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Thu, Aug

Tina Modoti en Juchitán II

Istmo
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--Mira Sormenti, las fotos que tomé.

Eneas Sormenti las recorre como una baraja volteándolas boca abajo.
--Bene, bene.
--¿Te gustan?
Bene, molto bene.
--Pero no dices nada.
--No sé de arte, me parece bien.

Las ve como mira la tarea escolar de un adolescente y su recuento de Juchitán, la frondosidad de las mujeres, el vigor de su actitud ante la vida se le viene abajo como un castillo de naipes. Si él es el más accesible de los compañeros del Partido, ¿qué será de nosotros? Tendrás que guardar dentro de sí toda la ternura de la milpa joven. Ha vuelto a la redacción de Mesones, y el único tema es la política. Debió preverlo. ¿Cómo es posible que haya sido tan ilusa? Ni siquiera a Luz Ardizana puede contarle su viaje al Istmo. “Qué bueno que te fue bien, te hacía falta el cambio, ahora pasemos a otra cosa”. Tina no quiere que le recuerden el asesinato de José Guadalupe Rodríguez, miembro del Comité Central del Partido y colaborador del Socorro Rojo Internacional que en las reuniones de Abraham González pedía más café, ni tampoco de la muerte de…Corren rumores de que ahora sí se va a entrar a una tregua religiosa; los Cristeros se han replegado, las iglesias ya no son asaltadas por los Federales, los ensotanados podrán volver a la paz de los sepulcros y Tina vuelve a caer en el torbellino de ires y venires de compañeros; ni un momento sola, la casa abierta a los camaradas; los alimentos dispuestos; la olla de frijoles sobre la lumbre; el café en la despensa, el arroz, el azúcar…la única forma en que Tina puede abastecer la alacena es tomando fotografías; por el tacatacatacataca metálico en la oficina del Machete, no le pagan un centavo.
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¡Ah, cómo la está jalando la fotografía! Juchitán le ha removido por dentro formas significativas, Juchitán su quietud, su desinformación y su mágica sabiduría, su aislamiento, allá ni una palabra sobre el asesinato de julio Antonio Mella. Quisiera contárselo a Anita Brenner, sí, pero Anita insiste: “Tienes que hacer retratos. Tina, se practica, movilízate, olvídate por ahora del comunismo, ese no se vende o piensa que tú y tus amigos van a comer comunismo a puñados; ya ves, Weston no vivía de sus fotos, vivía de lo que le enviaba su mujer de Glendale”. Ese comentario a Tina la humilla; tal parece que Flora también a ella la ha mantenido. La Paca Toor también le conseja hacer retratos, “es la clientela de Edward, la gente que ha viajado; vive en París seis meses al año, si no la fotografías no veo cómo vas a poder alimentar a todos los centroamericanos. Oye ¿qué ese que estuvo el otro día en tu casa, es Augusto Sandino? Es un tipazo, a esé sí me gustaría tratarlo”. Tina se sorprende así misma extrañando a Weston y escribiéndole; el envió de las fotografías de su maestro suscita siempre una conmoción; en la noche antes de dormir, las repasa en la cama. ¡Cómo ha logrado darle ese significado nuevo a una concha de mar? ¡Qué pensó al acomodar la frente a sus ojos?

*
Una tarde Tina le abre la puerta a un joven de anteojos.
--Vi unas fotos en la revista Forma que dirige Gabriel Fernández Ledesma. Me emocionaron, por eso me atreví a tocar a su puerta. Gabriel me dio su dirección…

Porque el muchacho habla de fotografías Tina le franqueaba el paso:
--¿Quiere sentarse? ¿De dónde es usted?

--Vivo en Oaxaca. Mi motivo principal al venir a México era conocerla.
La emoción de ese joven de voz delgada y muy queda, quien emite frases pequeñas y entrecortadas levantando los ojos con timidez, la halaga:

--¿De veras?

--Sí, de veras. También vi su exposición y la del señor Weston en “Aztec Land” y hace mucho, alguien me lo señaló y los seguí hasta la Iglesia de la Santísima; iban a retratar algo, creo, buscaron al sacristán. Esperé en el atrio a que terminaran; sus cámaras se me hicieron muy estorbosas, recuerdo que usted parecía a punto de doblarse bajo el peso de la suya.

A la mención de Weston, Tina siente una punzada; ahora mismo podría fotografiar juntos; esos tiempos felices han quedado atrás o como dice Na Cándida: “No llores sobre la leche derramada, mejor ponte a hacer jocoque”. La voz baja, las palabras espaciadas, dichas con temor, le dan al muchacho un aspecto inofensivo; nada de lo que él diga podría molestarla; por lo visto, nada sabía acerca de ella puesto que no vive en la capital.
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--Espero que no la esté importunando- silabea con modestia.
-No se preocupe.

