23
Sun, Sep

Joyeros: Las manos doradas de Juchitán

Istmo
Typography

I

El taller ocupa un espacio pequeño del corredor de la casa que habita Cándido con su familia en la Quinta Sección de Juchitán. Una mesita de madera desgastada por el constante uso y otra más larga acapara todo el lugar. Sobre ellas se dejan ver desordenadas pinzas y tenazas de distintas medidas, limas, clavos, cinceles, martillos, un soplete, piezas de fierro y madera.

Cándido Santiago Esteva es el dueño del taller que no tiene ningún nombre rotulado en ninguna parte. Este zapoteca tiene 35 años, desde los nueve años tuvo los primeros contactos con el oficio de orfebre, una actividad prácticamente de tradición familiar, tanto por el padre como por su madre.
La orfebrería en filigrana es su especialidad, pero comenzó con lo más básico; la joyería en fantasía. Prácticamente empezó su contacto con el cobre, el oro y la plata a los 11 años con su tío Miguel, quien lo metió a trabajar como asistente en un taller del fraccionamiento La Riviera de Juchitán.
Cándido terminó sus estudios básicos, prefirió el oficio familiar por sobre la escuela. Con 15 años empezó a desarrollar su destreza en el arte de la filigrana en un taller de la Primera Sección, para cuando cumplía 25 años se decidió a fundar su propio estudio de trabajo, “pequeño pero mío” , comenta sonriente.
19 años de oficio respaldan a Cándido, de todos los orfebres tradicionales que existen en Juchitán, es el único que ha tomado cursos de filigrana y orfebrería con artistas como Charles Lewton- Brain y Cristina García, además de trabajar con los diseños de artistas como Francisco Toledo.
Joyeros Juchitan2
Con el pintor oaxaqueño trabajó varias piezas en plata que luego fueron expuestas en la exposición “Artificios. Plata y Diseño en México 1880 -2012” de la Fundación Banamex, una muestra conformada por más de dos mil piezas, desde el Siglo XIX hasta la actualidad. Muchas de las piezas provienen de E.U.A, sede de las colecciones más importantes del diseño de plata mexicano.
“Yo le trabajé al maestro Toledo unas piezas de pene. Los hacía en mi taller, aquí en Juchitán. Cuando ya tenía algo viajaba hasta la ciudad de Oaxaca y se los enseñaba en el desayuno. Él siempre me escuchaba y me decía, casi siempre- Está bien-. Cuando se hizo la exposición, el maestro me invitó y cuando vi mis piezas expuestas detrás de una vitrina me conmovió mucho. Nunca pensé ser parte de algo grande”
Pero no llegó hasta ese momento de la nada, todo comenzó cuando la diseñadora Natalia Toledo empezó a trabajar con él. El primer trabajo fuera de lo rutinario fue la elaboración en oro de un par de camarones. La encomienda puso a prueba su capacidad y talento.
“Nunca había hecho camarones. Así que ni modos que dijera que no podía. Lo primero que hice fue comprar un kilo de camarones y empezar a dibujarlos para ver como amoldarlos al diseño que me encargaron. Después de mucho lo logré. A partir de allí empecé a trabajar con Natalia, a convertir en oro sus diseños.”, explica.
Cándido es sincero al comentar que el oficio de joyero ya no es muy redituable, sobre todo lo que se dedican al oro, todo debido al alto índice de delincuencia que azota la región, “es riesgoso” asegura. Muchos de sus compañeros pasaron del oro a la fantasía.
“Ya muy poca gente manda hacer oro, porque los asaltan mucho. La gente mejor no se arriesga. El mercado cayó mucho en la zona. Todo le van a la fantasía, por consecuencia la chamba cayó en el oro, se hace plata o fantasía, filigrana de fantasía, es lo que me mandan hacer.”
Este joven de 32 años, dejó de ser un simple joyero de barrio, aunque él insista que sigue siendo el mismo. Ahora es requerido por el Centro de las Artes de San Agustín ( CaSa) para impartir clases de joyería tanto a estudiantes como a los artesanos de Oro de Monte Albán o a los maestros joyeros de Tlaxiaco. Su exquisito trabajo ya es requerido por jóvenes diseñadoras del istmo y Oaxaca.
Cándido no se mueve casi de su pequeño taller, desde allí continúa realizando trabajos artísticos que se venden en tiendas de diseño o se exhiben en galerías y pendientes de filigrana que las zapotecas lucen en las fiestas.

II

Juan, con gran esmero y paciencia frota el pequeño cepillo de acero sobre las piezas de cobre, sumergiéndolas una y otra vez en una jícara con agua de jabón, limón y sal. El procedimiento es ritual casi todos los días, se lo sabe de memoria desde hace más de 15 años, cuando su padre murió y el taller de dorado cayó bajo su responsabilidad.
Juan Marcial Cerqueda es un sujeto más que conocido en la Cuarta Sección de Juchitán, el barrio de los coheteros, por el oficio de orfebre que desempeña, aunque él humildemente asegura que no lo es en el estricto sentido de la palabra, se asemeja más a un alquimista, que convierte como por arte de magia el cobre en oro. Y sí, es uno de los tantos alquimistas zapotecas que están detrás de cada pieza de joyería de fantasía que una mujer porta en las fiestas.
Ingeniero por la Universidad Politécnica Nacional, pero orfebre por convicción y responsabilidad de dar continuidad al taller de su padre. Desde la niñez tiene recuerdos del laboratorio de su progenitor, pero más de los regaños del viejo cuando él y sus hermanos osaban acercarse a ella.
Joyeros Juchitan4
“Mi papá nos corría del taller porque consideraba que nuestras miradas de niños eran fuertes, eran dañinas para las joyas, que si mirábamos directo el dorado no iba impregnarse bien a las joyas”.
Juan tomó las riendas del negocio al estar su padre en cama muy enfermo y ante la preocupación de quedar mal con sus clientes dio instrucciones precisas a su hijo para sacar los compromisos pactados. Así, sin más, Juan se vio en un taller dorando joyas de fantasía y armando nuevas piezas para el mercado local, regional, estatal y hasta para el diseñador Armando Mafud.
Los conocimiento de ingeniería lo llevaron a instalar un pequeño laboratorio, por lo que el proceso de dorado de las piezas de cobre pasan por varias etapas como el niquelado (consiste en la aplicación en la superficie de un objeto una capa de níquel, la finalidad es mejorar la resistencia a la corrosión o por cuestiones decorativas o como base para otros revestimientos) , la electrogalvanoplastia (es el revestimiento de un objeto, como una llave, con una capa de metal.) y por último el dorado con laminas de oro.
Juan considera que su taller es un poco de reciclaje económico, por lo que el auge y la demanda han crecido enormemente por varias razones, entre ellas; La economía, las piezas cuestan de 100 a mil 500 pesos, cuando una joya de oro de grandes dimensiones va de 15 a 50 mil pesos o más. La inseguridad, debido a los asaltos y secuestros, las mujeres ya no invierten tanto en oro ante el temor de ser objetos de la violencia.
Pero Juan no es el único que interviene en el proceso de fabricación, también está su esposa Nereida Ruiz, que recibe los pedidos, arma y ajusta las diferentes piezas para completar una joya completa. En algunas ocasiones realiza el mismo procedimiento de limpieza con las joyas en reciclaje. Para completar el ciclo las exhibe en unas vitrinas de su pequeño negocio colocado en la parte frontal de su casa en la Avenida Juárez.
Juan y Nereida no conciben la vida de otra manera, tampoco vislumbran a una zapoteca sin joyas, de oro o fantasía, mucho menos un reino sin dorado.