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Tue, Sep

Heliodoro Charis, el general en su casa

Istmo
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Nadie se podría imaginar al general Charis en Comala, como Pedro Páramo en la novela de Juan Rulfo.

Pero fuera de la historia fantasmal del escritor mexicano, Rulfo contó a Jean Meyer, el gran historiador de la guerra cristera, que el general Heliodoro Charis Castro como encargado de zona militar de Colima y sur de Jalisco recibió con honores en Comala al general cristero Andrés Salazar.

Antes, el 24 de mayo 1928, durante el asalto sorpresa a Manzanillo, los cristeros creían ganada la batalla en importante puerto, pero sufrieron una derrota por ciertos errores tácticos: Salazar debió hacer un ataque de distracción en villa de Álvarez en la mañana, pero lo hizo por la tarde, cuando Charis ya había derrotado a los cristeros, había llegado por tren con refuerzos una hora y media después de iniciado el ataque, lo que obligó a la retirada de los rebeldes. Después de la rendición, Charis habría aconsejado a Salazar, según Rulfo, que huyera porque lo iban a matar los agraristas. Charis “se portó bien, muy bien” contó el autor del Llano en llamas.
A los mismos agraristas habría de ahuyentar, ya retirado y sin mando en Juchitán, cuando quisieron volver en ejidos las tierras de sus hombres en Álvaro Obregón. Los pistoleros de Charis, entre ellos el oscuro Federico Rasgado, habrían victimado a los campesinos que exigían sus títulos, según Víctor de la Cruz en el libro El general Charis y la pacificación del México postrevolucionario, el general se habría portado con sus hombres con la actitud del cacique: “ir a la revolución y no recibir tierras, comprarlas (con él) y no recibir los documentos de propiedad”. El general tuvo esos períodos: del soldado valiente al frente de sus hombres, el héroe que seguiría la tradición rebelde de los juchitecos contra los gobiernos injustos; luego hábil y honesto militar en las encomiendas que le dieron sus jefes: al general Álvaro Obregón le sirvió en la toma de Ocotlán durante la rebelión de Adolfo de la Huerta, incluso para combatir a los Yaquis, indios igual que él; luego al general Joaquín Amaro durante la guerra cristera y durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, cuando era jefe de zona en Querétaro en donde se enfrentó a las trampas del Gonzalo N. Santos, el célebre cacique de San Luis Potosí, quién se encargó como diputado de denigrarlo en tribuna atacando su calidad de analfabeta. Ese hecho le costaría el mando de tropa y su retiro. En Juchitán se ha escrito ya sobre sus obras para con su pueblo, y también Víctor de la Cruz se encargó de equilibrar su historia y presentarlo como un hombre con grandes virtudes pero también con ambiciones y oscuros pecados.
En esta última entrega de la entrevista con su hija, no quisimos abundar ninguno de los aspectos ya abordados, se dedicó a saber cómo era el general en su casa, en la quietud del hogar y los sucesos importantes que en ella ocurrieron.