--Es que no quisiera quitarle el tiempo –insiste mirándola desde su encogimiento-, su tiempo es muy valioso.

--Al contrario, para mí es un gusto.

Es más, este joven es un enviado de la divina providencia.
--Ese día- se envalentona el muchacho – usted y el señor Weston miraron la Iglesia detenidamente pero no imprimieron placa alguna; no hablaban. Esa fue la primera imagen que tuve de ustedes. Creí que iban a desdoblar el tripie, apostar la cámara, pensé que a lo mejor había olvidado un lente, pero no, sólo miraron. Hubiera querido ofrecer mi ayuda, pero no me atreví. Me conformé con verlos desde la banca.

--Sí, recuerdo lo de la Santísima – se anima Tina -, nunca tomábamos fotos a la primera. Edward prefería conocer el terreno…

El joven levanta un rostro extasiado hacia ella. ¿Es un espejismo? El feliz regreso a tiempos pasados que este joven le proporciona la hace llegar a una tregua, un saliente en el camino, como si después de andar sobre terreno duro y calcáreo llegara a un lago bienaventurado.

--Y ¿usted qué hace? - le pregunta.
El joven parece empequeñerce aún más.
--Yo también soy fotógrafo…bueno, lo intento.
--¡Ah!
--Por eso quise conocerlos a usted y al señor Weston, enseñarles lo que hago, sin quitarles nada de tiempo; les dejaría mi trabajo para que lo vieran de pasadita en algún tiempecillo libre…

--Trae usted algo ahora mismo?
--No, -contesta en voz casi inaudible-, pero si usted me lo permite podría volver con alguna que otra cosa.

Apagado, titubeante, el joven no insiste; tampoco ha llegado con el paquete de sus fotos; nada en él pesa, habla chiquito, a picotazos, como un pajarito avejentado; quieto en su percha; la mira con temor, no pestañea, sus mechones sobre los ojos.
--Me apura enseñarle mis cosas.
--No se apure (qué bonita palabra), no tenga apuración alguna.
De veras que este muchachito tiene una emoción atenta, contenida que a Tina le ésta llegando.
--¡Qué bueno que usted y el señor Weston no se conforman con la primera lectura!
--¿La primera lectura?
--Sí, qué bueno que usted y el señor Weston regresen a cerciorarse.
--¿A qué?

Habla con la voz tan quebrada, tan indecisa que por un momento Tina piensa que es tartamudo.
--Entonces ¿me va a permitir volver a visitarlos?
--Claro que sí, pero Wdward ya regresó a los Estados Unidos.
--¡Ah! –dice el joven la voz cayéndosele al suelo de la decepción -, no lo sabía…Pero usted tendría la bondad.
--Claro a mí me encantaría ver su trabajo.
--Creo que me a dar mucho miedo enseñárselo.

Cuando vuelve a tocar la puerta de Abraham González, Tina se topa con la misma inseguridad y el mismo deseo en sus ojos pálidos. Trae una carpeta burda seguramente confeccionado por él, y de entre los pedazos de cartón va sacando sus fotografías, las acomoda sobre la mesa y corre a sentarse en una silla pintada de flores cerca de la ventana, la misma en que Tina se refugiaba para vigilar la llegada de Julio. No es común que los visitantes escojan esa sillita baja, de niño, comprada en “El Volador”.

--Aquí la espero…

Vuelve la vista hacia la calle, de espaldas a la mesa y Tina palpa su ansiedad. “¡Qué simpático!” piensa para sí misma. Mira detenidamente los juguetes de palma, las piedras de una tumba, los trabajadores que platican, el machetero dormido, una sábana tendida, una cruz clavada en la tierra.

Son muy buenas fotografías.
--¿Mande?
-Le digo que su trabajo es excelente.

Levanta hacia ella una cara de niño que se ha sacado un diez en la tarea.
--Mo sé. ¿No me equivoco mucho?

No quiero aceptar el elogio; esto la hace todavía más agradable porque su desazón es genuina, genuino su “no sé”.
--Es que me hago bolas.
--¿Bolas?
--No me muevo para no echar a perder, pero a veces.

Tina se sume de nuevo en la contemplación de las fotos.
--¿Ya terminó de ver aquello? le pregunta el de los ojos bajos.
--Sí, y le aseguro que usted es un artista, mire, como premio, venga por acá, voy a enseñarle fotografías Weston. Mire, no demeritan las suyas junto a ellas. Es usted muy bueno y le prometo enviarle sus fotografías a Weston. ¿Puede usted sacarles copia?

