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Sat, Oct

La muerte entre los zapotecas. Una lectura

Istmo
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En estas fechas no sólo se recuerda a los difuntos sino que, para muchos pueblos y familias enteras, se convive, literalmente, con ellos.

No son días festivos, en el sentido coloquial del término. Son, más bien, días sagrados; porque, de alguna manera, ellos vuelven. ¿De dónde? "Del lugar de los muertos". Llámesele al gusto de cada quién: cielo, paraíso, inframundo, más allá...

Dicen que los zapotecas, al morir, no dejamos de existir. Tan sólo emprendemos un viaje a otro destino. Dicha travesía tiene sus tiempos y altibajos. Por eso, cuando alguien ha fallecido pocas semanas antes de Día de Muertos, no se le hace ofrenda. Explican nuestros mayores que la persona apenas va de ida hacia donde acuden todos los seres al morir. "Todavía no llega", argumentan; por tanto, todavía no pueden volver. ¿Qué caso tiene organizar rezos y poner altares para un recién fallecido? Ninguno, según nuestras creencias, anteriores a la llegada de los primeros misioneros e, inclusive, a los tiempos en que el Nazareno caminó en Palestina.

La muerte para los binnizá es un momento más de la existencia. Es como nacer o reproducirse; es parte del gran ciclo en nuestra nación originaria. A su modo, las creencias y rituales milenarios perviven en nuestros corazones, a pesar de las cruces y de la Biblia e, inclusive, en armonía con dichos símbolos. Y no es malo. Cada pueblo entiende el ocaso a su manera. Allá de los hebreos y japoneses; allá de los musulmanes y nórdicos; allá de los tártaros y chinos; allá de las personas de las cientos, variadas y respetables religiones... para la gente de las nubes morir y, sobre todo, volver durante los primeros años después de fallecido es todo un acontecimiento que ningún disfraz ni fiesta puede igualar.

Dígasenos paganos, si gustan. Llámesenos ignorantes, si prefieren. Pero durante estos días en la patria zapoteca habrán resucitado las almas, a su manera. Deambularán por las calles y visitarán domicilios de familiares y amigos. Dichosos de quienes disfruten de los manjares que sus parientes les faciliten. Mi madre tendrá a su disposición frutas, chocolate, pan, tamales y, por supuesto, sus garnachas. Los abuelos y demás ancestros gozarán, asimismo, de los alimentos que con mucho respeto les ofrendaremos, porque, como nos enseñaron desde que éramos niños, estos son días especiales y más vale que nuestros mayores se alimenten adecuadamente, para que regresen contentos y felices a la morada que algún día también habitaremos.