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Fri, Sep

La triste historia de Anastasio muxe huíini o “ La dulce shunca”.

Istmo
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Del desprecio al orgullo por el hijo en condiciones inesperadas.


Dijeron los que vieron y vivieron tales acontecimientos en el barrio saltillo, allá a fines del año cincuenta, que Anastasio Cruz y su esposa Teófila de la Paz; a pesar de sus difíciles condiciones económicas, acordaron tener cinco hijos. Apolinar era un fuerte y tosco hombre del campo, muy dado a las copas de mezcal, algunas veces mezclado con bebida dulce, y por lo general acompañado con pedazos de limón y sal, como para los hombres, como fueron sus afirmaciones para justificar su preferencia por el preciado líquido derivado del agave. Las duras tareas del campo moldearon el cuerpo de Anastasio convirtiéndolo en un barón musculoso, y aprovechando sus habilidades para los “porrazos”, constantemente retaba a cualquiera que se le atravesara en su camino, cuando las cuantiosas copas de mezcal cumplían sus funciones. Según lo contado por los que lo conocieron, no hubo quien aceptara los retos de Anastasio, y quizá por tales sensaciones de frustración, el hombre se desquitaba insultando a la esposa y a los hijos, tres veces por semana durante largos años.

Cumpliendo con lo planeado, Teófila dio a luz a una niña, a quien le pusieron el nombre de Eduviges, mismo nombre de la madre de Apolinar; a los siguientes dos años nació Crisóforo, nombre similar al del padre de Teófila; después llegó al mundo Vicente, quien nació en la fecha cuando se conmemora el natalicio de San Vicente Ferrer; del tercer parto llegó Antonio, nacido el trece de Junio; después vino Soledad, nombre dado en honor la virgen de la Soledad. A los cuarenta días de nacida la última hija, la pareja dispuso que, si en el quinto parto resultaba niña, llevará el nombre de su madre, y si es niño, se llamará Anastasio como su padre.
En el cumpleaños número quince de Soledad, Teófila trajo al mundo a un niño; ante tal acontecimiento, Anastasio brincaba de alegría al pensar que el recién nacido llevaría su nombre. Cuando el pequeño Anastasio cumplió los tres años de edad, el padre notaba algo extraño en el comportamiento del niño, sobre todo, por sus preferencias en juguetes para niñas, inclusive en su manera de andar y hablar. La madre ya había notado con anterioridad el comportamiento de la criatura, pero dada la actitud machista del marido, no se atrevía a platicar con él sobre el tema; su intuición de mujer y madre, la daba la certeza de que desde su nacimiento, el niño por naturaleza había nacido con las dos cualidades que identifican a los seres humanos; es decir, en su estructura física se identifica como masculino, pero en corazón y espíritu, la carga hormonal femenina supera en mucho al masculino.
El padre del niño, pensaba que con tratos agresivos y golpes podían modificar el poder da la naturaleza. En aquellos años, la educación preprimaria, no existía para muchas familias, sobre todo, en el ámbito de las familias campesinas. Anastasio llevaba al niño al campo y con acciones agresivas trataba de imponerle los duros quehaceres, el infante con lágrimas se esforzaba por cumplir las violentas órdenes del padre, pero todo resultaba inútil, porque su naturaleza se negaba a cumplir tales labores. El padre finalmente se desistió de llevar al niño a las actividades del campo; pero no así, su desprecio y casi odio indebido por la condición del niño. Durante parte de la niñez, adolescencia y juventud de Anastasio, el padre le retiró la palabra a su hijo, para él, es como si nunca hubiera nacido el quinto ser humano.
Ante los desprecios y a veces agresiones del padre, Anastasio encontraba grandes consuelos y comprensiones en su madre y en sus sinceros y apreciables amigos del gremio de las “Intrépidas buscadoras del peligro”, quienes por cierto le otorgaron su nombre de distinción como “La Dulce Shunca”, por ser el último hijo. Con el apoyo de su madre, Anastasio pudo concluir su educación primaria, las imperantes necesidades económicas lo obligaron a ayudar a su madre en la elaboración y venta de totopos, razón por la que ya no pudo continuar con la educación secundaria; en sus ratos libres y a escondidas, aprendió corte y confección, algo de cultura y belleza, adornos de salas para fiestas, elaboración de piñatas, y preparación de una gran variedad de comidas típicas de la región. Con la anuencia de su madre, Anastasio, se dedicó a las actividades que aprendió a la perfección; sobre los ingresos percibidos, solamente le informaba a su madre.
muxe huiini juchitan
Tal vez por los maltratos recibidos por parte de su padre durante muchos años, Anastasio hablaba poco, y a pesar de los deseos que tenía por vestirse con prendas femeninas, como muchos de sus amigos de las intrépidas, para evitar mayores problemas con su padre, evitó tales mandatos de sus deseos, salvo en ocasiones especiales y en lugares discretos. Al paso de los años, las hermanas se casaron, una con un albañil y la otra con un campesino, los dos muy dados a beber mezcal como el suegro; los dos hermanos también se casaron, el primero aprendió el oficio de carpintero y el otro aprendió albañilería; todos ellos bastante limitados en recursos económicos, sobre todo, por la costumbre de gastarse los pocos centavos en fiestas innecesarias.
Teófila tenía más de setenta y dos años, cuando el médico le diagnosticó apendicitis y que requería de una pronta intervención quirúrgica, ante tal situación, el padre mandó traer a los dos hijos con sus esposas y, las dos hijas con sus maridos para exponerles la gravedad del problema, y solicitarles ayuda económica. En la reunión familiar, el padre de ellos dijo lo que tenía que decirles, todos ellos atentos, cuando escucharon lo relativo a la necesidad de la ayuda económica, se miraron unos a otros y se quedaron callados, pues dadas sus condiciones de pobreza, nadie estaba en posibilidad de ofrecer un peso siquiera. El joven Anastasio, ya conocido como “La Dulce Shunca”, como siempre apartado y discriminado, parado en la puerta de la casa, escuchaba y veía lo que ocurría, al ver que nadie daba respuesta positiva a la petición del padre, con voz cortada y apenado, preguntó sobre la cantidad que se requería para pagarle al médico, Anastasio padre, después de tanto tiempo de no dirigirle la palabra, con voz agresiva y Tal vez pensando que saliá sobrando la pregunta, respondió:¡¡van a ser tres mil pasos porqué!!.., La dulce shunca no dijo nada, entró a su cuarto y en menos de dos minutos regresó, se acercó a la mesita y puso un paliacate rojo que contenía monedas y billetes, y les dijo, aquí están los tres mil pesos. Todos quedaron sorprendidos, el padre de ellos no sabía que decir, casi llorando y con voz entrecortada, exclamó…¡¡mejor hubiera sido que todos fueran muxes…miren quien vino a resolver el grave problema de su madre!!...
La operación fue un éxito, Teófila se recuperó; a partir de aquel instante y de aquella sorpresa, todo cambió para el padre y la Dulce Shunca. Desde esa fecha, Anastasio Cruz, sobrio o pasado en copas de mezcal, gritaba para que todos escucharan que tiene un hijo Muxe, y que se sentía muy orgulloso de él.
Al cumplir sus 25 años de edad, La Dulce Shunca, organizó una fiesta, con la enorme sorpresa de que su padre bailó con ella el vals “morir por tu amor”, ella vestida con traje regional y él de guayabera blanca y pantalón negro.
Esa fue la historia de La Dulce Shunca del barrio de la novena sección o saltillo, un ejemplo de nobleza, dedicación y esfuerzo laboral para vivir con dignidad.