--¿De veras?
--Claro que sí.
--Pero cuales sería bueno mandarle, porque yo…
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Tina las selecciona.
--No voy a decirle a Edward de quien se trata. Añadiré las suyas a las mías. Pero dígame. ¿Cómo se llama usted?
--¿Yo?
--Sí, usted, ¿quién más?
--Manuel
--Manuel ¿qué?
--Manuel Álvarez Bravo.
--Bueno Manuel, lo espero pronto.
Tina oye uns gracias y ve que se ha enrojecido. “Ya nadie se ruboriza”, pensó.
Al día siguiente se sorprende esperando la vista del muchacho que la devuelve a su pasión; la fotografía. Manuel regresa, pero nunca vuelve a encontrarla sola. Carleton Beals, Jean Charlot, Anita Brenner, Fred Davis, Emilyu Wdards, Pablo O”Higgins, convertido en el ayudante favorito de Diego, se turna la casa de Tina. Deslumbran a Manuel Álvarez Bravo; en cambio lo fastidia el lento discurso de los compañeros del Partido Comunista. Tina lo aísla para mostrarle fotos de Wdard y suyas que él examina ávidamente, sustrayéndose a cualquier conversación. Abre su camino hacia la silla floreada para mirar una y otra vez las fotos. Permanece al margen, su rostro cohibido, sus manos sobre las rodillas.

--¿Le interesa la política, Manuel?
--No mucho
--¿Le interesa lo que dicen los compañeros?
--Sí, es decir, más o menos. Es que yo, fíjese usted, ni siquiera complete la preparatoria…Es que…

Tina que sale con la Graflex a tomar fotos de los murales de Diego en la Secretaría de Educación Pública empieza a consultarle problemas técnicos.
--Es que yo soy un aficionado, - se disculpa Álvarez Bravo.
--No Manuel, no lo es, dígame, ¿dónde cree usted que debería colocar la cámara?
--¿Podría yo acompañarla a los patios?
--Claro.

Tina se entrega a la quietud de ese hombre en medio del barullo de las discusiones políticas o el eterno discurrir de Anita Brenner sobre la esencia de México. ¿Cómo definir al país? ¿Qué es México? Una tarde le tiende la placa fotográfica: “Flor de manita.”
--Es para usted Manuel, un regalo.
En otra ocasión, le pide que le acompañe a la Liga Anti-imperialista de las Américas en la calle de Bolívar número 55. “Es una reunión extra urgente.” Verla moverse, dirigirse a los compañeros, la voz dulce y baja, siempre con prudencia, es un deleite. Tina habla muy poco, apenas más que él. Con una gran elegancia asiente cuando solicitan que se haga cargo de la colecta de fondos. También la responsabilización de la correspondencia al extranjero y de los visitantes.

Sólo después de varios meses, Manuel le cuenta a Tina que tenía mujer e hijos.
--¿Tan joven? ¿Por qué no me lo habías dicho? –se extraña Tina-. Pues traiga usted a su mujer e hijos.
--Es que no tiene con quién dejar al niño. Desde que nos venimos de Oaxaca la vida se nos ha complicado.

Una noche se presenta con una muchacha de rasgos mucho más definidos de los suyos. A pesar de traer a su hijo en brazos –una criatura que apenas sí se mueve- muestra curiosidad por la conversación. Lleva los cabellos tejidos con lanas de colores y una blusa de cuello redondo bordada de flores, limpísima. Todo su aspecto es nítido. Tina, por no dejar, le ofrece un cigarro y mucho se sorprende cuando la joven acepta:

Mucho más abierta que él, Lola interviene con fogosidad, alega y sólo se detiene al exhalar el humo del cigarro; a diferencia de Manuel, se la vive platicando de su niñez, su vida en Guadalajara, se afirma con vehemencia, su originalidad hace que el interlocutor espere divertido cualquier cosa que salga de su boca. “¡Qué graciosa!” “¡Qué simpática!” ¿A quién me recuerda, a quién me recuerda? –piensa Tina. Ya sé, hasta en sus arrebatos se parece a Lupe Marín. No le importa que hablen de política. Lola mete su cuchara y se hace sonreír hasta el más enfuruñado. Tina empieza a abrir la puerta de su casa a las seis de la tarde von la esperanza de ver tras de ella la cara animada de Lola, su volubilidad y desparpajo.

--Ustedes son una pareja—les dice--, se complementan.
--Ay sí,—agradece Lola-, pero a mí ya me anda por dejar el bulto y tomar también la cámara porque soy un achichincle de Manuel; yo le revelo, y le seco, yo le tiendo las fotos. El otro día hasta metí al niño al cuarto oscuro y por poco y se me cae en la palangana. Mira Tina, te traje unos arrayanes que me llegaron de Guadalajara. Traje pa’ todos.

¡Cuánta alegría la de esta muchacha! Parece potranca, cada salida a la calle es una aventura. “¡Ay Lola, sólo a ti te suceden esas cosas!” Muchas veces llega Lola sin Manuel, con su bebé envuelto en su rebozo.

