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Tue, Oct

Mba’Layuzu’

Istmo
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Hace muchos años (algunos ancianos argumentan que esto sucedió en la época del diluvio universal) nuestra comunidad tenía una princesa y Mazatlán, la tierra de los mixes, tenía un príncipe y ella le correspondía. Llegaron a entenderse a tal grado que fueron novios y todas las tardes iba a visitarla. Así pasaron muchos años. Él estaba muy enamorado de ella y dedicaba mucho tiempo a cortejarla. Ella siempre lo esperaba con ansias. Los pobladores de ese entonces sabían de la relación de su princesa; sabía que el príncipe era un nahual extremadamente poderoso y vengativo y que la princesa también era un nahual que protegía a su pueblo.

Un día de tantos el príncipe le pidió matrimonio a la princesa. Ella aceptó casarse con el príncipe. Con más emoción, el príncipe viajaba desde Mazatlán hasta esa comunidad para cortejar a la princesa, con la esperanza de que sería su esposa. Los jóvenes fijaron fecha de matrimonio. El príncipe se estaba preparando para el momento con las costumbres y los ritos de ese entonces, pero a unos días de la boda, la princesa se arrepintió. Le dijo que ya no quería casarse, le ofreció sus disculpas, pero no estaba preparada para el matrimonio. Todavía el príncipe le rogó que fuera su esposa, pero ella con firmeza nuevamente se negó. El pueblo se preocupó porque conocían el gran poder del príncipe-nahual que quería casarse con su princesa.

Mostrando su lado vengativo el príncipe amenazó a la princesa: “Si no quieres casarte conmigo, entonces yo destruiré tu tierra, no tendré compasión de ustedes, sufrirás las consecuencias de tu burla y tu traición, tu gente y todos los pueblos zapotecos perecerán bajo el agua, tú y todo lo que tus ojos ven morirá”.

En su defensa y la del pueblo, con mucha valentía, la princesa le preguntó al príncipe-nahual que día pasaría tal desgracia, qué día se hundiría bajo agua toda la comunidad. Él respondió con extrema rabia: “Día, fecha y hora, lo sabrán todo a su debido tiempo, pero la creciente llegará con fuertes lluvias, truenos y relámpagos, y será por el lugar en donde ustedes llaman Guigulajna”.

En aquel tiempo en nuestra comunidad era común ver a los nahuales. Estos, la princesa y el pueblo en general, organizaron muchas asambleas para encontrar la forma de defenderse contra esa terrible amenaza. Discutían las diferentes formas, pero no era fácil llegar a un acuerdo positivo.

Un día de pronto los ríos empezaron a crecer, a lo lejos se escuchaba el poder de la creciente, la tierra temblaba, todo alrededor retumbaba. El príncipe-nahual había prometido desaparecer al pueblo la mañana del día siguiente.

En esos momentos, entre la multitud dos hombres aparecieron, diciendo que ellos podían darle fin a esta amenaza. Ellos ubicarían el punto de donde salía tanta agua. Estos hombres eran nahuales (el pueblo lo sabía). Estas dos personas dijeron que el príncipe-nahual se había transformado en un enorme Mba’layuzu’ (serpiente-toro) y que era el causante de tanta destrucción. Uno de los nahuales fue por una enorme piedra a muchos kilómetros, hacia el sur de la población, a un lugar llamado Mesquite. El otro nahual escogió una gran roca en algún lugar del Norte llamado Peña Blanca.

“Si a medio día el rio trae mucha sangre y mucha espuma significa que hemos ganado. Celébrenlo. Por el contrario, si ven agua y lodo esperen lo peor”, así dijeron los nahuales y partieron hacia Guigulajna. Cada uno subió a un cerro, uno por el Norte y el otro por el Sur. Cuentan los abuelos que el cuerpo del animal era de la misma altura de los cerros. En el momento justo, los nahuales soltaron las enormes piedras destruyendo la cabeza del Mba’layuzu. Cada uno de los nahuales se integró a la piedra, convertido en su misma piedra para siempre (en la cañada de Guigulajna se encuentran dos enormes rocas chocadas entre sí. Es ahí en donde los pobladores dicen que murió el Mba’layuzu).

Los pobladores vieron que el río traía mucha sangre y mucha espuma, por lo que corrieron a avisarle a la princesa. Esta ordenó que le arrojaran mucha sal a la cabeza del Mba’layuzu. Cuando los nahuales de Mazatlán intentaron recoger el cuerpo, ya era demasiado tarde, pues la sal había destruido la posibilidad de que resucitará. En el instante en que le arrojaron la sal, desapareció el cuerpo del príncipe-nahual o Mba’layuzu.

*Tomado del libro: “Los viejos hablaron”, Relatos Dominganos sobre nahuales, encantos y otros seres. /3-abril-2018/Cd. de México