a la cita. El reloj municipal anunciaba la hora convenida. Don Ramón miraba impaciente su reloj, y se alegró al ver a Rosa que venía hacia él con los brazos abiertos, al instante en que llamaba a su hermana para despedir al huésped distinguido. Los tres se abrazaron fraternalmente.

Ya trepado en la carreta, Don Ramón agitó la mano en señal de despedida.

A lo largo del camino, el conductor iba pensando en el recibimiento que le daría su esposa y su hija en Sayula, en donde tenía que dar explicaciones. Poco habló con el hombre de la carreta, que también guardó silencio. Llegaron a tiempo a San Jerónimo.

Abordó el tren; una palmadita del garrotero en turno lo ubicó en la realidad, platicándole un rato de cosas simples, guardándose las cosas desagradables que se decían de Rosa, que de tanto ir y venir en el tren y de sus relaciones con el conductor, la gente de Juchitán le puso el sobrenombre de Rosa tren, apodo acertado que la identificó sin la menor duda. Al principio, le molestó el sobrenombre, pero con el tiempo tuvo que conformarse y aceptarlo. Rosa tren es ahora su nombre, porque así lo bautizó el pueblo.

Los aguaceros empezaron a dañar varios tramos de la vía, haciendo que el tren caminar despacio, ocasionando largas espera que inconforman a los pasajeros. Varios días pasaron así, hasta que una noche de relámpagos, el tren descarriló en despoblado cerca del paraje llamado Tolosa, reanudándose el servicio hasta el siguiente día. En esa corrida venía Rosa, que aprovechó la ausencia del conductor y la tormenta, para escabullirse hasta el último vagón en busca del oficial, su obstinado pretendiente. Allí, en el vagón de la escolta, pasó con él parte de la noche y volvió a su lugar antes de que amaneciera.

La lluvia no dejó de caer en toda la noche. En medio de la selva el tren permanecía sin moverse, velando el sueño de los viajeros.

Aunque ella tenía la seguridad de que el único testigo de lo que sucedió esa noche en el último vagón, era el centinela de la escolta, no dejó de guardar vagos temores, y tenía razón, pues entre cincuenta o más pasajeros, algunos ojos estaban abiertos, y bien pudieron seguir sus pasos desde que dejó su lugar, hasta su llegada al vagón de la escolta.

La luz del nuevo amanecer que se filtró por la ventanilla, le alentó a borra los temores. Se acicaló, y de su bolsa de mano, sacó una imagen del santo de su devoción; lo miró; luego, cerró los ojos para confesar el pecado que había cometido. El santo piadoso la volvió a purificar.

Andan los días, Rosa tren subía y bajaba del tren que había convertido en su segundo hogar.

Los años que no perdonaban, cercaron de achaques a Don Ramón, el caballeroso conductor del Tren Tehuano, días buenos y días malos, pero con el corazón encendido por el amor a la Tehuanita, a quien consideraba una fiel compañera en el ocaso de su vida. Muchas veces le pidió hacerlo padre de un hijo, pero ella sabía, por su experiencia, que no podía ser madre,, sin embargo el viejo amante guardaba esperanzas.

Pasaba el tiempo, y la Tehuanita seguía siendo noticia; chismes y verdades llegaban a oídos del conductor, que convalecía de una fiebre palúdica que venía padeciendo de tiempo atrás. Pero un día fastidiado de guardar tantos días cama, y aguijonado por la duda, decidió abordar el tren que pasaría al anochecer, en la que se suponía viajaba La Tehuanita como lo hacía los sábados. Se puso un saco largo de color azul marino, se anudo un paliacate rojo, para no perder la costumbre, empuño su lámpara de mano, y para hacer respetar su jerarquía, se puso la gorra de conductor. En su casa dejó dicho que regresaría en el primer tren del día siguiente. Con sorpresa, el tren llegó puntual, lo abordó en el momento en que sonó la campana y la maquina lanzaba los primeros chorros de vapor.

El tren ganó los primeros kilómetros, y una vez en equilibrio sobre la vía, se apagaron las luces; entonces encendió su lámpara y empezó a revisar vagón por vagón sorprendiéndose de no haberla encontrado en el lugar de siempre. Con impaciencia empezó a alumbrar rostros en los distintos vagones; pero cuál fue su sorpresa que en el último vagón, el de la escolta, alumbro a una pareja en íntimo romance. Ella aprisionada entre los brazos del oficial alcanzo alzar la cabeza, delatándose; en ese instante, el bonachón conductor, encendido por la ira, saco la pistola que traía oculta bajo su saco largo y disparó sin piedad sobre la infiel pareja; las detonaciones se escucharon en todo el tren, y luego de un lúgubre silencio, vinieron el pánico y la curiosidad. Un coro de voces anunciaba la noticia en las estaciones:

-Mataron a La Tehuanita.

Y en Juchitán la muerte de Rosa tren.

Pocos recordaban que su verdadero nombre era, Rosa Jiménez.

*Tomado del libro “Estampas de San Vicente”/Autor: Javier Meneses de Gyves/Fundación Todos por el Istmo/México, enero de 2004