--Es que tenía yo un ratito y pasé a dejarte esta gelatina de guanábana que me salió rica, la hice con pura leche.
--Todo lo compartes ¿verdad Lola?
Lola no le cuenta a Tina que para venir a verla desafía a su suegra: “¡Ay Lola, pero ¿cómo usted que Manuel vaya a ver a esa mujer? ¿Cómo va usted misma? ¡Esas comunistas son malísimas y un día se lo va a quitar!
--Pues yo no la veo así, al contrario, es sumamente afable y sencilla y le gusta ayudar a las personas.
--Que ayuda ni que nada, no sea usted inocente, Lola, parece de la edad de su criatura. ¿Qué no sabe que los periódicos publicaron que su casa está llena de fotografías pornográficas y se dedica al comercio de este tipo de postales? ¡Dicen que hasta le retrató a Mella el falo en erección!
--¡Ay qué horro! ¡Cómo me dice usted eso!!
--Pues para que no vaya, no sea tonta.
--Pues a Manuel le ha ayudado muchísimo y moralmente a mí también.
Cuando le enseño mis fotos nunca me dice “No me gusta” sino: “Ay, ¡qué bonito este blanquito, que bonito detallito de acá!”, siempre anda buscando algo con que animarme. Sabe encontrarles lo bueno a los demás. Es muy positiva, muy amable, nada egoísta y muy trabajadora.
--¡Y muy cuzca!
--Pues a mí me parece terriblemente natural que una mujer con una vida tan dura necesite una compañía, un afecto. El hombre no nació para vivir solo como un rábano. Mientras más ardua es su vida más necesita de alguien con quien compartir.
-Pues esa mujer – se lo digo a los dos, es una coleccionista de amantes y una destructora de hogares.

A diferencia también de Manuel, Lola no se sienta en la sillita baja; acomoda a su “retaquito” o “butaquito” o “tambachito” o “chamaquito” o “bodoquito” o “taquito”, Tina nunca dilucida cómo la llama, en la cama, y allí duerme, mientras ella acerca a Tina el olor fresco de sus mejillas.

--¿En qué te ayudo, Tina? Mi quehacer lo terminé tempranito; preparé quelites para hoy y ayer unos huazontles capeados, bueno, una delicia. Oye ¿cómo le haces para ser tan ordenada? A mí la casa se me entilichó.
--Es que tengo pocas cosas Lola.

--Dicen que la casa es el reflejo de la vida; la mía entonces es una maraña. A ti lo sencillo se te ve en todo, Tina, en tu faldita oscura, en tu blusa blanca y sansiacabó, ah, y en tus horarios.

--¿En mis horarios?

--Si el otro día que te llamé dijiste: “No vengas porque voy a estar en el cuarto oscuro de tal a tal hora.” Y cuando frente a mí te solicitaron un trabajo fotográfico respondiste: “No porque tengo ya otro compromiso.
--Es que si no me programo no cumplo mis obligaciones en el Partido; me necesitan en El Machete.

Lola habla hasta por los codos; todo lo tedioso que le parecían las compañeras, esta muchachita transforma sus palabras en rehilete de feria hasta lo que le cuentan en el autobús, el sabor de los panbazos de la esquina, se vuelven materia memorable. “Ay Tina, enséñame a caminar como tú, así derechita, derechita; pareces árbol...”Mira Tina, quiero lo que Manuel quiera, pero ¿a poco no crees tú que yo debiera orearme como él, en la calle; a que me de el sereno siquiera? Desde que nació Manuelito, me tiene bien encerrada el otro día que me escapé, tomé unas fotos, las revele y las veo igualitas; hasta él se confundiría. Manuel me tiene nomás como vaca espantándole las moscas al mosco y oye, yo no soy vaca oye. ¿Por qué no me dejas que te acompañe a alguno de tus trabajos? Al niño puedo encargarlo con la portera, no da más lata. Me voy a ir a tatemar al infierno de tantos antojos que tengo.

--¿Y Manuel también lo van a tatemar en el infierno?
--¡Uy, a ése lo van a achicharrar, porque ése trae la música por dentro; es un
taimado, un coqueto, sabes lo que me hizo en el camión de venida; el otro día que vio una muchacha bonita, pidió parada e hizo que me bajara porque…
Lola se desfoga con una Tina sonriente y envuelta a la vida porque tiene muchos compromisos de trabajo, mucha demanda en las revistas de arte. No sospecha un minuto que la admiración del tímido Manuel se debe en parte a su cuerpo a la vista en las fotografías de Weston en la azotea de la casa de Tacubaya. El joven quisiera contemplar el original; que Tina posara también para él, pero ¿cómo pédirselo? Apenas incursiona en el campo del desnudo y ninguna mujer resultaba tan impactante.


*Tomado de la revista “Guchachi Reza” (Iguana Rajada) Número 32/marzo-abril 1992.