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Thu, Jun

José Gregorio Meléndez: Che Gorio Melendre

Istmo
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(1853-Consagración del Istmo de Tehuantepec en Territorio Federal-1855)

Al zapotequizarse el apellido de José Gregorio Meléndez, éste se conoció en nuestra historia local con el célebre nombre de Melendre.

El 12 de marzo de 1793, en el rancho La Palma, a pocos kilómetros al N.O. de Juchitán, nació Melendre. Era de estatura mediana, de color moreno; frente amplia y pómulos algo pronunciados; de ojos investigadores, porte gallardo y hablar animado; tenía una natural intuición. Al darse cuenta de la situación precaria de sus hermanos, los indios zapotecos, trata de aliviarla con el mayor deseo.

Aunque vino al mundo bajo la dominación española, quizá ya traía su fulgurante estrella nativa. La Independencia de México hizo que se sintiese libre, respirando un ambiente mejor. En 1813, Mariano Matamoros pasó por Ixtaltepec, y visitó el cerrito llamado Hilaari (tendal de ropa). Porque queda al norte dicen ti guiááh, de donde arrancó el nombre zapoteco por las dos palabras invertidas Guiaatí. En Niltepec, destrozó a los realistas que pretendían llegar a Oaxaca. Melendre se afilió y participó en este triunfo de los liberales.

Empuñó las armas en defensa del pueblo en 1834. Desde entonces, pudo evitaren distintas ocasiones muchos atropellos de los avorazados fiscales que pretendían enriquecerse a costa de las laboriosas gentes juchitecas.

En 1847 peleó contra las concesiones de la hacienda La Marquesana y de las opulentas salinas cercanas a Juchitán, fuentes inagotables de riqueza del pueblo.

Una noche de abril, al claror de la luna, numerosos juchitecos en comisión se acercaron a Melendre en su rancho, para informarle al detalle que las autoridades locales habían vendido el Mapa de Juchitán a D. Julián Maqueo, dueño de La Venta.

Después de un tratado verbal, Melendre, al frente de los juchitecos, se levantó en armas dirigiéndose a La Venta, el 14 de abril de 1850, a rescatar el Mapa. Pero antes, por medio del castigo del “cepo de campaña” que Melendre impusiera el Jefe Político Manuel López, Né Nííhíñu, éste soltó la lengua y delató a los cómplices que son conocidos hoy con el nombre de “vendemapa”, que tampoco escaparon al “cepo de campaña” y confirmaron la declaración del Jefe Político a quien después le fueron embargadas sus propiedades como castigo, siendo entonces Gobernador del Departamento de Tehuantepec Marcelino Echeverría.

El Gobernador de Oaxaca, D. Benito Juárez, viendo que Juchitán seguía sumido en un caos por los continuos encuentros de Melendre con las fuerzas federales y porque no se devolvían las salinas al pueblo juchiteco, cuyo concesionario era Echeverría, vino a Juchitán, se detuvo en Las Varas, paraje al poniente, en el camino de Tehuantepec, y tomó posesión del estrado que Melendre arregló. Lo recibieron las shúncu juchitecas, bellas como las flores tropicales de que llevaban llenos sus decorados jicapextles y aromadas ellas del zappandúú-chintul. Fue bien recibido por los “alzados” y entró en arreglos pacíficos con ellos. Depusieron sus armas y las entregaron, reconociéndose a Melendre el grado de Coronel.

En 1852, don Máximo Ramón Ortiz –autor de la Sandunga-, se refugió en Juchitán y fue de los que se levantaron en armas con Melendre el 26 de diciembre, defendiendo el Plan de Jalisco. Junto a estos guerrilleros figuró el gran juchiteco Albino Jiménez.

El 7 de febrero de 1853 estuvieron en Oaxaca, y de Binu Gááda se cuenta la anécdota siguiente: para disfrutar de la frescura de la mañana, Binu se fue a sentar en una de las bancas del zócalo de Antequera, y una guapa señorita que lo vió, estudiante tal vez, se colocó a su lado, intentando oír alguna platica o aventura de aquel valiente guerrillero juchiteco. Huraño éste, por ignorar el castellano, se levantó humildemente y se fue a sentar en otra banca. La señorita se levantó también, prefiriendo retirarse; pero al pasar frente a él, con una sonrisa amable y cariñosa le dijo: ¡Adiós! El respondió rápidamente en zapoteco: zicaruu guhié xhoore huiini hrindaha naashilu gieeh neeza squidchee. La señorita se detuvo curiosa, anhelando saber lo que le dijo, y un oportuno paisano juchiteco que se acercaba tradujo el piropo: Que te vaya bien; hueles como una flor de mi tierra. Ella sonrió con gracias y siguió su camino.

