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Tue, Jul

La construcción de las iglesias Ikoojts

Istmo
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Dios mandó a sus hijos san Dionisio, san Mateo y san Francisco, que edificaran en quince días un templo cada uno donde pudieran llegar a ofrecerle oraciones. A cada uno, le dio permiso de hacerlo en el lugar que quisieran.

San Francisco, quiso construir su iglesia a la orilla del mar, pero decidió el refugio de los cerros altos, cuando todavía nadie hablaba de dunas ni serpientes de blanca arena. Abajo, la tierra estaba rodeada de aguas de una enorme laguna.

San Dionisio escogió la parte más alta en otro cerro en el que comenzó a edificar una magna construcción de gruesas paredes y fortalecidos muros, con numerosos nichos para los santos que se sumarian a las oraciones.

San Mateo, el santo que siempre vestía de pantalón blanco, huaraches, sombrero de palma y gustaba de caminar por las blancas arena, escogió hacer su iglesia en piso firma y decidido a ganar la apuesta y el reto que los propios Santos hicieron ante Dios, comenzó con dedicación a construir su magna obra.

Así comenzó la historia de los tres santos y sus templos. Transcurrieron rápidamente los días, y conforme la fecha se aproximaba, el trabajo era cada vez más pesado. Lluvias, viento, tormenta y sol inclemente dificultaban la tarea y aumentaban la preocupación de los hombres.

Un día el pueblo que seguía y apoyaba a san Mateo acordó nombrar a cuatro hombres-nahual, para reforzar los pilares del templo, con el poder de los nahuales los hombres penetraron en los muros y sus bases y sostuvieron con su fuerza la enorme construcción.

Por eso es que, a pesar de vientos, huracanes, tempestades y temblores, los pilares de la vieja iglesia permanecen de pie –sosteniendo su templo-, sin varillas ni cemento, reforzados con cal de caracol, pero sin haberse concluido la bóveda ni el campanario.

San Dionisio por su parte, casí terminó la nave central, faltándole solamente un aro para concluir el templo. Sus enormes esfuerzos fueron insuficientes; el santo, no pudo levantar la bóveda que debía alcanzar arriba de los ocho metros de altura. A medias quedó el templo y san Dionisio se vio obligado abandonar el pueblo como castigo.

Aquel santo bonachón y alegre, que gustaba de salir a pasear por las tardes, después fue decapitado por perder la apuesta y su lugar lo ocupó desde entonces san Dionisio Areopagita.

Pero un verdadero ejemplo de trabajo y dedicación lo dejó San Francisco, quien sin distracción alguna –desde que arrancó la obra-, no desvió su esfuerzo y cumplió con la promesa hecha a Dios, al concluir la construcción del templo en el plazo fijado.

Por eso que, de las tres iglesias construidas por los Santos en la zona de los ikoojts, solamente san Francisco cumplió con el reto ganando así la apuesta a los otros santos.

Cuentan que, en San Mateo, muchos años después, cuando la iglesia se abrió para la oración del pueblo, un sacerdote proveniente de fuera, ordenó abrir una ventana en el viejo edificio, pero la piedra de cerro con que estaba construido el templo, no permitió que abrieran sus entrañas y arrojó sangre pura sobre el albañil.

Cuentan que, al poco tiempo, el atrevimiento del cura que dio la orden le costó la vida, pues una pared de la casa parroquial que construían junto a la iglesia, se desprendió sepultando al cura, y desde entonces nadie volvió a construir nada junto a la iglesia y el pueblo ordenó levantar el campanario enfrente del templo para respetar la decisión de San Mateo de no tocar su iglesia.

Tomado del libro “La Riqueza Cultural de los Mareños (un recorrido a través de sus leyendas y fotografías)” /Autor Gerardo R. Alfaro Cruz/ Primera Edición 2008