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Fri, Sep

Heliodoro Charis Castro

Istmo
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Quiero contar una historia, de esas que hacen pensar en la misteriosa identidad del hombre, en donde quiera que haya nacido y en cualquier tiempo. Me la refirió un hombre de pueblo, con lo cual quiero decir que es veraz, que tiene una sabiduría de siglos, no aprendida en libros, sino de oídas.


Fue soldado de la revolución mexicana, desde niño casi; alcanzo hasta el grado de Mayor. En la guerra aprendió a leer, mejoró su lengua española. Su nombre, Víctor Jiménez Moro, o Víctor Moro, porque es cosa que muchos saben, los hombres de mi tierra prefieren llevar el apellido materno que el del padre.
Sucedió, pues, que yo tenia que decir un discurso en honor del General Heliodoro charis, muerto en Juchitán, hace cerca de cuatro año: el domingo 26 de Abril de 1964. Mucho se sabía de su vida de soldado, de su extraordinario valor, de sus ocurrencias agudas, de sus glorias militares, en fin: más nada cierto de sus infancias, si se puede decir así, como Garcilazo el Inca dijo niñeces: más su leyenda y su mitología sabía: el hombre de las grandes hazañas acredito que se contaran de el cosas que si no ocurrieron bien pudieron, dadas las que sí realizó.
Y yo quise hablar con alguno de sus contemporáneos, de sus compañeros de armas, de los de su barrio, aquellos que lo conocieron cuando cazador, después que de niño de trece años, empuño las armas. Quien más sabía de esas cosas, para mejor decirlo es el ochentón Víctor Moro, quien me refirió sucesos no solo de la vida de Charis, sino del pueblo, de los días inmediatos a la revolución de 1910.
El pueblo era aún muy chico, aún más supersticioso, pendiente siempre de relacionar los sucesos cotidianos con calamidades colectivas, con epidemias, con pobrezas, con trastornos de la vida. La mujer descarnada que anuncia el cólera y las viruelas: el cometa, nuncio de la guerra; esos ruidos nocturnos que producen un trozo de madera que recorre una cerca despareja a efecto que simule disparo, señar de que esta próxima una contienda civil.
El canto de los alcaravanes, del búho, de la lechuza, de ese pájaro que corta con ta tijera del pico una tela durante la noche de donde su nombre: Cortamortajas. La voz del “llamanorte”, ave agorera de la que ya habla Fray Juan de Cordova, a quien Moro ignora.
Todo un pasado presente me contó. En ese ambiente Heliodoro Charis y Víctor Moro.

Y entonces mi informante llego a donde yo quiero llegar ahora: a los tiempos en que Charis se levanto en armas, se echó al monte, lanzó un Plan, amagó y tomó pueblos por asalto, a veces en pleno día. Todavía hoy, a medio siglo de distancia, oigo vivas y las mueras que lanzaban sus soldados, el ruido de los huaraches por las calles, el relincho y el tropel de sus caballos. La ficción y la verdad juntas, gemelas.
Heliodoro Charis fue hasta el día en que se levantó en armas, un cazador de iguanas, de armadillos, de venados, de chachalacas. Un cazador que se dio el lujo de no dispararle a las piezas sino en pleno vuelo, en plena carrera. Charis tenía tres perros de caza. Con ellos se fue al monte cuando rebelde. Ya no cazaba. Ahora se alimentaban de las reses que tenían a las manos. Ya no andaban a pie, sino a caballo. A la cabecera del amo dormían los perros, celosos guardianes, suyos.
Al triunfar el Plan de Agua Prieta, Heliodoro Charis vino a la ciudad de México, a conocer a los jefes del movimiento. Y aquel grado de General que el mismo se había otorgado, le fue reconocido y ratificado. El águila de plata era de oro, cuando volvió a Juchitán. El calzón blanco, los huaraches, el sombrero de palma, se trocaron en uniforme de fino paño, en zapatos y botas de montar relucientes, las fornituras de charol, la pistola al cinto, nuevecita, tornasolando la botonadura como de oro. Si corpulento fue, entonces lo era más, o lo parecía.
Así volvió a casa, a su barrio, cuando lo vieron llegar, dos de sus perros salieron a ladrarlo, como asustado. No así el más viejo, echado a la sombra levanto la cabeza y las orejas. Luego se puso de pie, movió la cola, que es su manera de halagar y sonreír, y se acercó a su amo, quien al verlo lloro.
Entonces la negra se apodero del perro, después que tornara a ver a su amo, al tercer año de su partida.
¿No es el hombre igual en todas partes y en todos los tiempos?
Jueves 28 de Diciembre de 1967

Tomado del libro: Recuento de una historia - Heliodoro Charis Castro / Margarita Altamirano (Compilación) 2008