03
Wed, Jun

Convite floral y regada de frutas

Istmo
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En la casa del mayordomo se reúne toda clase de público. Todos llevan sus pequeñas aportaciones y reciben un exquisito y sabroso buppu (espuma), una bebida que se hace con flores secas de guiexhuuba, caco, panela, otros ingredientes y atole blanco. Se sirve en un a jícara nueva de morro. La historia cuenta que Moctezuma II hacía de ella su bebida predilecta.

Las carretas que han de participar en el convite se acercan desde la mañana a la casa del mayordomo y las adornan las muchachas del barrio con arbolitos de plátano, flores frescas de coyol y con verdes palmas de sauce. Las ruedas se pintan de blanco y sobre ellas se ponen leyendas alusivas, como, “Viva san Vicente Ferrer”, “Viva la Vela Grande”, etc.
A las tres de la tarde llega el niño capitán de las fiestas acompañado de sus charros. A las tres y media se anuncia la soberbia capitana, acompañada de bellas muchachas, ataviadas con sus trajes bordados, luciendo sus ricas alhajas de oro. A las cuatro se presentan los pescadores, precedidos por un trío de música regional, compuesto de flauta, tambor y carapacho de tortuga, que se toca con un cuerno de venado.

Después de haber tomado los pescadores su chocolate con pan, principia el animadísimo convite con un desfile que se ordena de esta forma: despuntando una veintena de carretas enfloradas, y tiradas por pacientes bueyes que llevan adornos en el cuello y en las astas, cadenas y flores de papel. En algunas de las carretas van los fuegos artificiales, cohetones de luz, arbolitos y castillos de mucho costo, que han de ser quemados a la hora de la misa y después de la consagración. En las otras van las muchachas y las señoras jóvenes, también luciendo sus alhajas y trajes. En el trayecto van tirando y repartiendo frutas, dulces y juguetes. Sigue la música autóctona regional, que equivale a la chirimía y al teponaxtle de los aztecas con el agregado de su carapacho de tortuga, tocando resonante marcha aborigen, como Beere lucaandá (ave miope llamado correcaminos) o cualquiera otra marcha semejante. Luego, siguen cincuenta hombres del pueblo marchando de ocho en fondo más o menos. Unos llevan grandes cirios; otros fragantes macetones de flores de coyol que aroman el ambiente. Sigue la banda de música tocando otra marcha. Después el elegante carro alegórico en que va la reina de las fiestas primaverales con su corte de honor y más carros alegóricos repletos de lindas muchachas que van tirando frutas.

La capitana de las fiestas lleva primorosa bandera de seda extendida, en la que va impresa o bordada una leyenda alusiva y la imagen del santo que se festeja así como el nombre de ella. La acompañan todas sus muchachas festivas en formación de ocho de fondo, luciendo trajes de variados dibujos bordados primorosamente, con los blancos holanes plisados y tiesamente blanqueados con almidón, faldas que van crujiendo y barriendo el suelo como el murmullo de la palmera impelida por suave brisa. Se ponen en la cabeza hermosos jicalpextles sostenidos en equilibrio, llenos de fruta, dulces, juguetes y de banderas de papel. Algunos de los jicalpextles van adornados con pequeños globos de colores, que se columpian al capricho del viento. Las señoras jóvenes, alineadas también, llevan lujosos floreros, azucenas, nardos plantas con hojas de colores, que han de servir para el adorno del altar a la hora de la misa. Sigue el niño capitán de la fiesta, luciendo su bandera también, acompañados de sus charros, quienes van marcando el paso de sus corceles. Sigue el grupo de las muchachas del pueblo, limpiamente vestidas con ropa sencilla, representando la parte más autóctona.

Por último, termina la comitiva con un centenar de pescadores, que tienden diestramente sus atarrayas sobre los grupos que van en el convite y sobre la gente que presencia el desfile, que se agrupa a la orilla de la calle. En algunas ocasiones, el aventar de las atarrayas es tan nutrido por la mucha alegría que reina que los atarrayeros se pescan entre sí., pero gracias a su rara habilidad en el manejo de esta red nunca se enredan. Recogen sus atarrayas y continúan su marcha para ir pescando más, mientras la gente que quiere ser pescada permanece esperando a los nuevos atarrayeros que se vienen sucediendo, para lograr sentir las caricias de las blancas redes de hilaza. Las muchachas apasionadas en esas redes, recuerdan a la princesa de la leyenda que las convierte en nubes blancas cayendo una tras otra en el mar, satisfechas de su amor, porque ya saben que han de ser elegidas como esposas por el galán que las espera dentro del agua.
Las orillas de las calles que recorre el desfile se inundan de espectadores del pueblo, de todas las edades, porque a él concurren visitantes hasta de los pueblos vecinos.

Después de recorrer el convite las principales calles de la ciudad, se encamina al templo de San Vicente Ferrer, en donde se dejan las flores, los cirios, los floreros, los fuegos artificiales, las verdes ramas que venían adornando las carretas para la preparación de la misa. Las carretas, ya desmanteladas, se regresan a las casas; pero los carros alegóricos, el niño capitán, la capitana y la concurrencia, se dirigen de pues al Palacio Municipal y desde sus balcones empiezan a arrojar frutas, dulces y juguetes al pueblo que se encuentra amontonado abajo. Suele suceder que esto se inicie desde las torres del templo y en el trayecto por los que han ido montados a caballo.

¡Cuánta alegría, regocijo, satisfacción y contento se nota por todas partes durante esta festividad! A San Vicente Ferrer le han ido a ofrecer en esta ocasión, con adoración, lo obtenido de la agricultura, proponiéndose, como resultado de la armonía de su catolicismo pueblerino estar más unidos, ser más sociables, pero ante la vista del observador desfila un espectáculo de verdadera leyenda, que se graba por mucho tiempo en el recuerdo.

 

Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec. Gilberto Orozco. Revista musical mexicana 1946. Pp 106 -109