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Tue, Nov

Un golpe de viento

Istmo
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Desde que el augurio quiere explicar fenómenos naturales de la vida trascendente, el hombre se coloca en el campo de la magia, de la filosofía sensitiva; se revela creyente, amador de la naturaleza, sujeto a ella por todo aquello que le causa admiración y desconoce. Si se ignora la causa se admira el efecto; y todo se transforma a los ojos del espectador. Este es un fenómeno que ocurre también en el Istmo de Tehuantepec.


El eco de una voz, el vuelo fugaz de las aves marinas hacia un rumbo extraño, el ladrido desentonado y triste, el canto del gallo cuando debe de callar, el ruido del fuego sin causa aparente, son indicios de algún acontecimiento extraño.

En el Istmo cuando el gallo canta a deshora, antes de la madrugada, decimos que habrá cambios de tiempo: viento, lluvia, según la época. Y también cuando nadie advierte esta magia de las cosas, el viento que golpea fuertemente los costados de las ciudades zapotecas como si quisiera destruirlo todo. Su presencia, como un asalto de soldados juchitecos a alguna trinchera enemiga, agita el poblado, estremece el paisaje, lo sacude y obliga al hombre al recogimiento.
Cuando un zapoteca lo es de verdad, autentico como el calor de su tierra natal, pelea voluntariamente, y cuando llega a algún poblado entra como el viento: se entrega al peligro, para extasiarse, después en la gloria del triunfo.
Por el viento, y un poco para desafiarlo, las mujeres zapotecas, en traje policromados, caminan tan erguidas, sujetas a su cadencia, que son como el paisaje vivo en movimiento.

Al primer golpe de viento el ganado y los árboles empiezan a descargar sus energías: aquel cambia de querencia y éstos comienzan a acumular la hojarasca que meses después, en la primavera, arde para renovar el suelo fecundo del trópico. Los ríos descargan sus torrentes, los impulsan revueltos de arena y de peces, hacia los terrenos bajos, apenas se inician los primeros soplos de invierno.
Viene como del lomo más alto de las Sierras de Santa María Chimalapa las nubes informes, compactas, negras, que se mejan figuras de hombres y bestias. Y pasan arrastradas por el viento, hacia quién sabe hasta que rincón de la tierra.

El aborigen de mi tierra copió de la naturaleza los fenómenos que le eran más afines, aquellos que explicaran con más o menos exactitud su vida, sus actos, sus sentimientos. La ira, la voluptuosidad del viento explicaban parte de su conducta. Lo que hay de semejante entre la vida y la naturaleza se advierte a cada instante en el espíritu de la raza y muchas veces en forma evidente.

La figura filosófica y la metáfora que hay que desentrañarlas de cada uno de los actos del hombre y de la vieja cultura zapoteca. Hombres y dioses ostentaron nombres de cosas o de fenómenos. Veamos el caso de Cosijopi. Este cacique o rey de Tehuantepec, hijo de Cosijoeza, el de Zaachila, por un proceso morfológico de la palabra verdadera, se llama como queda dicho. Es lógico pensar en filología, que de SCASIRIUVI se llegó a Cosijopi, porque los españoles al escribir el nombre, no pudieron adaptar a la lengua extranjera, los caracteres de la suya, tanto en su aspecto fonético como morfológico; no llegaron a escalar el sentido íntimo de la lengua del cacique SCASIRIUVI significa “como llega el viento o como sopla el viento”. En aquellas regiones exuberantes de la costa Istmeña, irrumpe, de pronto, el gigante soplo sin que le preceda la mansedumbre de las auras. Por eso cuando vino al mundo este rey zapoteca, los oráculos dijeron que su reinado iba a desarrollarse precipitadamente, con intensidad, grandeza y elocuencia; pero que pasado algún tiempo la desdicha abatiría sus virtudes. Recuérdese que fue él quien, sin resistencia alguna, vencido por la profecía, más que por el enemigo, entregó el reino de Tehuantepec a los conquistadores españoles. La profecía de los oráculos se había cumplido: Cosijopi, gallardo en dinastía, es como el golpe de viento: intenso pero efímero, meteórico.