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Sun, Feb

Desorden o sobrevivencia

Istmo
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Cualquier ciudad, aunque sea pequeña, está dividida en dos; una es la ciudad del pobre, la otra es la ciudad del rico; y una con otra están en guerra. Platón, LA REPÚBLICA
Para algunos es desorden, anarquía o caos, pero para la mayoría, los protagonistas, es simple sobrevivencia. El crecimiento poblacional, es decir la explosión demográfica, aunada a la incapacidad del Estado mexicano para garantizar trabajos permanentes y vivienda digna, han dado origen a la movilización social que toma características de comercio ambulante, en el lenguaje de los economistas y de la Secretaría de Hacienda denominada como comercio informal, y la falta de vivienda trasformada en invasiones o recuperaciones de las tierras originarias del pueblo. Sin embargo, la clase media y la clase media alta, cuyos individuos, no todos, alguna vez pertenecieron a estas categorías sociales, y la clase alta venida a menos, ven con desprecio e incluso como una amenaza a la clase baja en el crecimiento de su movilidad, en la expansión de su territorio y en su multiplicación numérica. Nadie es pobre por placer, sino por la inequidad e injusticia sociales, por la falta de oportunidades para adquirir los satisfactores a que todo individuo o ser humano tiene derecho desde su nacimiento. Es paradójico que quienes presumen o proponen o ponderan el darwinismo social, es decir el principio de la selección natural para la sobrevivencia del más fuerte en la sociedad, o como eufemísticamente también se le llama la cultura del esfuerzo, se rasguen las vestiduras aduciendo anarquía, desorden o caos, cuando ante lo que estamos es la histórica lucha de clases. Es cierto, el rico le teme al pobre porque éste es mayoría a causa de que el rico lo ha marginado; sin embargo, el rico enquistado en el gobierno y en los aparatos de la burocracia gubernamental, legislativa y policiaca, tiene la gran ventaja de contar con el escudo y la bayoneta represiva del Estado como ente orgánico de sometimiento. Y entonces surgen las voces fascistas que invitan al gobierno a actuar con mano dura, a reprimir, a golpear, a encarcelar, a desaparecer, a asesinar, porque para ellos se debe aplicar la ley a toda costa. Olvidan, o mejor dicho lo saben pero actúan con cinismo, que los pueblos latinoamericanos son víctimas del voraz sistema capitalista global, del neoliberalismo económico para el cual no existen patrias que sean respetadas ni estados que no puedan ser sometidos económicamente. Juchitán y el Istmo oaxaqueño han estado en la mira del imperialismo norteamericano prácticamente desde la fundación de esa nación yanqui. Hoy, la presencia de las empresas eólicas españolas es motivo de conflictos por la tierra, por los lugares sagrados de los zapotecos y los huaves o ikoots. Pescadores y campesinos se han organizado para la defensa del territorio contra los abusos de las empresas eólicas; pero hay un sector que es secundario, y es el de los constructores y sindicatos, que sin ser pescadores ni campesinos se han aliado a las empresas transnacionales para defender los intereses de los extranjeros con el argumento malinchista de que les traen fuentes de trabajo, sin importarles el daño permanente que los extranjeros causen en nuestras tierras y la vida de las comunidades donde pretenden imponer el proyecto eólico. Malos analistas creen, porque no pueden comprobarlo, que las movilizaciones sociales ahuyentan el capital privado que presumiblemente trae empleo para nuestros paisanos. Solamente hay que recordarles que la pequeña y mediana empresas nacionales generan más del 90 por ciento del Producto Interno Bruto de México, que es la que paga mayores cuotas al Seguro Social y la que contrata la mayor mano de obra del país. Hay que observar que en las empresas mexicanas medianas, pequeñas y micros no existe al outsourcing, es decir la subcontratación, el trato es directo con los patrones y no se evade la responsabilidad patronal como ocurre con las empresas transnacionales. Para los ricos es anarquía, para los pobres es sobrevivencia. El pensamiento pequeño burgués ve anomalías donde no las hay y acusa, señala de manera repulsiva que los pobres estorban, son feos, apestan y ocupan un lugar indebido en el proceso de escalar y mejorar sus condiciones económicas y sociales. Desde luego que los pobres sudan, porque son gente que trabaja jornadas extenuantes de más de 12 horas diarias, y por lo tanto es natural que el sudor generado por la actividad física se descomponga y huela mal, porque no hay tiempo para asearse mientras se trabaja, como sí puede hacerlo la gente de clase acomodada que tiene los recursos, el tiempo y las instalaciones para asearse y acicalarse incluso en exceso. De esto deriva que el rico desprecie al pobre porque dice que se ve sucio, mal vestido o que de plano da mal aspecto porque no cubre los estándares de presentación, de vestir a la moda. Es cierto, la gente que trabaja de sol a sol apesta porque su sudor se descompone, no tiene tiempo para hacer una pausa en su trabajo para asearse, no viste elegantemente porque su salario raquítico no le permite comprarse ropas finas ni perfumes caros de marcas originales. Así es el asalariado, o el que trabaja por cuenta propia, genera la riqueza de este país plagado de injusticias y es despreciado, discriminado; es víctima del círculo vicioso de la explotación. Es el rey Midas que todo lo convierte en plusvalía con la fuerza de su trabajo pero no puede disfrutarlo con su familia. Y los pequeños burgueses y sus comparsas y sus voceros se escandalizan cuando el pobre, el explotado, el discriminado se mueve y tiembla el mundo; entonces invocan a la fuerza de la ley, porque para ellos qué importan los derechos de los pobres, los desprotegidos, los muertos de hambre, los olvidados de Dios, para los que la justicia no existe. Porque para los ricos, como dice Jean Anouilh: “Dios está al lado de todos. . . y en último término está del lado de los que tienen mucho dinero y grandes ejércitos”. Esa es la paradoja. Ya Carlos Marx ha plasmado en el Manifiesto Comunista: “La historia de todas las sociedades existentes hasta ahora es la historia de las luchas de clases. “El hombre libre y el esclavo, el patricio y el plebeyo, el señor y el siervo, el maestro artesano y el obrero, en una palabra, el opresor y el oprimido, estaban en constante oposición el uno contra el otro, libraban una batalla ininterrumpida, a veces oculta, a veces abierta, una lucha que cada vez terminaba en una reconstrucción revolucionaria de la sociedad en general, o en la ruina común de las clases contendientes. “En las primeras épocas de la historia, encontramos en casi todas partes una organización compleja de la sociedad en diferentes categorías, una notoria gradación de la jerarquía social. En la antigua Roma tenemos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros artesanos, obreros, aprendices y siervos; y en casi todas estas clases, nuevamente, gradaciones subordinadas”. El dios del rico, del millonario es el dinero, y con el dinero se compran las leyes y las autoridades, se violan derechos y se cometen injusticias contra los apestados como los propios ricos llaman a los pobres. El rico llama al orden cuando sus comodidades se ven alteradas por movimientos sociales; pero para el pobre esos movimientos son simples y naturales acciones de sobrevivencia. La clase media, que a lo largo de la historia moderna y contemporánea