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Sat, Oct

Los rebeldes

Istmo
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De jovencito mi tío Miguel Martínez trabajo en algunos ranchos ganaderos, ayudando en la ordena y otros menesteres, me platico que una mañana acababan de ordeñar en el rancho de Táa Petu Máacu, abrieron el corral para soltar a las vacas, sigilosamente se presentaron unos 14 hombres a pie, saludaron a Táa Petu y a sus hijos Táa Lope y Táa Franco, los hombres mayores que estaban presente en ese momento; las señoras inmediatamente se pusieron a preparar la comida (cayúunica’a guenda róo) y las jovencitas se escondieron (bicáachi luu cáa) después de comer descansaron (bísii láadxi cáa) un rato luego se bañaron, (gúuze cáa) siempre dejando dos hombres de guardia, uno se subía a un árbol desde donde se podía apreciar a lo lejos cualquier indicio de presencia del enemigo, y el otro daba vueltas al corral.

Táa Lope le dijo en voz baja (cháahui gáa) a mi tío que eran rebeldes, que de vez en cuando se presentaban en los ranchos y que había que darles lo que necesitaban para tranquilidad de los propietarios; aunque parecían inofensivos en los morrales traían armas ( néeca guíiba) esto sucedió en el año 1939, época de mucha efervescencia política; la Revolución había terminado y surgían las definiciones nacionalistas en todas partes.

Cada grupo o fracción se declaraba revolucionario y desde su particular punto de vista luchaba por llevar al terreno de los hechos los postulados de la Constitución de 1917. Unión Hidalgo era reflejo de lo que pasaba en Juchitán, porque de esta ciudad se recibía la información de acuerdo con la corriente partidaria a que se perteneciera, había dos partidos políticos: el verde y el rojo.

Don Ernesto Santos y don Ponciano Martínez se habían postulado para la presidencia municipal, resultando electo el señor Santos. Fueron elecciones muy peleadas, no solo dese el punto de vista político sino fiscalmente, constantemente había enfrentamientos entre los partidarios de uno y de otro: por ello fue perseguido Ponciano Martínez, quien tuvo que huir al monte con un grupo de leales seguidores; solo de noche y ocasionalmente podían visitar a familiares y amigos.

Fue el grupo encabezado por Chano el que llego en esa ocasión a rancho de Táa Petu. Ya para retirarse, después de haber descansado un rato, Chano ordenó que cada uno de sus hombres hiciera un pequeño itacate; no abusaban porque no eran ladrones, luchaban de acuerdo a sus propios ideales revolucionarios y solo mataban al enemigo en caso extremo: de repente se robaban una muchacha para alguno de ellos que quería casarse, aunque la muchacha no fuera su novia.

Estaban terminado de limpiar (cusiáa) todo indicio de presencia de persona extraña al rancho cuando Táa Lope llamó (Gulíidxi) a mi tío Miguel para pedirle que alcanzara a los rebeldes porque olvidaron un morral muy pesado; Chicu Yan (Francisco hijo de Julián) era el encargado del moral de parque, lo olvido (bisiáanda) en el lugar donde durmieron; para suerte de mi tío no habían caminado ni un kilómetro, además se habían parado precisamente porque se percataron del olvido, del tal manera que cuando vieron a mi tío acercarse con mucho trabajo por el peso de las municiones, Chano dejo de gritar del coraje que tenía, Chicu Yan también gritaba pero de dolor, ya que lo habían amarrado desnudo sobre un hormiguero (líidxi bíiri) y bajo un sol ardiente (gubíidxa ndáa) de 40 grados centigrados.

En ese momento ordenó Chano que lo soltaran, diciéndole que agradeciera al muchacho que les llevo el parque, de otra manera ahí se iba a quedar hasta que lo consumieran las hormigas, porque -dijo – “no iba a gastar una bala en él”.

De regreso al rancho mi tío se enteró que acabando de salir (ráa biree) él, llego la policía municipal, unos 20 hombres encabezados por Táa Steba Lipe (Esteban hijo de Felipe), preguntaron por los rebeldes pero nadie les dio razón de que los habían visto, a pesar de que tenían amenazados a los propietarios de ranchos de llevarlo presos si ayudaban a los rebeldes.

Uno de los policías checo las huellas y dijo que se habían ido hacia el sur, cuando en realidad los rebeldes se habían dirigido hacia el norte a un paraje llamado Portillo de Caoba. Lo que paso fue que se habían amarrado los huaraches al revés precisamente para despistar a sus seguidores.

Ponciano Martínez fue muy persistente en su cometido, a escondidas mantuvo contacto con sus partidarios, quienes hicieron campaña a su favor, logrando la mayoría de votos para que su candidato ocupara la presidencia municipal del año siguiente (1940).

*Tomado del libro Ranchu Gubiña/Autor: Manuel Martínez Sánchez/Editorial: Italgraf S.A. de C.V./Octubre 2002