01
Thu, Oct

Na Pancha...Una Historia de vida (1ra. parte)

Istmo
Typography

1ra. Parte::..

“Yo ni conocí a mi abuelita, mi mamá no hacía tortilla, yo na más fui aprender ontá mi prima a hacer tortilla, desde los 8 años le dije que quería aprender y entonces empecé haciendo unas tortillas chiquitas para tacos, que entregaban en el centro. Al principio se pegaba la tortilla o se quemaba mi mano, ya cuando vi cómo lo hacían y volteaban la tortilla fue que le dije a mi mamá que me ayudara porque quería ser tortillera y hacerlas en la casa”.



Con una sonrisa pícara, sin saber leer ni escribir y sin pelos en la lengua, Francisca Hernández Osorio, Na Pancha, a sus 72 años, oriunda del Barrio de Santa Cruz Tagolaba, de Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca, tortillera por vocación, nos transporta a los años 50 del siglo pasado de este mítico barrio, donde madres de familia, niñas y jóvenes encontraron en las tortillas hechas a mano una fuente de ingreso y sustento para sus familias. Ingenieros, doctores y arquitectos, son hoy algunos resultados del esfuerzo de la venta de este producto.

En el patio de su hija Teodora, donde se encuentran festejando a uno de sus nietos, Na Pancha llega asomándose por la ventana y diciendo a los presentes “qué milagro!”, como dando a entender que nadie llega a visitarla a menos que haya un festejo, entra sonriente y luego luego toma asiento en el comedor improvisado en el patio de la mamá del festejado, donde se saborea un delicioso pollo horneado, con espagueti, sin faltar el agua de limón e irónicamente acompañado con tortillas de “máquina”.

Sirven la primer ronda de alimentos, Na Pancha con pena pide un poco más de espagueti, pero evitando comer el pollo, en esos momentos su hija comenta en voz alta para que los presentes escuchen “Ya te dijo el doctor que tienes que comer”, a lo que ella sonríe pícaramente contestando, “ya subí 5 kilos pesaba 40 ahora peso 45”. Na Panchita, quien en sus años mozos llegó a pesar hasta 67 kilos.

Na Pancha se levanta y se sienta en una orilla del patio de la casa, cerca de una ventana donde el aire refrescante entra. Se pone nerviosa cuando nota que acercamos una silla a su lado y sacamos la grabadora, rápidamente se cubre la boca con la mano derecha y entre los dedos se alcanza a escuchar “¿qué me vas a preguntar, pues?”, a lo que le contestamos que sólo queremos que nos platique un poco de su vida como tortillera. Entonces se sienta erguida, se acomoda la falda y disimuladamente se arregla los cabellos pensando que sería videograbada o fotografiada.

Con el pasar de los minutos empieza a “soltarse”, contándonos de su incursión a tan noble oficio. “En tan sólo seis meses aprendí a hacer tortillas, ya fue que le dije a mi mamá que me gustaría trabajar de eso, y mi mamá me preguntó ¿y quién lo va ir a vender?
-Pues yo quién más
-¿Tú? Lo bueno que estás altota para ir a vender” –y se burla de ella que actualmente no rebasa el metro y medio de estatura.
-Voy a probar má, voy a empezar con 10 litros de maíz.
-¿Vas a acabar esos 10 litros?
-Sí, ma, lo voy acabar pues.
Ahí despertó su espíritu emprendedor, aprovechando que su mamá contaba en casa con un tenate de petate, al cual le colocaba papel en el fondo. Con eso dio inicio a su larga travesía en la venta de tortillas.

Tortillas A Mano Tehuantepec
A los 10 años y desde las 5 de la mañana, Na Pancha ya caminaba todo los días por las polvorientas calles de Santa Cruz Tagolaba, hacia el centro de Tehuantepec, a vender sus tortillas, escoltada por el cantar de los gallos anunciando que es hora de trabajar. Nunca olvidándose de los demás, pues al final de su jornada y ya para cerrar la canasta, Na Pancha dejaba una bolita de masa al último con la cual hacía tortillas exclusivamente para su mamá y su tía, para el desayuno.

A la hechura de tortillas se sumó su sobrina Juliana, quien vivía a un lado de su casa. Todos los días, hacia las 12 de la noche se disponían a poner agua para preparar el café y empezar a moler el maíz para elaborar las tortillas. Dos años más tarde ya preparaba 20 litros de maíz y su sobrina 15. Esta última decía siempre que hacía más “suave”, es decir más lentamente las tortillas.

Viene a su mente esos años donde solamente había una tortillería en Santa Cruz.
“Como antes se vendía la tortilla, apenas llegábamos al centro y destapábamos la canasta y las tortillas se iban volando en 10 centavos cada pieza o 3 tortillas por 25 centavos”. “ya valimos, ya salió otro pedazito de dinero, cuchicheábamos entre mi prima y yo”, dice, refiriéndose a que habían tenido una venta excelente.

En esos días, el tío de Na Pancha sembraba por el Canal 8, él le había ofrecido la venta de maíz por costal, desde su escasa experiencia comercial, pero con gran olfato por hacer negocio, condicionó al tío para que le diera la posibilidad de trabajar el maíz y pagarlo en una semana. A pesar de la resistencia de su madre, por la responsabilidad que aquello implicaba para una niña, se dan los primeros tratos comerciales.
“Ten mamá, voy a rejuntar este dinero, traía yo comida, azúcar, pan, café y este es para el maíz y la leña”, decía y contaba al tiempo de encomendarle a su madre el pago de los insumos.

“Es más te voy ayudar mija, te voy a traer leña, aunque sea de esa leña puto de la milpa”, me dijo mi tío.
A lo que no podía faltar la pregunta obligada de la niña Pancha: ¿porqué Leña Puto?
-Porque es de la milpa, no es del monte, en el monte se da la leña maciza que se corta con hacha.
“Es como la comida puta, no es de mujer, la comida puta, decía mi madre, es la que venden en el mercado, que ya está hecha, ¿cómo vas a comprar comida hecha? vas hacer o vas a traer para hacer, esa es comida”, recuerda con una amplia sonrisa las palabras de su madre.

Llevada por la nostalgia, continúa su relato.
“En ese tiempo, casi toda la gente de Santa Cruz iba a vender, pero quienes molían de madrugada eran Juliana, mi prima trini la que ya murió y otras más.
“Había quienes se iban a las cuatro y media de la mañana, también molían las de la familia Avendaño, casi toda las familias tenían a alguien que molía, yo era la más chica con mi sobrina en ese tiempo.
“Al llegar al centro ya estaban vendiendo, mi prima Hilaria y Fernandina; ellas decían que eran las dueñas del mercado; por eso, si veíamos que ya llegaron, nos pasábamos de largo y nos íbamos para el barrio de Guichivere”.

En esos años, “la gente de Guichivere molía una bandejita, cinco o seis pesos, en cambio nosotras llevábamos el canasto, gracias a Dios siempre vendimos todo, cuando pasabamos de regreso por el mercado nos preguntaban ¿adónde fueron? siempre decíamos que habíamos ido a entregar tortillas para una fiesta o misa de muerto, si dijéramos la verdad se hubieran llenado allá y nosotras ya no venderiamos, le decía a mi sobrina, si ellas son dueñas del mercado nosotras vamos a ser dueñas de Guichivere”

Continuará..