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Sat, Sep

Dos casas: fragmento.

Istmo
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‘’Si yo supiera quién inventó el zapoteco lo colgaría del árbol más alto de Juchitán. Escúchenme, es la última vez que se los digo: ¡No quiero que lo vuelvan a hablar! Es un dialecto. No sirve para nada. Apréndanse el español y podrán caminar por el mundo sin renquear’’.

 

El hermano de mi abuela paterna nos lo dijo y todos mis tíos asintieron. El tío Andrés estuvo de visita ese año de 1983, vino para llevarse a otro sobrino más a Matías Romero, la ciudad ferrocarrilera, pueblo de habla española que ofrecía trabajos estables en el gobierno, con sueldos fijos y constantes, ya fuera como maestro, como intendente, como oficinista. Una ciudad aventajada y floreciente nacida de las costillas de los Petapa, tierra de indios. El tío Andrés era un hombre de nervios, chistoso: usaba zapatos de charol, pantalones con valencianas y un sombrero cuyo promocional recitaba: ‘‘de Sonora a Yucatán usan sombreros Tardan’’. Gracias al tío Andrés se le puso una mordaza al zapoteco en casa. Cuando no estaba papá, ni sus hermanos y sus tíos lo usábamos a media voz y oíamos una estación de radio clandestina llamada XEAP Radio Ayuntamiento Popular. Allí aprendí un diálogo, un poema-canción que dice:

—Palomita blanca paraape' nga cheu'

—Chicaa ti rii nisa, guidxaahui' ni gueu'

—Guná' moliniu, guna batidor bidubi dxuladi gudó Lipe Guiu

—Gudide' ra steru gudide' ra zia' raque nexhe' ti be'ñe' bilá ñome naa.

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—¿Palomita blanca, dime exactamente a qué lugar vas?
—Voy por un cántaro de agua, para batir un chocolate que beberás.
— ¿Y dónde está el molinillo, dónde está el batidor si todo el chocolate se lo ha comido Felipe Guiu?
—Atravesé un estero, atravesé su hondura donde un lagarto estuvo a punto de tragarme.

El zapoteco lo usé con toda libertad detrás de la casa y en los callejones con los vecinos. También cuando visitaba a mi abuela materna que vivía al sur, detrás del río. Ella no hablaba español y además, no tenía parientes que estuvieran sublimados por este idioma.
Cuando me acercaba a su cocina para pedirle un ‘pocillo’ de café, me respondía:
Rari’ gaxti’ posiu, xiga nga nuu ne rari' qué rinidu diidxastia, cadi dxu’di’ laanu, guni' diidxazá ti nganga laanu.

'aquí no hay pocillos sólo jícaras y aquí no se habla el español sólo el zapoteco, no somos extranjeros, somos nuestro idioma, háblalo’.

Estas políticas lingüísticas confrontadas me oscilaron, cual badajo, entre hablar y no hablar el diidxazá, el idioma de las nubes. En este suspenso me volví bilingüe y literalmente me partí en dos. La impronta de aquellos días me señala hasta la fecha qué idioma usar con mis parientes. Con los Vásquez uso el español y con los Castillejos el zapoteco…

A mi generación, que ahora ya son madres y padres de familia, les tocó transitar del monolingüismo de nuestras abuelas al bilingüismo rudimentario de nuestros padres que salieron a trabajar como obreros y peones no sólo a Matías Romero, sino a toda la parte petrolera de las costas veracruzanas, la ciudad de Oaxaca y de México...YooDachi Cultura3

Según los datos del INEGI, en el 2010, la ciudad de Juchitán tenía 42762 hablantes del zapoteco. Pese a estos datos confortantes, los juchitecos aún seguimos viviendo en medio de dos políticas lingüísticas, vivimos en la paradoja, entre aceptar lo que nos han enseñado, que el zapoteco es un idioma limitado geográficamente, que entorpece la educación porque enreda la lengua, como si el zapoteco tuviese una soga, cual trampa, con la que derriba las palabras castellanas de nuestras lenguas y nos hace hablar tan chistoso:
—Tío, allá vi a un niño tamaño de mí.

—¡Qué! ¿Qué dijiste?

—Perdón, era tamaño de yo.

O aceptar que el zapoteco es una parte de nuestra identidad, la que se presume ante el extranjero, la que hay veces nos mete en un camino lodoso cuando nos preguntan:
— ¿Y tus sobrinos, y tus hijos hablan el zapoteco?

—No.

—¿Y eso?

— Bueno, ya lo aprenderán cuando crezcan.
¿Será cierto esto? o es la frase que nos saca del camino lodoso.
Lo que presencio ahora es que el zapoteco está dejando de ser una lengua materna para pasar ya no a un segundo plano, sino a formar parte de la memoria de hablantes pasivos.
Mientras tanto me quedó con una frase de Yves Rouquette, misma que parafraseo:
Todo lo bilingües que ustedes quieran,
pero de lengua materna diidxazá.