En 1853, tehuantepecanos y juchitecos, entre los que estaba mi abuelo Urbano Orozco, encabezados por Melendre que era segundo Jefe de la División y Comandante militar de la plaza de Tehuantepec, hicieron al Presidente de la República, don Antonio López de Santa Anna, la petición de erigir el Istmo en Territorio, esta fué bien atendida y se concedió por Decreto del 29 de mayo de 1853.

Ya con anterioridad el Congreso Federal lo había declarado Provincia Nacional por ley del 15 de octubre de 1825.

Cuenta el siguiente presagio: Provocó la superstición el ulular de muchos búhos, de tal manera, que parecía que sitiaban la población en la noche del 28 de mayo de 1853. Fatalmente, en la mañana siguiente, el destino forjo el yunque del dolor el luto que tenía que vestir Juchitán. En la misma fecha del Decreto, muy temprano, a las siete de la mañana, murió Melendre, intoxicado. Melendre y Severiano Gurrión eran muy buenos amigos, aunque militaban en distinto bando político. Melendre, de cuando en cuando, visitaba a su amigo que tenía la casa en la Tercera Sección. Después de un rato de charla, en la que participó también la esposa de don Severiano, de nombre Agustina, Tina Sééhébe, Melendre se acomodó en la hamaca y dejo de platicar. Creyéndolo dormido, más había muerto. De esta manera terminó la vida del célebre guerrillero juchiteco, don José Gregorio Meléndez.

Mientras vivió Melendre, los derechos indígenas juchitecos fueron respetados por las autoridades. Los aborígenes extraían libremente de las salinas grandes cantidades de sal, constituyendo esto una de sus mejores fuentes de vida.

Melendre fue recto. Solía justiciar a los que lo provocaban. Cuando eras mujeres las amonestaba primero y si seguían renuentes las obligaba con la presión de su fuente a pesar debajo de su hermoso caballo alazán “Venceguerra”, que no se movía, y sólo las azotaba con la cola “Venceguerra”, cual detector, tenía la rara particularidad de percibir a larga distancia la proximidad del enemigo y lo demostraba coceando repetidas veces sobre el suelo con la para delantera y tascando fuertemente el freno. A la tercera inquietud de alarma, cuando su dueño no obedecía a la segunda, hacía prodigios para que lo cabalgase y escapara. Si andaba suelto, al presentir que ya era preciso ir al combate, se acercaba a prevenir a su dueño.

Melendre hizo buena obra, pero le faltaron sanos colaboradores intelectuales. Aún se recuerdan trozos de versos de Melendre, forjados en 1850, sin saber el castellano, ni leer ni escribir:
Año 50, el día 14 de abril
empezó la guerra civil
en La Venta, que tenía
la culpa de Echeverría;
y les quitamos el Mapa,
les jugamos bonita treta
al rigor de varas de carreta.

Don Cristóbal Salinas de Tehuantepec, secundo el Plan de Ayutla en Juchitán, en 1855. En la lucha murió el Subprefecto Gerardo López.

En esta época era secretario del Gobernador del Estado de Oaxaca, Máximo Ramón Ortiz, que pronto ascendió a Gobernador y a Comandante Militar del Departamento de Tehuantepec. Salió a batir a Salinas en Juchitán, pero con tan mala suerte que fue rechazado con pérdidas. De regreso a Tehuantepec, el 25 de febrero, los juchitecos lo emboscaron en Las Varas, infligiéndole nueva derrota de la que de la que apenas pudo escapar.

Para acabar con esta rebelión, Santa Anna destacó rápidamente por la vía de Coatzacoalcos, Veracruz, una gruesa columna, bien armada y pertrechada, al mando del general Hernández. La característica guerrera y astuta de los juchitecos no permitió al general Hernández lograr el desarrollo de su programa militar. Los juchitecos, al mando de José Duarte, salieron a batirlo. Se encontraron los dos bandos en San Juan Guichicovi, sufriendo una derrota total el general Hernández. Este triunfo favoreció al Plan de Ayutla en el Istmo. El botín de guerra alcanzado por los juchitecos fué trasladado a Tehuantepec en doscientas carretas y más tarde ese botón pasó a manos de Porfirio Díaz.

