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Fri, Jul

¿Sabran mis manos tu nombre?

Istmo
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Autodesterrarse del Soconusco puede servir para muchas cosas: dentro de ellas para olvidarse de los malos amores, de los días de infortunio, de sequías nada alentadoras para las cosechas, de madrugadas aterradoras y tantos otros males que devolverlos a la lengua no hacen falta, porque enseguida abren las heridas que aparentemente han quedado cicatrizadas por el correr de los años y la distancia que se tiene de donde uno habita hoy y vivió ayer.
Pero autodesterrarse también sirve para ponerle brillo a la memoria, del lado del hemisferio donde están resguardadas todas las buenas vivencias que la mente guarda de manera celosa, como si fuera un cofrecito de roble fino que aviva su persistencia con sombra de un aroma seco. Regularmente abro ese cofrecito todos los días del año, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sobre todo lo abro donde la brisa del sur se deja sentir en mi rostro, para con ello sentir el aliento del mar. Hay días en que los recuerdos -creyendo estar sepultados en esa caja olorosa a madera antigua-, intentan salir en estampida; entonces rápido, pero no de manera violenta, cierro el respirar del cofre para no lastimar ningún segmento de sus almas y sus nombres, ya que el lesionarlos mermaría mi patrimonio memorial a esta edad en que sólo sé de mi cuando descubro mi imagen en el plano espejo que como reloj lleva el registro de mis días. Dentro de la memoria veo tu nombre, que sigue siendo como una flor nacida al pie de los lomeríos de Acapetahua; pues sigue oliendo a nanchi silvestre, a marañon púrpura, a monte que solo se cobija con la piel del cielo. A tu nombre lo llevo a mi boca que después vierte una sustancia indescifrable que unto en la pared del tiempo, donde inmediatamente comienza a proyectarse una película con colores infinitos que ni la luz en la tierra logra hacer. Te veo, me veo. Yo al lado tuyo, a tu derecha de anillo y pulsera sonora que brilla más intensa que el agua que ahora corre en el Cintalapa en agonía. Mis ojos descubren tu rostro, tu mirar y sonrisa de arcoíris. Mis ojos te ven y no les importan verme o no logran mirarme dentro de la luminosidad que eres y fuiste envuelta en tu amar sonoro. Ahí estas con tu falda amplia que una noche cobijó mis manos bajo tu vientre ante un sinfín de guiños nocturnos, que también como yo pernoctaron acariciando tus pechos en un invierno en que los perros soñaban sus muertes. Ahí estoy contigo en la película, leyendo tu cuerpo como si fueras un periódico donde leo mi suerte, la tuya, nuestra suerte maldita que nos abandonó a medio camino cuando no llegábamos ni a los veinte años y no habíamos aprendido a contar las semillas brotadas en los parajes encantados de nuestro pueblo polvoriento. ¿Qué pasaría si esta película la viéramos los dos juntos?. Pensarías que es una de corte amoroso como las que pasaban en el viejo Cine Regis después de tocar en vetusto aparato de sonido La Marcha de Zacatecas; y tu y yo, prestos, tomados de las manos íbamos a sumergirnos en el ambiente oscuro, a entregarnos al faje nuestro de cada día. Nos vieron, nos veían, y tu los sabes como al igual lo saben estas manos que aun huelen a ti. Por ello me pregunto: ¿Sabrán mis manos tu nombre?