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Wed, Nov

El fotógrafo insólito

Istmo
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Cuando los jóvenes de Juchitán terminaban la primaria, les exigían retratarse para la foto del certificado y les pedían también que se retrataran con saco y corbata, por lo cual todos acudían con el único fotógrafo del pueblo, don Flavio, por casualidad sobrino del director de la escuela.


Era un hombre alto, fornido, poseedor de un saco, de la época de su soltería y, según platicaba a los muchachos, formaba parte del traje con el cual se casó. El saco tan grande, les quedaba como abrigo a todos, era de color café con rayas verticales, solapa ancha y corte cruzado, de la moda de los años treinta, del estilo que usaba Frank Niti, el de la mafia de Al Capone, en las películas de ese tiempo, la corbata tenía un nudo permanente y estaba colgada de un clavo puesto en la pared del estudio, lista para usarse, mientras que el saco –sin ninguna protección contra el polvo- pendía de una percha con tres ganchos y, un espejo pequeño, para que se vieran los clientes antes de retratarse.
En Juchitán soplan vientos muy fuertes en el invierno, los cuales levantan mucha tierra fina que cubre y ensucia los muebles de la casa y la ropa, aunque esté guardada en el armario; por eso, cuando el fotógrafo sacudía el saco levantaba una densa polvareda que invadía de tal modo el estudio, que no se veía nada ni nadie, provocando accesos de tos a los jóvenes. Cada quien llegaba, en grupos de cinco, con su camisa blanca puesta, pero como entre ellos había unos muy pobres que no tenían camisa blanca, los compañeros les prestaban una.
Entonces el fotógrafo ajustaba el nudo de la corbata al cuello del joven, lo peinaba, le lavaba la cara y lo ponía frente al espejo.
En el momento de ponerse el saco, el cual era tan viejo y usado y estaba tan raído del forro de las mangas que daba problemas muy serios para ponérselo, por lo cual el fotógrafo –por el extremo de la manga- metía una vara larga y decía:
-Cójase de la vara para que pueda sacar la mano. Esta era la única manera de ponerse el saco, pues mano y el brazo se perdían en el laberinto de la manga, por lo cual, la operación de ponerse el saco, consumía mucho tiempo, ciencia y paciencia.
Para no desesperar a los demás, el fotógrafo contaba mientras cuentos, chistes y anécdotas del pueblo, entreteniendo así a los que esperaban turno. En cuanto a la corbata, no se sabía cuál había sido su color original: de lo sucio, mugrienta y grasosa que estaba.
Todos los muchachos, con excepción de los niños ricos, era la primera vez en su vida que se retrataban; algunos tenían miedo a la cámara porque, según creencias atávicas heredadas del pasado remoto, la luz de la cámara les robaba el espíritu, les trastocaba el alma o, después de la foto, podrían quedarse idiotas, con retraso mental y otros defectos de consecuencias irreversibles; por eso en ese tiempo no todas las personas se atrevían a retratarse, aunque muchos lo tenían que hacer por necesidad, ya fuera para obtener un certificado, credencial o algún otro papel oficial para trabajar o estudiar.
En ese entonces eran muy pocas las personas que se fotografiaban por gusto, mientras que otras por su posición económica –holgada- lo hacían porque podían pagar, particularmente en sus cumpleaños o en alguna fecha memorable. Al efecto, se organizaban grupos de amigos y amigas para retratarse con la idea de enmarcar sus fotos y ponerlas en la pared. Para decorar la sala de la casa grande aparte de que a veces las intercambiaban entre la gente más cercana por lazos de sangre o amistad, se llamaba casa grande a las dos habitaciones del hogar de los juchitecos, donde ubican sala, comedor y recamara, mientras que la casa chica era otra habitación, separada, donde estaba la cocina.
Cuando una persona moría, si era el padre, la madre o el hermano mayor, se trasladaba la foto a la mesa del santo o pequeño altar improvisado de la casa, para venerarlo poniéndole flores y veladoras todas las mañanas y pedirles a ambos que intercedieran por los vivos ante dios, los santos y vírgenes de la predilección.
Todos los estudiantes que terminaron la primaria en la década de los años cincuenta-setenta, están fotografiados con el mismo saco del inolvidable don Flavio, quien sin proponérselo resulto ser el fotógrafo de cabecera de los estudiantes, y su saco, el traje o uniforme oficial.
Hasta la fecha, la gente pobre o con costumbres conservadoras continúan teniendo en sus casas esos altarcitos domésticos, los cuales utilizan para todas sus alegrías, peticiones, tribulaciones, incluyendo hincar ante ellos al vástago descarriado en escuela o costumbres, para que delante de la divinidad prometa enmendar el camino.
*Tomado del libro “Reminiscencias de la tierra nativa”
Autor: Aurelio Gallegos Bartolo
Edición: 2003 de la Fundación Todos por el Istmo, A.C.