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Tue, Oct

La Laguna Encantada

Istmo
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Cerca de espinal existe un terreno que se conoce con el nombre de zopiloapan, perteneciente a algunas familias de este pueblo y de Ixtaltepec, dentro de su perímetro había desde los tiempos más remotos muchas estancias y haciendas de ganado bovino caballar mular y cabrío que alcanzaron una prosperidad admirable hasta el primer tercio del siglo pasado. La fama de sus caballos por la destreza de sus movimientos y la velocidad de sus carreras se extendió por toda la región la braveza de sus toros exhibidos en las fiestas titulares del rumbo atraía a los pueblos vecinos jubilosamente.


Además de bravos, erán inmejorables para bueyes por lo que también los preferían parecía que la naturaleza había hecho un derroche un verdadero derroche de sus tesoros. En aquellos lugares donde todo abundaba un toro grande valía mucho en aquella época.

Atraviesa el terreno un arroyo cuyo caudal ha disminuido notablemente lleva el mismo nombre que el terreno y su nacedero, es una bella Laguna llamada Laguna Encantada. La denominan así porque veían en sus aguas cosas de encanto y precisamente al encanto atribuyen las prosperidades de Aquel lugar. Dicen que con frecuencia ve y hace flotar sobre la superficie de la laguna, jicalpextles, jícaras de vivos colores, pletóricos de fragantes rosas, al mismo tiempo que salía del agua una preciosa gallina de oro acompañada de hermosos pollitos, del mismo metal. En ese instante una multitud de aves se acercaban, los pájaros gorjeaban alegremente alrededor de la laguna durante el corto tiempo de la aparición.

Si alguien se aproximaba, los objetos y los pollitos desaparecían instantáneamente absorbidos por una succión de la laguna Encantada. A medianoche se oyó un formidable bramido de un toro Barroso, Toro encantado. En ese momento, todo el ganado se reunió en Llano Grande y después se dirigía a sus corrales para ser ordenado al amanecer. El Toro encantado tenía una enorme cornamenta y causaba, también se oía con frecuencia el alegre relincho de un potro de siete colores, inmediatamente que se escuchaba el relincho, se reunía a él todo el ganado caballar de los terrenos inmediatos, muchas veces los diestros vaqueros trataron de cogerlo pero todo fue inútil, pues el animal corría y saltaba a más no poder y si lo perseguían se arrojaba a la laguna desapareciendo por completo.
Había estricta prohibición de ir a La Laguna y el arroyo los viernes a las 12 del día. Cierta vez dos muchachas del rancho más inmediato la laguna, que se había quedado solas porque sus padres se van todos los días a Llano Grande, donde se construye un ranchito, se fueron al arroyo sin recordar la prohibición. Lo hicieron un día de viernes a las 12:00, pero cuál sería su sorpresa cuando vieron en el agua a un hombre blanco y barbado que tenía sobre él, una rama que colgaba hacia el arroyo una sábana negra, llenas de espanto regresaron corriendo las muchachas y cuando volvieron la cara hacia atrás vieron que venía siguiéndolas, un sacerdote el pánico de ellas fue tanto que no se detuvieron siquiera para cerrar la puerta de la casa. Se fueron a toda carrera al rancho vecino y ahí refirieron al dueño lo que les había acontecido, el señor dijo que habían hecho mal en ir al Arroyo ese día que era viernes y así que consideró que ya pudieron haber vuelto del trabajo los familiares de las jóvenes. Las acompañó hasta la puerta de casa.

Vieron entonces que nada en lo absoluto faltaba en la casa, pero se notó que el desconocido había entrado, pues algunas cosas habían cambiado de lugar. Los familiares de ellas vieron con profunda pena aquella relación y acongojados, se arrodillaron para elevar sus oraciones al cielo, para que los librara del mal. A las 12 de la noche en la fecha de los acontecimientos, se oyó en toda la comarca un fuerte rugido que jamás se había sentido, más tarde se supo que fue producido por el desencantamiento de la laguna, formándose un gigante que de un golpe abrió una gran oquedad en un cerro cercano, ahí se encerró y ahí se haya atormentado continuamente y condenado a prisión por 1000 años por las hadas que Morán en las oscuras montañas de mazahua.
La oquedad se conoce hoy con el nombre de Cueva de Aguascalientes, las lágrimas derramadas por los grandes ojos del gigante, se han filtrado en la montaña y han formado una pequeña corriente de agua termal, lo que se llama Aguascalientes; son bastante conocidas sus propiedades medicinales y en primavera de cada año son visitadas por las personas que padecen de reumatismo y enfermedades de la piel.

Los Rancheros que cada 31 de diciembre a las 12 de la noche se oye un espantoso alarido del gigante pidiendo perdón a las hadas de mazahui. Desde que ocurrió el fenómeno ya no aparecieron los colores floridos de la laguna y la gallina de oro con sus pollitos. Ya no se oyó la algarabía, jamás se volvió a oír el tremendo bramido del Toro Barroso, ni se vieron sus enormes cornamentas, el caballo de siete colores ya no volvió a relinchar, pero lo más grave del caso es que desde aquel desgraciado suceso, la prosperidad de aquella región privilegiada fue disminuyendo con rapidez y todo fue tomando aspecto de agotamiento, muchos de sus frondosos árboles se secan: mameyes, zapotes, guayabas, madres de agua.

Ya no pululan entre sus ramajes, los faroleros guacamayos ni los gigantes monos de larga Cola y de bigotes blondos, el ganado se volvió cimarrón y sólo a tiro de fusil lo cogían, el arroyo que antes no se secaba, únicamente tiene agua en la temporada de lluvia. Cuentan que en el rancho más cercano de la laguna, donde vivían los jóvenes que ocasionaron el desencantamiento, había un mozo misterioso que manejaba el ganado, cual si fuese rebaño de ovejas y generalmente campeaba de noche y se llamaba Juan Pedro.

Hacía 50 años que se había presentado en la que el rancho diciendo que era de Ciudad Real, no tenía más que un tosco violín de madera fina, era de cuerpo bajo de color cetrino, ojos pequeños y apacibles y de pocas palabras. Todas las noches después de su frugal cena, sacaba un tosco violín y tocaba suavemente canturreando décimas, o sones de cantar, como él decía. Otras veces iba de visita a la casa vecina donde le regalaban cigarros olorosos, qué tanto le agradaban, decía que ya tenía 150 años de edad. Después de los acontecimientos relatados Juan Pedro se tornó más silencioso que antes, ya no tocó su tosco instrumento y una tarde lluviosa se fue hacia el Oriente para no regresar nunca.