El 20 de agosto de 1855 elevaron los tehuantepecanos una solicitud de adhesión territorial al Estado, la que fué atendida por el Gobernador de Oaxaca, quien, a su vez, gestionó ante el Gobierno Federal lo conducente, logrando su propósito por el Decreto de 27 de septiembre de 1856. El territorio istmeño volvió nuevamente a depender de Oaxaca.

En esta ocasión, Máximo Ramón Ortiz ya era contrario al Plan, donde lo hizo prisionero el teniente López, entregándolo al capitán primero Cosme Damián Gómez, quien lo fusiló el 13 de diciembre de 1855 con el pretexto de la Ley Fuga. Juchitán y Tehuantepec se dividieron entonces en los partidos Verde y Rojo, respectivamente.

El prófugo Salinas se refugió en Juchitán, en 1855, para secundar audazmente el Plan de Ayutla. En mayo de 1857 atacó Juchitán, pero fué rechazado con pérdidas considerables. Unos días después, Albino Jiménez, Binu Gááda, atacó a Salinas en Tehuantepec yendo al frente de los juchitecos y a su vez fué rechazado.

En este mismo año Don Miguel Conde secundó en Tehuantepec el Plan de Tacubaya que desconocía la Constitución Federal, mientras que Juchitán defendía bravamente esa Constitución. La furia desplegada por ambos bandos da idea del encono de los pueblos hermanos, igualmente valiente, que se mataban defendiendo cada cual su causa.

El insosegable español, general Cobos, fué a reunirse a don Miguel Conde en Tehuantepec. El coronel Ignacio Mejía se desprendió de Oaxaca y vino atacarlos el 25 de febrero de 1859, logrando derrotarlos con el auxilio de los infranqueables guerrilleros de caza, los juchitecos, que lograron darles alcance en las salinas del Garrapatero, al oeste de Tehuantepec, en donde mataron a Conde.

Al retirarse el Coronel Mejía, de vuelta a Oaxaca, dejó una guarnición al mando del joven Porfirio Díaz, Gobernador y Comandante Militar de Tehuantepec, peleo incansablemente contra los patricios que no lo dejaban en paz. Llegó un momento en que su situación era insegura, por lo que se trasladó a Juchitán con todos sus elementos de guerra, utilizando doscientas carretas.

Porfirio Díaz confiaba en los juchitecos, porque no defeccionaban y siempre han sido esclavos de su palabra de honor.

Esta palabra, si la han otorgado, la retiran primero noblemente cuando tienen motivos para conducirse de otra manera. Porfirio Díaz reorganizó con ellos sus fuerzas y la disciplinó. Después de una buena preparación seguro del éxito, atacó Tehuantepec, tomándole por sorpresa el 25 de noviembre de 1859. Pelearon junto a él su amiga María Nicolás Nicolásá y su cocinera, Tona Tattí, quienes se portaron al igual que las mujeres espartanas.

Poco tiempo después, Porfirio Díaz fué llamado con suma urgencia por el Gobernador del Estado, José María Díaz Ordaz, para que marchara a Tlacolula y batiese a la reacción que por allá estaba tomando rápido incremento. En las filas de Porfirio Díaz iba un gran número de Juchitecos, los que con su franqueza de siempre le dijeron después al Jefe que ya no querían seguir más adelante cuando estaban a la altura de las lomas de Mitla. Porfirio Díaz, hábil y enérgico militar, no quiso someterlos sin antes oír sus razones y logró persuadirlos y seguir conduciéndolos. Don Porfirio se avistó con el enemigo el 21 de marzo de 1860. Peleó dura y desesperadamente, pero se vió obligado a replegarse, porque Binu Gááda consiguió regresar a Juchitán con sus juchitecos, sin pelear.

Lo que logrará Don José Gregorio Meléndez, la consagración del Istmo en Territorio Federal, pronto fué ahogado en una copa de cicuta. Más tarde, Albino Jiménez en 1870, Ignacio Nicolás 1882, el licenciado José F. Gómez en 1911 y su hijo de igual nombre en 1924, sin éxito, fueron cayendo muertos uno tras otro por el mismo ideal progresista, por un Istmo mejor. Aunque empuñaron las armas con motivos aparentemente distintos, todos buscaban la proclamación del Istmo en Territorio Federal.

*Tomado del Libro “Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec/Autor: Gilberto Orozco/Revista Musical Mexicana/1946/Pags. 27,28,29,30,31y 32.