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Mon, Sep

Conejo y Lagarto se hacen enemigos

Istmo
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Si esta historia hubiera ocurrido en la época en que los días y meses ya tenían nombres, el mes se llamaría abril.

Sucedió lo que sucede en los meses secos de año, que las aguas fueron encogiéndose más y más hasta que en la plana blanca del Mar Muerto sólo había una charca. El agua quiso salirse; pero la detuvo, cerca del monte, un mangle. Las raíces de este árbol estaban en el aire y el agua a sus pies era honda. Pero el calor persistió y a mediados del mes siguiente la profundidad era menor que una cuarta. Entonces se supo que allí vivió Lagarto, porque la mitad de su cuerpo áspero se quemaba al sol.


Había dos raíces paralelas por donde, en los buenos tiempos, Lagarto pasaba una y otra vez.
Un día bajó sus ojos el recuerdo de ese juego y quiso repetirlo; pero el medio cuerpo seco detuvo a mitad el ejercicio.
Cuentan que lanzando en lo hondo del río o del mar, varios bueyes no podrían arrastrarlo a la orilla: tanta es su fuerza. Pero esta vez el caso era otro y no pudo romper las dos raíces que lo detenían.
Allí habría muerto, si el burro no tuviera cuatro piedras por cascos, para no quemarse las patas. Nadie que no fuera él pudo haber llegado pisando la brasa blanca donde Lagarto se encontraba, y quien al verlo le dijo: ¿Dónde vas amigo?
-Ando- -dijo- buscando un poco de agua dulce desde hace varios días. Quiero atravesar la playa porque he oído decir que del otro lado hay muchos arroyos.
Y señalaba a lo lejos una línea verde de monte.
-Aparta ese pensamiento de tu cabeza.
El burro, sin contestar, dejó aquel pensamiento.
Lagarto continuó:
-Sé dónde, aquí cerca, hay bastante agua. Si tú me ayudas a salir de este lugar, en poco tiempo estaremos allá.
El burro rompió la sujeción en que se hallaba y lo apartó de las raíces.
Lagarto no tenía fuerzas para arrastrase y el burro, con el corazón blando por el llanto de su amigo, se tendió en el suelo. Lagarto se echó sobre las espaldas del burro y empezaron a andar.
Cuando llegaron a la boca que el camino había abierto en el monte, el sol estaba un poco más bajo.
El burro no sabe de bridas: la docilidad la presta pero no la da, y muchas veces, cuando el hombre más la necesita, la recobra. Y ese día menos pudo darla, porque Lagarto ocupaba las manos para detenerse. El hombre guía al burro cerrándole con una rama el ojo opuesto a la dirección que necesita y el burro sigue entonces el camino extendido ante el ojo abierto. Pero la cabalgadura y el jinete, ese día, hablaban las mismas palabras, y Lagarto, desde arriba, tiraba sobre cada nueva dirección una palabra, y el burro la seguía.
Después de tanto caminar, un olor desprendido del agua y rizado por el aire se escapa por el sendero para encontrarlos.
Lagarto dijo:
-Ya estamos cerca.
Y el burro, sin hablar, extendió el cuello para beberse el aire, como si fuera un chorro líquido. Olvidó el paso corto y el trote le bajó a los pies. Persiguiendo la hora que corría ante sus ojos, corrió después hasta llegar al aguaje. El círculo de agua, por inmóvil y por el bien que regalaba, parecía un pedazo de cielo caído.
Otra vez el burro se echó al suelo. Lagarto dijo:
-Gracias.
Y el agua, como espantada, corrió en ondas a la orilla.
El burro también bebió.
El temor de perderse, desde esa tarde, con cabestro corto, lo mantuvo cerca. Había huellas en torno del agua y el burro se dio cuenta que de todos los habitantes del campo, sólo él desconocía aquel sitio.
Tres veces, mientras había sol, llegaba a beber, pero ni de día ni de noche volvió a hablar con Lagarto.
La tarde en que el burro llevó a Lagarto al aguaje, no estaba muy lejos, pero la gratitud, de tan lejana, no se distinguía. Y en la hora igual del día siguiente, a aquella que se encontraron a mitad del calor, Lagarto, que desde mucho esperaba sin moverse a la orilla del agua y bajo de ella que el burro bajara a beber, le mordió, al inclinarse, la trompa.
-¿Es así como se paga un favor? – preguntaba desolado el burro.
-Yo no sé, pero tengo hambre.
En esto llegó un buey y el burro dijo:
-Amigo, di si es justo que Lagarto pague mis servicios de este modo.
Y conto hasta aquí la historia que estoy contando.
Cuando aquel buey era joven y arrastraba el trabajo en surcos, sobre las tierras de labranza, sus amos lo quisieron mucho; pero cuando pisó la vejez, lo arrearon de la casa.
Así fue que contestó:
-No es justo, pero sucede así.
Con esta razón, Lagarto volvió a decir:
-¿Ya oíste?
Era el momento en que se bebía, y una tras otra estaban llegando las bestias. Aún no se marchaba el burro y el caballo estaba entre ellos.
-Amigo, di si es justo que me pague mal el favor que me debe.
Y el burro contó, otra vez, la mitad de esta historia.
El caballo, por viejo, tenía un pasado parecido al del buey. Él también había dejado, contra toda su voluntad, la casa de sus amos el día que sintió un achaque y dijo:
-No es justo pero así sucede.
Apenas acababa de oírse esto, cuando Conejo llegó junto a ellos. Con una falsa despreocupación mordía el agua.
Habló el burro y Conejo dijo cuando dejó de contar:
-Dime: ¿es cierto que hablaste o me lo estoy figurando?
-Sí, te he contado una historia y he preguntado al final si es justo que Lagarto pague con un mal el bien que le di prestado.
-Si ustedes lo permiten, iré a mi casa para consultar mis libros. Está cerca, y antes que esta saliva se seque estoy de vuelta.
-Está bien –Contestaron en una sola vez.
Y el conejo corrió con el permiso.
Permanecía mojada la gota que dejó Conejo sobre la arena seca, cuando volvió.
-He consultado mis libros: ellos dicen que es indispensable que vayamos al lugar de los hechos. Desde luego tu tienes razón –Dijo mirando a Lagarto.
El burro cargó hasta el pie del mangle al amigo ingrato.
Entre las dos raíces paralelas Lagarto se mantuvo en el aire.
El juez preguntó entonces:
¿Así te encontró?
-Si.
-Pues así que te deje.
Y uno al lado del otro, el burro y Conejo corrieron parejas hacia el monte.
Lagarto estaba dispuesto, desde ese instante, a vengarse de Conejo y echar a rodar, por el precipicio de la violencia, la piedra de su ira. Pero la venganza todavía no ha ocurrido.

Tomado del libro: LOS HOMBRES QUE DISPERSÓ LA DANZA
Autor: ANDRES HENESTROSA
EDICION CONMEMORATIVA DE LOS 50 AÑOS DE SU PUBLICACIÓN Y DE LAS BODAS DE ORO LITERARIAS DE SU AUTOR.