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Tue, Dec

Benda Yuuze

Istmo
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Sucedió ante los ojos de una mujer la plenitud de su vientre; pero los ayes no se encontraron: la mujer tenía marido. Cuando se unieron sus exclamaciones fue aquella noche en que el niño, con tres meses apenas de vida, desde el vientre de su madre habló y lloró.
La mujer despertó a su compañero y, llena de espanto, le contó el suceso.
- No podemos hacer nada; duerme, y si otra vez habla y llora, pediremos a los viejos la palabra que nos explique la causa.

Así fue. Y aquellas dos cosas no se repitieron hasta cuando al niño le faltaban treinta días para nacer. Sin embargo, no recurrieron a los viejos. Esta vez el hijo explicó que por ser orden alta la que obedecía no debían temer y terminó diciendo que al nacer sabrían lo demás.

Desde entonces una ansiedad los tomó del brazo y con ella se pusieron a vivir. Y se hicieron más largas las horas. Cada vez que un día se desplomaba sobre el mar, y por los montes volvía trotando la noche, los padres sentían un gran regocijo porque el nacimiento se acercaba. Y se echaban la dormir en tanto el nuevo día llegaba, y haciéndose delgado se colaba por entre las palmas del jacal. Despiertos, se uncían al trabajo hasta que la luz rendía los ojos y la tarde pagaba en oro las fajinas y la noche a dos manos repartía la plata de sus astros. Así fueron viendo pasar los días y en uno de ellos, a la hora en que el sol no permite sombras a las gentes porque les mira a la mitad de la cabeza, la esposa dio a luz. Decididamente, aquella niña era loca, pues. ¿cómo se le ocurría nacer cuando no puede decirse si el sol irá a la derecha o a la izquierda?

Y sus padres no ocuparon el aceite para alimentarla, ni las tijeras, ni el ajo, ni la escoba, ni el humo de alhucema para alejar a las brujas. La niña había nacido grande; traía largos cabellos; en los surcos de los labios, dientes blancos como el maíz tierno; y hablando claramente, dijo:

-Diuxi1 haga el favor de pagarte por haberme guardado en tu vientre mientras nacía. No necesitare de la luz de tus senos y hoy mismo me iré a la montaña – y levantando el índice señaló un cerro que se tendía a lo lejos -. Aunque volveré al pueblo no seré vista jamás y tan sólo se oirá la música que me acompañe.

Y su primer paso cayó como el punto final de la conversación. Nadie la siguió sino con los ojos, y al perderse de vista las miradas retrocedieron a encerrase bajo los parpado. El miedo les recorrió como un agua helada de la cabeza a los pies.

El tiempo dejó regadas entre ellos varias semanas y en una hora idéntica a aquella en que la niña naciera, resolvieron, después de pensarlo mucho, ir a buscarla. Untaron con una extensa mirada la montaña y sin hablar soltaron los primeros pasos. Caminaron tan de prisa que el sol no tuvo tiempo para calentarlos y el pedazo de tiniebla de los árboles sólo conseguía por unos segundos apagar la sombra de los cuerpos. Cuando la tierra comenzó a arrugarse y en vez de arena tuvo piedras, tal como un camino que envejeciera, se alegraron grandemente; eso indicaba la cercanía de la niña. Unos pasos más y la tierra se enarca. El descenso les muestra entonces las rodillas y en ellas se sientan y recogen unos granos de reposo. Después en un unánime ímpetu, inician la ascensión, y antes que el cansancio los retuviera de nuevo, llegaron a la parte más alta. Allí sobre una piedra, la niña cavaba un pozo. Levantó los ojos para verlos y en los hilos de sus labios se tendió al sol una sonrisa. El asombró les subió a los ojos y en sus bocas se agrupo el silencio. Conteniendo el aliento, esperaron.

A la mitad de la piedra desmenuzada, la niña, como si se persiguiera a sí misma, gritaba, giraba. Súbitamente brotó agua del hoyo y la criatura, sin moverse del centro, como antes, dio vueltas y vueltas hasta tornarse culebra, y el agua, girando en torno suyo, le subió hasta la cabeza. Otra vez el miedo los bañó con sus aguas frescas. Y vieron a su hija hacerse lluvia hacerse lluvia; y sin seguir caminos deshizo los árboles y buscó el pueblo, sus primitivos cabellos se soltaron y cada uno fue un hilo de agua. Y era como si llevara la lluvia colgada de los hombros.

Desde ese día la lluvia viene de la montaña y camina al compás de una música. Y se cumplió la profecía: oímos la danza, pero no vemos la niña.

Y cuando llega la noche el viento, siempre aliado suyo, aparta una ráfaga, y la ráfaga al pie de las puertas, imitando a la serpiente originaria se enrosca y silva.

1.- Diuxi, no es más que el Dios de los españoles, pronunciado con una s que tuviera voz y convertida por ellos –los zapotecas- la o en u, letra más frecuente en su lengua. se la oye en los más viejos rezos de la lengua zapoteca y por esto creí en un tiempo que era de nuestra lengua; pero no hay tal. tuvo mucho que ver en esto la manía filológica de querer encontrar relaciones entre las palabras que designan divinidades en otras lenguas y las que las designan en las lenguas indígenas. ejemplo: teo griego y el teotl, mexicano.

*Tomado del libro “Los Hombres que Disperso la Danza”/Autor: Andrés Henestrosa/Edición Conmemorativa de los 50 años de su publicación y de las Bodas de Oro Literarias de su Autor/México 1972.