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Wed, Nov

Noticias del temblor 2 (Los fieles difuntos)

Istmo
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Francisca y Argelia tienen la misma edad, poco más de cuarenta años. En el centro de Juchitán, se afanan por vender lo que la vida les ha destinado.

Sonriente, desde su rostro claro que se ilumina ante los “panes de muerto”, Francisca de Díaz muestra su oferta: cruces, panes alargados con una carita incrustada, pan de yema –con o sin carita. Pero sobre todo enseña un buen ánimo, unas ganas enormes por “salir adelante”, para sacar al hijo que estudia allá en Xalapa un diplomado que algo tiene qué ver con prótesis y artículos para gente que ha perdido alguna extremidad, un brazo, una pierna.
No hay tiempo para quejarse –explica- la necesidad empuja, tenemos obligaciones. Aunque con miedo, nos metemos a la cocina, encendemos el horno y a trabajar.
Frente al palacio municipal que muestra el coletazo brutal del siete de septiembre, un vacío donde antes había tres o cuatro de los treinta y un arcos del edificio diseñado por el italiano Esteban Ciotti, a fines del siglo diecinueve, la joven repostera platica:
-No, no es igual que antes del temblor, pero nos vamos recuperando, ya estamos de nuevo haciendo el bulto con cuarenta y cuatro kilos de harina, aunque se vende un poco lento. Nosotros empezamos a hacer pan apenas tres días después del terremoto, lo bueno es que tenemos horno industrial, porque casi todas las amigas que tenían horno artesanal, se les cayó, la mayoría todavía no se recupera. No es fácil. Comenzamos con poquito, pero ya trabajamos otra vez el bulto completo.
Se le pregunta si está vendiendo la cantidad usual de años anteriores. La contestación es una sílaba larga, larga, “noooo”. Agita las manos, más para ahuyentar recuerdos que para dispersar inexistentes moscas. Llama a una posible compradora con un prístino zapoteco que le brinca sobre la lengua, hace eco en el paladar y sale:
-Qué vas a llevar, mamá. Tengo pan de yema sabroso, ven vas a probar, cuál quieres.
Y sigue explicando.
-Poca gente vino a vender ahora, poca flor, poca fruta. Para qué, si saben que no va salir el producto. No hay dinero, además, no hay casa para hacer el altar, la ofrenda para los muertitos. Van a poner unas pocas cosas sobre una mesa, sin los escalones de antes, con toda esa flor, esa fruta, los panes, los tallos de plátano. ¿Caña? creo que ni siquiera lo trajeron ahora. Está triste todo, por el temblor. Por la novena sección, allá detrás del río, ni se escucha de velorio o que van a poner altar, si acaso un rezo nomás. Qué le vamos a hacer, pero tenemos que seguir luchando, lo bueno es que tenemos vida.
FielesDifuntos2
“Ven, pues, qué vas a llevar”, recomienza Francisca el llamado. Alrededor, el movimiento en este parque central habilitado para el comercio de las locatarias, luego de que el mercado sufriera daños por el sismo, el movimiento –digo- no es mayor que en los días previos, no hay el barullo, las prisas por alcanzar lo mejor de la fresca mercancía, o las veladoras, los sencillos candelabros de hojalata, las calaveritas de azúcar. No, no hay el entusiasmo de las juchitecas por vender, por comprar, por conversar en torno al precio o la calidad de lo ofertado. No hay.
Al sur del palacio, al fondo de la zona llamada Pista de la vela agosto, Argelia apenas sonríe cuando se le pregunta por el precio del manojo de refulgente cempasúchil. Pero afable, platica de sus andares por estos años de comerciar con la untuosa flor amarilla.
-El año pasado se llegó a vender a cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta el bulto, ahora apenas y a ciento cincuenta; del bueno, porque salieron unas cosechas con flores chiquitas, mira ja’a –comenta y muestra un racimo con pequeñas inflorescencias – Pobre mi hijo, no tuvo suficiente agua y no se dio bien su flor; a otros, que sembraron como por el veinte o veintiuno de agosto, se les pasó la flor y vinieron ya secándose, por eso se dio más barato.
-¿Y están vendiendo como la mitad de lo que vendieron el año pasado?
-Ay, no, señor. Como menos de la mitad. Poco está comprando la gente. No hay dinero. Yo ahorita estoy aquí todavía, porque quiero vender lo de mi hijo, si no, ya me hubiera ido a mi pueblo San Blas, ya se fue el poquito que traje. Ni modo, qué vamos hacer, si eso es lo que Dios dice, si eso es lo que nos dejó el temblor, pues aguantamos.
Dos cuadras al norte, un maratón musical ideado por filarmónicos que vieron cómo el sismo y sus nueve mil réplicas los dejó damnificados, se deja escuchar. Los grupos suben al escenario para reclamar la atención de los gobiernos, para recordar que el dolor ha llevado a suspender pachangas de todo tipo, y con ello se fueron los contratos, el ingreso para la casa. A mediados de septiembre, Pepe Morales, director de una banda regional, señaló que le habían cancelado trece tocadas.
Y reclaman con lo que ellos saben hacer, con música. Son las cuatro de la tarde, y los incontenibles Wilmar’s, a través de su vocalista comienza a pedir “un pedazo de cielo”.

Santa María Xadani. En el inicio del día 30 de octubre.