charis2Gerardo Valdivieso.- Hablemos un poco de su papá ¿Cómo era en casa, era tranquilo?
Lugarda Charis.- Mi papá era hogareño, era muy responsable con nosotros; es mas, la mayoría de sus hijos que tuvo fuera del matrimonio estuvieron viviendo con mi mamá, estuvieron viviendo como seis: los dos primeros hijos: Evaristo y Raúl, uno de Santa Rosa: Jauri, dos de Guadalajara: Felipa y Judith, Cintia y yo, vivimos aquí en esta casa. Él le dijo a mi mamá que quería ayudarlos, iban a la escuela ya estaban grandes, sí le di dijo mi mamá que vengan a vivir aquí, ya cuando les tocó ir a estudiar a la ciudad de México ya cada quién agarró por su lado. Él nunca los desprotegió siempre vio por ellos.
G.V.- ¿Cómo era su vida en un día normal? Por ejemplo ¿qué desayunaba, qué le gustaba comer?
L. Ch.- Él como todo juchiteco no podía vivir sin la iguana, el desayuno diario del general era la iguana y los tamalitos de elote, eso era lo que desayunaba siempre. Había veces que mi mamá le preparaba chilaquiles, huevos, pero él diario quería desayunar iguana. Cuando ya estaba muy enfermo y ya no salía, si venía alguien a verlo, siempre le decía “siéntense a desayunar conmigo” y si la persona se negaba a veces decía en zapoteco “co general, ma’ hue’”, y él solía responder “cadi cayabe’ dia’ lii pa ma’ hueu’, gurí ne naa”, así era siempre, cualquiera que fuera. Él tuvo por mucho tiempo la política en sus manos por eso muchas personas lo venía a ver. Cuando hubo un conflicto por el ojo de agua entre Tlacotepec y Comitancillo, siempre venían. Venían mixes de Guevea de Humbolt, aquí los atendía e incluso aquí se dormían, le ordenaba a mi mamá que les diera de comer. El corazón lo tenía en la mano mi papá, no dejaba que otro se muriera de hambre, el bocado que era para él se lo daba a los demás. Mi mamá a veces lo regañaba porque el desayuno que era para él se lo daba a los demás. Pero ya era su costumbre de dar de comer al que viniera, si llegaban a la hora de la comida se les servía para que comieran, mi mamá ya sabía y preparaba bastante comida. Por ejemplo cuando él era senador, cuando venía de México aquí mataban una res, mandaba a traer totopos de Xadani, hasta los niños recibían totopos y la carne, les tocaba parejo. Antes no había plato desechable, en el totopo se ponía la carne para que los niños llevaran a su casa, porque antes había gente que estaba muy necesitada. Cuando llegaban los candidatos también aquí se hacía el desayuno de todos, llegué a conocer a Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortínez, López Mateos, aquí se sentaban a desayunar, era ley de que vinieran a desayunar. Antes eran puros hombres no había mujeres, ahí tengo muchas fotos en donde no aparece una sola mujer, aparecen pero sirviendo de comer. Como en la época de la revolución, él llevo a muchas mujeres pero para que les hicieran de comer, las soldaderas como se dice vulgarmente.
Cómo te repito, él era muy hogareño, cuando no tenía que salir se quedaba horas aquí en el corredor ahí tenía mi mamá una mesa grande, en un cuarto adentro donde está el tapanco descansaba a veces, pero se quedaba a dormir arriba en el cuarto de la esquina, y aquí abajo despachaba en lo que era el sindicato de los salineros. Fue muy bueno y noble, por eso yo creo que en la época de la revolución no tuvo la suerte de otros revolucionarios que fueron asesinados, él se salió a tiempo y se dedicó a la política. Sobrevivió a esa pugna que era para matarse. Él se refugiaba en Álvaro Obregón en donde repartió tierras.
G.V. Chadu contó alguna vez que vino a acompañar a su tío Juan Stubi a cantarle una canción que le había compuesto al general, y que éste lo escuchó en calzoncillos.
L. Ch.- Si es cierto, siempre andaba así en la casa, en calzones. A veces cuando mi mamá le decía que venía fulano de tal, rápido corría a ponerse el pantalón. Lo venían a visitar militares, cuando ya estaba enfermo los generales de la zona militar solían venir a verlo, a saber como estaba. Luego le decía porqué lo hiciste tan grande (la casa), era un patio enorme, él me decía: para que quepa todo Juchitán, aquí van a caber todos los juchitecos que quieran venirme a visitar.
Y sobres las anécdotas, muchas se las inventaban porque no sabía él hablar, leer ni escribir, ni mucho menos hablar el español, él hablaba muy cuatrapeado. Por eso es que se preocupó mucho por pedirle una escuela a Lázaro cárdenas, él decía: si yo soy un analfabeta que mis paisanos no lo sean. Por eso la escuela Juchitán, la Secundaria de artes y oficios lo que es hoy la Casa de la Cultura, fue que expropió cuando ya no había nada, o como dijo el padre Pancho “se apropió no expropió”, porque era parte de la iglesia, fue una especie de convento y seminario. Y también su aportación a sus soldados, cuando él compró el terreno de Alvaro Obregón les dio cada uno un terreno para su casa y un terreno para sembrar.
G.V.- ¿Cómo fue su relación con el doctor Génico que murió tan trágicamente?
L.Ch.- Él no supo que murió el doctor porque ya estaba mal, ya no entendía lo que le decían. Génico murió en enero y él se murió en abril del mismo año, mediaron tres meses. Él iba con el doctor Génico, pero el secretario de la Defensa Nacional era amigo de él, el general Agustín Olachea Avilés, siempre le decía que se tratara con médicos militares, pero él siempre iba con Génico. Pero al mismo tiempo lo veían los médicos militares como el doctor Márquez y el doctor Garrido. El doctor Márquez, que lo veía cada tercer día, lo llevó a México cuando ya estaba muy grave, él no se quería ir hasta que Génico lo convenció, “ve, yo te voy a seguir después” le dijo. El no quería estar en el hospital militar, estuvo ahí como un mes luego lo trasladaron al Hospital de Nutrición. Ahí lo fueron a ver el general Olachea y Gonzalo N. Santos.
G.V.- Pero N. Santos fue su enemigo
L.Ch.- Fue muy enemigo de él un tiempo por la misma orden que le dieron a él. Se iba a realizar un plebiscito en Querétaro, entonces el general Gonzalo N. Santos metió un tren de San Luis Potosí con gente y él no quiso: “aquí no pasa” dijo, “y por qué ese pinche indio me tiene que detener” así le dijo a él, “seré muy indio –le dijo- pero aquí no pasa” y no pasó. N. Santos lo fue a acusar. Pero después en la política se hizo muy amigo de él, incluso cuando estaba en el hospital lo quería llevar a San Diego pero ya no quisieron los médicos.